Jerez y Valladolid
Por aquellos años Jerez aún podía rentabilizar, bajo apellidos de prosapia inglesa pero de larga exposición española (Byass, Domecq, Osborne...), sus soleras bien pagadas, sus amontillados olorosos y sus palos cortados. Y aún tardaría alguna década más en llegar la crisis que convertiría a la ciudad de Lola Flores, de Caballero Bonald, de Rafael de Paula y del general Primo de Rivera en sombra pobre de un rico pasado.
Fue entonces cuando Jerez se hizo Valladolid. Porque si en Jerez hay vinos de mucha fama, en Valladolid también. Si en Jerez hay señoritos, en Valladolid también -o, como poco, «VATOVIs», VAllisoletanos de TOda la VIda. Si en Jerez hay palacios, en Valladolid también... los hubo, hasta que algún especulador notable, allá por los cincuenta del pasado siglo, decidió, en aras del progreso (¡cuántos atentados cometidos en su nombre!), sepultar en hormigón armado y ladrillo caravista el legado histórico de quien fuera maestro primero de especuladores inmobiliarios: Francisco de Sandoval y Rojas, I duque de Lerma, valido de Felipe III.
Pero si en algo se parece hoy Jerez a Valladolid, como dos gotas de agua, es en el abandono que sufre su centro histórico. La cantidad ingente de locales cerrados en el corazón jerezano recuerda el erial que es hoy esa calle que en el siglo XVII pasaba por ser la más importante de Europa, la de Platerías en Valladolid. Y la explicación del vacío es, en parte, la misma: un gran centro comercial en el extrarradio se encargó de oficiar el funeral en honor del centro histórico. En Jerez, al menos, han puesto un precio simbólico a los aparcamientos públicos los fines de semana y algo han empezado a recuperar. En Valladolid, no parece.