Los frutos no llegan para España
Las gentes del atletismo valoran dos baremos que, sin duda, establecen los márgenes de mejora. El número de finalistas (clasificados entre los ocho primeros) y las marcas personales. «Y ahí estamos en progresión», proclama siempre positivo Raúl Chapado. Han sido ocho finalistas en el controvertido Mundial de Doha que anuncian un futuro mejor, pero en el reino de la «medallitis», eso es un guarismo que pasa medio inadvertido excepto para los especialistas. El gran público, al que se quiere dirigir como captador Chapado y su entorno, solo ha apreciado una posibilidad real de medalla, un atleta a nivel de oro, Orlando Ortega.
El cubano nacionalizado español exhibió una talla portentosa, al nivel de su plata en los Juegos de Río 2016, y perdió el segundo puesto en la pista por el conocido incidente con el jamaicano McLeod.
Pelea por la medalla
En ese conflicto la Federación mostró la tenacidad y la entereza que propaga en su lema. No bajó los brazos el grupo de Chapado, no se resignó después de la primera apelación en contra. Buscó los resquicios legales y la actualidad normativa. Sacó reflejos para entregar a Orlando una medalla de compensación (el segundo bronce compartido con el francés Martinot). Pelea hasta el final.
Ningún otro español se asomó al escalafón dominante. Las esperanzas en la marcha se difuminaron en el sofoco de las calles de Doha. Álvaro Martín (campeón de Europa de 20 kms.), Diego García (subcampeón continental), Miguel Ángel López (campeón mundial en Pekín) o María Pérez (campeona de Europa y brillante octava) no pudieron cumplir el ritual que entroniza a la marcha cada vez que compite España.
Sin el comodín de la marcha, la actuación de los españoles se queda corta respecto a las expectativas. «No estamos donde queremos. Somos y queremos estar con los mejores», admite Raúl Chapado. A la espera de que María Vicente, Jael Betsué, Salma Paralluelo o el ausente Bruno Hortelano eleven la estatura de nuestro atletismo, este horizonte es lo que hay por el momento.