«No hay nada que iguale el sonido de una res rompiendo monte seguida de una ladra»
Nacida en Toledo en el seno de una familia de campo, vivió desde que era niña la mayor parte del año en la Dehesa de Montalbanejos, importante coto de perdiz silvestre, a la que su padre dedicó esfuerzos y economía. Esta fue su vivienda y donde aprendió todo lo que el campo le enseñaba, entre otras cosas la caza, algo consustancial al modo de vida de los suyos, pues «del campo dependía todo».
En efecto, la afición cinegética formó parte de su vida de manera natural, primero con una escopeta de plomos para tirar a pajaritos y ratones; más tarde con una de 12 milímetros para conejos, liebres y perdices; y, por fin, tras un cuidado aprendizaje –«convertida en la sombra de mi padre»– obtuvo su primera escopeta de dos cañones, una Parsa del 24 con la que la hicieron novia en Candilejos (Ciudad Real), la finca materna, allá por 1970.
Ahora, próxima a cumplir sus bodas de oro como montera, enamorada del campo y de la caza en sí misma –le gusta más rememorar animales y lances que atesorar trofeos–, asume con gran ilusión la responsabilidad de estar al frente del RCM desde hace casi un año para impulsar activamente los premios que se conceden anualmente, conseguir que la Rehala y la Montería sean declaradas Bien de Interés Cultural como fiel exponente de nuestra cultura, arte y valores, seguir apostando por la conservación y el desarrollo del medio rural –lo que le ha valido al RCM el premio Defensa de la Caza y Medio Ambiente en los galardones Caracola 2019– y continuar inculcando las reglas de la ética venatoria, fomentando la dignidad de la caza y haciendo tangible el lema del Club: Venare non est occidere.