Suárez, el animal político que cambió España
Suárez repetía que la vida obligaba a elegir entre el camino fácil y el difícil. Juan Francisco Fuentes recoge esa máxima como título de una nueva biografía de Adolfo Suárez, diferentes veces abordada en otros ensayos. La opción más difícil es abordarla como una novela política con el aliciente de que nos devuelve al icónico personaje con una dimensión más humana que el mito que hemos construido sobre su figura durante las últimas décadas. La aportación de esta obra reside en el retrato, pues no se limita a reconstruir, una vez más, la Transición ni a revisar las decisiones políticas archiconocidas. Se acerca al ser humano, un joven inseguro pero ambicioso, un seductor y, al tiempo, un provinciano que llega a la capital sin un duro para terminar gobernando el país y hacer de timonel en uno de los momentos cruciales de nuestra historia reciente.
Un estudiante falangista recuerda haber visto entrar en el Colegio Mayor Francisco Franco a «un joven delgado con una maleta marrón». Aquella instantánea contiene muchas improntas sobre el futuro de Suárez: precariedad, ambición, elegancia y una voluntad de hierro para hacerse un hueco. El futuro presidente compartía habitación, pedía ropa prestada y sobrevivía gracias a favores. Detrás de su sonrisa de chico bueno había un muchacho que aprendía su mayor lección: sobrevivir en Madrid. La diferencia entre el «postureo» y la realidad está bien descrita: parecía un joven acomodado, educado y seguro…, pero su realidad económica era más complicada. Un padre fantasioso y aficionado al juego que había dejado a su familia al borde de la ruina en no pocas ocasiones y una madre religiosa, discreta y diligente. Esa es la polaridad en la que creció Suárez, y sus contradicciones le acompañarían hasta el final de sus días. Creyente e insaciable, tenía gran capacidad para las relaciones al tiempo que gastaba una fuerte melancolía. Tan sociable con los demás como cauteloso en privado.
Sus años de formación están muy alejados del político brillante y cerebral en el que luego se convirtió, ya que fue un alumno desordenado y mediocre que suspendía con frecuencia, estudiaba con poco entusiasmo y concluyó la licenciatura en Derecho por «oficio». Uno de sus profesores llegó a decirle que, aunque había aprobado, poco o nada sabía de aquello en lo que se examinó. Esa es la gran paradoja: no era una lumbrera, no poseía gran formación, le gustaba poco hincar codos… pero tenía lo más complejo: una intuición política desarrollada unido a que comprendía a los demás, era consciente de los cambios del país y sabía leer el mapa de su tiempo en tiempo récord. Por eso descubrió pronto su futuro, que no pasaba por una oposición sino por ingresar en el aparato del régimen. El encuentro con Fernando Herrero Tejedor cambiaría diametralmente su vida, porque se convirtió en mentor, protector y valido para su entrada en el Movimiento. Así despegaría su carrera, basada en el tesón y el talento para dejarse querer.
Hay un nutrido anecdotario que ayuda a completar el perfil del biografiado. Escenas insuperables, como un Suárez pidiendo dinero prestado para pagar la pensión, el chico que se sentía tan solo que se ponía tacones en los zapatos para escuchar el ruido de sus propias pisadas o el que soñaba con llegar a ser presidente del Gobierno... cuando aún ni existía ese cargo. No menos importante es su dimensión religiosa. Atraído por la vida contemplativa, barajó ingresar en un seminario y, aunque no lo hizo, ni el ascetismo ni la disciplina espiritual le abandonaron nunca. Incluso cuando fue el primer inquilino de Moncloa gastaba hábitos propios de la Regla de San Benito. Desde su famosa y única cena consistente en una tortilla a la francesa hasta los veinticinco garbanzos exactos que llegó a contar en su plato una periodista.
Estas páginas, asimismo, nos sitúan a Suárez enmarcado en la España de su tiempo. La biografía no se entiende solo como la historia de un individuo, sino también como el retrato de una generación marcada por la Guerra Civil, el franquismo y el deseo de evitar otra contienda fratricida. No en vano provenía de una familia dividida políticamente –como todas las de la época, por cierto–, lo que le hizo desarrollar su capacidad negociadora y mediadora. No es de extrañar que tuviera menos ideología de la que luego le atribuyeron. Era empático con lo que podía lograr en cada momento.
El culmen de la fuerza narrativa llega cuando nos sumergimos en la Transición y su nombramiento como presidente, descrito como una loca y temeraria apuesta de Juan Carlos I. Nadie lo vio venir, pues casi todos le consideraban un político menor y demasiado vinculado al Movimiento como para dirigir al país hacia una democracia. Pero, precisamente esa es una de las grandes claves del personaje. Observador e inteligente como era, supo entender antes que casi todos que el régimen estaba agotado y que los cambios se hacen de adentro hacia fuera, no al revés. Un pragmático con un instinto de supervivencia política casi felino.
El desgaste
Llegaría la velocidad a toda máquina de aquellos años, que Fuentes reconstruye magníficamente. La legalización del PCE, las resistencias de los militares, las negociaciones con la oposición, las primeras elecciones en democracia… y el desgaste de aquel primer Gobierno. Lejos de la solemnidad, cada línea nos redirecciona a la dimensión humana de Suárez, que se nos presenta lejos de cualquier mito heroico de pastelería. Amén de lo dicho, también tenía aristas impulsivas, desconfiadas, y no pocas veces tomaba decisiones basadas en su intuición más que en alguna estructura sólida. Quizá ese combo le permitió conducir con mano derecha e izquierda la tan mencionada Transición, que acabaría pasándole una factura inapagable.
El último tramo del volumen tiene un eco melancólico. Consolidada y afianzada la democracia, Suárez se vio paulatinamente solo. El sistema de partidos que él había contribuido a edificar terminó por expulsarlo como a una suegra incómoda. La UCD se desmembró y viejos camaradas empezaron a verlo como un estorbo. Y llega el desgaste. Una de las partes que mejor narra Fuentes. El presidente imprescindible de los años complicados se torna en un problema para todos: la oposición, parte de su propio partido, los banqueros, los mandos militares e incluso para sus propios impulsores. De ahí que la dimisión de 1981 aparezca como un desenlace lógico a todo ello. El agotamiento físico y emocional de Suárez aparece muy bien retratado en estas páginas, porque ya no era el joven carismático y ambicioso que anhelaba comerse el mundo, sino un hombre acorralado por la depresión, la falta de confianza en todos y la sensación de que le habían arrebatado el control.
El autor, en este punto, sabe desbaratar teorías conspirativas sin caer en reduccionismo alguno. Sugiere que la Transición tuvo mucho menos misterio y bastante más improvisación de lo que muchos pensábamos. No había planes secretos increíbles ni estrategias muy bien pergeñadas, sino intuición, cálculo político, terror a dar un paso atrás y una necesidad compartida de evitar otro desastre. El libro funciona especialmente bien porque combina rigor histórico y capacidad narrativa. Aunque está muy documentado, no llega a resultar abrumador; y es que se percibe el trabajo con archivos, testimonios y memorias, pero también una clara admiración y simpatía por el personaje y los aspectos más controvertidos de su trayectoria, lo que lo aleja de una hagiografía.
A la postre, queda en el retropaladar la sensación de haber rescatado a un personaje más poliédrico de lo esperado, lleno de carencias, aunque se alzó con un poder rotundo gracias a su audacia y su capacidad camaleónica. Un texto que nos retorna una cierta dimensión shakesperiana del personaje, pues encauzó la Transición, se jubiló de la política en medio de muchas derrotas y se sumergió en varias tragedias íntimas. La memoria colectiva ha borrado muchas polémicas y mantenido, especialmente, la imagen de aquel joven que supo llevar al país de un régimen dictatorial a una democracia parlamentaria sin romper a España.
Por todo lo dicho, Adolfo Suárez sigue provocando una mezcla de nostalgia y admiración. No fue un político perfecto, ni mucho menos. Ni siquiera fue convencional. Tenía muchísimas limitaciones intelectuales y una manera demasiado intuitiva de gobernar. Pero contaba con algo mucho más exótico llamado coraje político. Juan Francisco Fuentes logra traerlo a este 2026 sin solemnidad, acercándolo al lector como aquello que fue antes que ninguna otra cosa: el hombre que llegó en un momento decisivo de la historia española y decidió asumir el arrojo de cambiarla.