Brujas, mar y silencio en una mansión de Ojochal
El camino hasta la casa fue largo y empinado. Delante suyo, el monte; detrás, un abismo que mostraba, entre la niebla, el resplandor del agua.
Mi abuelo Ramón nunca había visto el mar y le pareció una bestia grande, inquieta, de respiración honda. Llegó al fin a la casa, una mansión de maderas oscuras y balcones anchos, levantada sobre la punta de la montaña. La habían construido unos extranjeros, decían, y ahora necesitaban quien la cuidara.
Era un lugar distinto de todo lo que conocía. El suelo relucía y las lámparas colgaban del techo como frutas de vidrio. En el centro de la sala, un mueble alto, de puertas transparentes, guardaba platos y tazas pintados a mano: flores azules, pájaros dorados, un par de ríos sinuosos, una escena lejana. Mi abuelo se acercó a mirarlos. Nunca había estado frente a una colección de objetos tan delicados. Tuvo miedo de respirar.
Esa noche, como le habían ordenado, revisó las ventanas, cerró las puertas, encendió las luces de afuera y apagó las del corredor. Se acostó en un cuarto pequeño, junto a la cocina. Desde la cama, a través de una rendija, vio la puerta principal, partida por un reflejo de luna. Afuera, el mar golpeaba despacio, probando la resistencia de la montaña.
Cerca de la medianoche empezó el murmullo: escuchó primero un lamento, luego una risa y después un montón de voces. Voces de mujeres, agudas, mezcladas, que se interrumpían unas a otras, rezando y riendo al mismo tiempo. Mi abuelo se incorporó. Reconoció aquel ruido: las brujas, pensó. Las mismas que oía de niño, cuando se metían por el patio de su casa en Puriscal.
Tomó el foco, salió al corredor y apuntó hacia el jardín. Nada. Solo el viento meciendo la corona de las palmeras. Dio la vuelta completa a la casa. No encontró a nadie.
Volvió a acostarse. No había cerrado los ojos cuando regresaron las voces. Venían de adentro, de la sala. Parecían discutir. Mi abuelo se levantó otra vez, empujó la puerta y cruzó el pasillo. Nada.
Sostuvo la luz sobre el trinchante. Dentro, los platos brillaban como pequeñas promesas. En uno se reflejaba la ventana; en otro, el resplandor de una lámpara junto a su propio rostro multiplicado. Sintió que cada plato mostraba un mundo distinto: un camino de tierra, un cafetal, la sombra de una casa que ya no existía. Y en uno de ellos vio el mar, pero no el de afuera, sino otro, sin orillas, que parecía mirarlo desde adentro del vidrio.
El tiempo se le volvió una sola cosa: el viaje, la casa, los hijos, los pasos cansados sobre el barro; todo estaba ahí, suspendido en los reflejos. Y en medio de ese silencio, el aire se movió. Una sombra cruzó por detrás del mueble, leve, juguetona. Algo soltó una carcajada.
Regresó a su cama. Se dio media vuelta, tapándose hasta la cabeza, y trató de dormir. Afuera, el mar seguía respirando. Las voces se apagaban y volvían, más lejos, más cerca, como si jugaran con él.
El foco parpadeó.
Entonces sonó el golpe.
Un estruendo seco, seguido de otro, y otro más. Parecía que algo se levantaba del suelo y caía con toda su furia. El trinchante; lo supo ahí. Las tazas se estrellaban. El crujir de los platos le atravesaba los huesos.
Entonces comprendió que las brujas no buscaban hacerle daño: querían robarle el asombro. Destruir ese orden frágil que brillaba dentro del vidrio.
Saltó de la cama y corrió a la sala. El foco temblaba en su mano.
El trinchante estaba en su sitio, inmóvil. No había un golpe, ni una pieza rota. El silencio pesaba como un nuevo ruido. Mi abuelo sintió que algo lo miraba desde todas partes. Entonces, sin pensarlo, gritó:
—¡Basta ya, brujas del demonio!
La voz le salió gruesa, quebrada, con un eco que no era suyo. Retumbó en las paredes, rebotó en los vidrios, atravesó el corredor y bajó por la pendiente. Allá abajo, el mar contestó con un rugido, como si también tuviera algo que decir.
Después, nada.
Solo el resuello de su propia respiración.
Pasó mucho rato sin moverse. Luego el silencio empezó a aclararse.
En la mañana, abrió las ventanas. El sol caía sobre el agua y hacía brillar la casa. El trinchante seguía en pie, orgulloso, y entre las tazas, una mostraba una grieta delgada, apenas visible, como una mueca.
Mi abuelo no volvió a encontrarse con las brujas. Ni en esa mansión que cuidó durante las cuatro noches siguientes. Ni en La Mansión de Nicoya donde vivía con mi abuela y sus nueve hijos.
Dicen los viejos de Ojochal que, cuando el viento se revuelve de noche y el mar estruja la montaña, es mi abuelo, el guardián de la mansión, que vuelve.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.