Gatti con Dresde, Wagner y Verdi, dos conciertos para el recuerdo
La Staatskapelle de Dresde estuvo en Madrid dos noches consecutivas. En la primera, con Gautier Capuçon como solista y un programa que transitaba del mundo sonoro francés al universo wagneriano. En la segunda, el “Réquiem” de Verdi. Dos conciertos, un mismo descubrimiento: hay orquestas que suenan de una manera que ninguna otra puede imitar, y esta es una de ellas. La primera tarde arrancó con el Preludio del acto 3º y Encantamiento del Viernes Santo de “Parsifal”, tocado con transparencia y luminosidad. El motivo principal, confiado al oboe y al clarinete solistas, se dejó oír sobre la masa de cuerdas, a cuya solemnidad se unieron luego los metales con brillantez.
Luego llegó Capuçon. Con su Goffriller de 1701, llamado L'Ambassadeur, un nombre que le sienta bien. Porque Capuçon es exactamente eso: un embajador de lo que el violonchelo puede hacer cuando quien lo toca no necesita demostrar nada. Su Saint-Saëns tuvo vehemencia en la apertura, melancolía en la cantilena central, humor discreto en la cadencia. Gatti le acompañó con la generosidad de quien sabe cuándo callarse, construyendo un diálogo basado en el respeto mutuo y el gusto compartido por los contrastes de color. El remate llegó con una energía desbordante y compartida. No en vano ambos han estado ligados toda esta temporada en Dresde.
Imposible no mencionar el regalo con que Capuçon agradeció la ovación tras unas palabras para el público: una transcripción del célebre Dúo de las flores de “Lakme” de Léo Delibes que interpretó codo con codo con los violonchelistas de la propia orquesta, en un gesto de camaradería muy preparado que cerró la primera parte con elegancia. El mar de Debussy cerró la primera parte del concierto con esa capacidad que tiene la orquesta sajona para transformar una partitura en algo físico, sensorial. El amanecer inicial, el intercambio entre el viento y las olas, la resolución del último cuadro: todo fluyó con una cohesión que Gatti encontró en el detalle rítmico. con más poder que evocación.
Luego, el Preludio y el Liebestod de “Tristán e Isolda. Gatti desplegó toda la carga sinfónica y capacidad expresiva de la escritura de Wagner. Prescindió del patetismo fácil para apostar por la precisión, la arquitectura y también la emoción, imbuyéndonos en el mundo de Isolda. La segunda noche fue el “Réquiem” de Verdi. Y aquí conviene detenerse un momento antes de hablar de intérpretes.
El “Réquiem” de Verdi es, para muchos, el mejor entre los de su nombre. Nos recuerda, con brutalidad que somos mortales. Lo compuso un agnóstico que, sospecho, no estaba del todo seguro de serlo. Esa incertidumbre es lo que le da a la partitura su tensión particular: no es la fe de quien cree, ni el cinismo de quien niega. Es el temblor de quien no sabe y necesita escribirlo con media docena de fortes en el Dies irae y otra media de pianos en el Liber scriptus, porque solo en los extremos puede expresarse lo que no tiene palabras.
Gatti lo entendió así. Sin partitura, como en la totalidad de ambas sesiones, casi inmóvil en los últimos compases, dirigiendo con la seguridad de que la orquesta le responde. Quizá más rápido de lo habitual. Los tutti del Dies irae fueron demoledores, incluso quizá excesivos de sonoridad. Los pianissimos se fueron al extremo opuesto, casi inaudibles, pero audibles. Las cuatro trompetas convirtieron el Tuba mirum en algo que se sentía en el pecho antes de procesarse en el oído. Los solos de madera -el oboe, los fagots- pusieron el contrapunto íntimo a tanta magnificencia.
Del cuarteto solista, Elīna Garanča fue la revelación de la noche. No porque no se supiera lo que es capaz de hacer, sino porque el Liber scriptus y el Quid sum miser confirmaron que estamos ante una cantante de otro tiempo. Impactante el inicio del Lux aeterna. Instrumento bellísimo, inteligencia aún más bella. Eleonora Buratto encaró el Libera me desde una vulnerabilidad casi ascética que encajó a la perfección con la propuesta de Gatti. Benjamin Bernheim, con una voz poco verdiana y muy ligera, hizo del Ingemisco una pregunta, no una demostración, que es exactamente lo que Verdi pide en ese momento. Riccardo Zanellato completó el cuarteto con menor autoridad.
El Orfeó Català, preparado por Xavier Puig, cumplió con creces: afinación, homogeneidad y una fuga doble en el Sanctus que capaz de satisfacer al más exigente.
Al terminar, un silencio de unos segundos, después la ovación. Hay noches en que uno sale del concierto sabiendo que ha asistido a algo que no se repite. Estas dos lo fueron.