Un racimo de sombrillas para pensar en la lluvia
El pronóstico del tiempo de la paragüería Rego lo da un racimo vivísimo de color y con 79 sombrillas. Cuelga afuera del local de la avenida 4 y deja caer un chifloncillo de exotismo sobre su parcela de adoquines.
Tantas sombrillas refrescan la memoria. Al verlas, uno empieza a preguntarse si aguantará otro invierno ese paraguas con dos varillas sueltas, capaz de hacerse el desentendido cuando más se le necesitó y que sigue tan bien guardado. En mi caso, la respuesta anduvo entre dudosa y negativa, así que entré a la tienda después de muchos años sin hacerlo.
“Venga por aquí”, ordenó una vendedora cuando dije qué buscaba. En la oferta que desmenuzó había un bolso de tela impermeable para “echar la carne”. Me desconcertó el énfasis carnívoro, pero no quise interrumpir la explicación, que estaba ya extendida sobre una mesa. La mujer le dio vuelta a la bolsa –como se hace con las medias para dejarlas al derecho– y con tres movimientos la convirtió en un estuche para paraguas. “Paraguas o sombrilla”, aclaró. Por supuesto, no vaya a ser que nos salpique el machismo en un asunto tan serio. Después repitió los movimientos, pero al revés, y la bolsa volvió a su estado original. No andaba yo con ganas de un transformer, así que pagué por un paraguas de esos a los que aún les decimos rezadores.
Nombrarlos de esa forma es traer a la memoria a los viejos, casi siempre hombres, que, talvez a pata pelada, recorrían pueblos con su patrimonio de oraciones para intercambiarlas por aquello que a bien tuvieran darles en las casas donde invocaban ángeles y santos. Además de la fe, a los rezadores no les abandonaba nunca el paraguas que, a fuerza de compañerismo, terminó llamándose como ellos.
Volvamos a la paragüería, de la que salí cuando la mañana seguía tan caliente como la dejé en la puerta de mi casa, diez cuadras atrás, cerca del estadio desaparecido donde las mejengas perdieron el juego frente a las zompopas que acarrean sin descanso su carguita colorada de flores de malinche. El calor me llenó de ganas de que cayera un mundo de agua para que, además de traer frescura, hubiera razones para estrenar el rezador. Pero no era un buen día para diluvios y quizá porque el deseo quedó en suspenso, comencé a pensar en el invierno, que aún no se instala del todo, al menos no en San José, por donde va y viene como se le antoja.
Mis mayores aseguraban que el invierno entra el 15 de mayo, día de san Isidro labrador, a quien, por eso de que pone el sol y quita el agua, los distraídos confundimos fácilmente con un empleado de Acueductos. Es cuestión de tiempo para que cambie el tiempo. Dentro de poco tendremos chaparrones diarios, sobre todo después de las dos, hora en que el bochorno suele terminar su jornada y desaparece para dejarle el turno a la lluvia. Hablo de la lluvia que levanta burbujas de vida corta sobre el agua que corre y en la que luego se acomodan esas pausas que en los barrios permiten ir por la piña de pan para el café.
Cuando esos paréntesis se acorten, o se vayan, sabremos que el calendario avanzó. Tendremos mañanas mojadas y seguiremos contando ondas tropicales, a las que con frecuencia se les va la mano y continúan entre nosotros cuando los vientos empiezan a hablar de tamales y cipreses. Pero falta mucho para llegar a ese punto. Antes tiene que correr mucha agua bajo los puentes y por las alcantarillas. Otra se empozará y se entregará a su nueva vida de charco, que es el espacio al que acuden a mirarse las nubes y las suelas de los zapatos.
Entonces, después de lluvias eternas que la tierra no alcanza a beberse, veremos brotar ante los edificios espejos que los embellecen. En ocasiones basta con la cara empapada del asfalto para colocarles a las ciudades la máscara festiva que las hace parecer otras. De noche, las luces artificiales, las de semáforos y carros completan la transformación.
Esas ciudades duplicadas no se quedan solo en la retina. Sabemos de artistas que se han vuelto maestros en captar sus sutilezas. Por sus obras pasan finas figuras fugaces. El agua recorre el cuadro como si buscara el punto de fuga. A esas pinturas les faltan nada más las aceras de musgo resbaloso. Ya tienen la prisa de la gente, el choque de paraguas de quienes caminan con los dos ojos en el suelo, fijándose dónde colocan cada pie.
Pero, por ahora, nada de efímeros espejos citadinos. Nos movemos entre puras garúas tímidas. Mientras el cielo se hace el distraído, esperan, como murciélagos diurnos, los paraguas que aún desconocen la lluvia. El invierno en San José es un niño que gatea.
ovidio.munoz@nacion.com
Ovidio Muñoz Corrales es periodista.