Tres heroínas
Muchos españoles piensan que es mejor pasar página. Aun más ahora que ETA ya se ha disuelto oficialmente, dicen. A los muertos nadie los va a resucitar. Y los asesinos detenidos y condenados vuelven poco a poco a sus casas y, total, ya no van a matar más. Otros muchos asesinos siguen impunes y viven en ciudades y pueblos vascos o navarros con la práctica certeza de que el Estado ya no les busca. Antes persigue la Policía a algún español honrado por decir una verdad que irrite a la oficina fantasmal del siniestro Plan de Acción de Lucha contra los Delitos de Odio, que es todo lo que no guste al Ministerio de la Verdad. No será este gobierno, asociado con separatistas, golpistas y los herederos de ETA en Bildu, el que inste a buscar a asesinos de ETA por crímenes nunca investigados y cerca de la prescripción.
Pero hay muchos españoles, cada vez más cabe pensar a la vista de lo que ahora pasa, que saben que, con su indolencia y su renuncia a la defensa de la verdad y la justicia en pasadas décadas, España ha generado una sociedad cada vez más débil, vulnerable y confundida. Son los que añoran y demandan una reacción nacional para la reconstrucción de una sociedad española reconciliada consigo y con su historia verdadera, con fuerza, conciencia y autoestima para luchar contra los inmensos retos del presente. Un pilar central ha de ser el cultivo de memoria y justicia para esos españoles muertos en la vil operación de exterminio de la presencia de España en ciertas regiones, sobre todo en País Vasco, Navarra y Cataluña. Entre esos españoles indómitos destacan estas tres heroínas, figuras centrales de la inspiración para la lucha en demanda de justicia y verdad por el bien de España. Son Ana Iríbar, Consuelo Ordóñez y María San Gil, tres mujeres coraje, un regalo providencial para todos los que creemos en una España con justicia y libertad para todos los españoles en todos los rincones de la patria. Ayer ante la tumba del marido, hermano y amigo, aquel valiente e inolvidable joven español que era Gregorio Ordóñez, las tres heroínas eran, una vez más, el símbolo de la indómita esperanza.