El caos elegido
La moción de censura de esta semana ha seguido el guión tragicómico de una célebre portada de «Hermano Lobo», aquella revista de humor de los años setenta. «Nosotros o el caos», decía un tribuno en la viñeta. «¡¡El caos, el caos!!», respondía una multitud eufórica y risueña. Y el demagogo remataba con una insolente pirueta -«Da igual porque el caos también somos nosotros»- que el Parlamento británico ha reproducido con desfachatez idéntica. Porque ni Theresa May ni el resto de la clase dirigente inglesa saben cómo salir del embrollo de su propia incompetencia ni son capaces de articular un compromiso de responsabilidad estratégica. A estas alturas nadie se atreve ya a admitir que no hay ninguna solución a la altura del problema, y en esa tesitura adquieren ventaja los que prefieren lanzarse al abismo de cabeza. Puestos a elegir el caos, parecen decididos a alcanzarlo de la peor manera.
Más allá de sus consecuencias prácticas, el asunto es de un interés decisivo porque tiene que ver con los efectos más dañinos del populismo y con el poder de una comunidad para infligirse democráticamente daños autodestructivos. Tiene que ver con los estados de opinión pública inducidos, con los debates emocionales alentados mediante bulos y datos ficticios, con la debilidad prescriptiva de ciertos liderazgos anémicos de espíritu. Tiene que ver con el derecho de los pueblos a perjudicarse a sí mismos y con la ausencia de contrapesos políticos que impidan o amortigüen los saltos al vacío. Y tiene que ver, sobre todo, con la propagación del virus letal del nacionalismo, para el que las sociedades contemporáneas no acaban de encontrar antídotos.
Y la enseñanza principal es que lo que mal empieza mal acaba. El Brexit no ha encallado ahora: es el fruto de una pésima idea mal concebida y mal ejecutada a través de un desquiciado arrebato de sobrevaloración temeraria. La Historia está llena de dramas que empezaron porque alguien sacó a pasear demonios sin saber cómo volverlos a encerrar en su caja.