Un vuelo en picado
La situación en el resto del mundo no es muy diferente. En Centroamérica, el 44 por ciento de las 1.156 especies de aves residentes estudiadas están amenazadas, y un 14 por ciento en estado crítico. En un trabajo similar realizado en Europa se confirma que, de las 144 especies más comunes, los 2.000 millones de ejemplares censados en 1980 se han reducido en 400 millones treinta años después. Se estima que, en 2016, un tercio de las especies estaban en declive y se constata lo que ya bien sabemos los cofrades de san Huberto: que entre las aves de pastizal, como la perdiz, la reducción ha sido de un 57 por ciento. En África o Asia no se dispone de estudios tan exhaustivos, aunque se presume que la pérdida de efectivos volátiles es también acusada.
Las causas que explican este fenómeno son variadas y conocidas: el deterioro del hábitat; la agricultura intensiva; el abuso de pesticidas y la consecuente merma en la disponibilidad de insectos que sirven de alimento a muchas especies; el incremento de predadores, algunos invasores como los gatos asilvestrados y otros que se han visto favorecidos por los tiempos que corren, como zorros, jabalíes o cigüeñas; la deforestación en las zonas tropicales; el cambio climático...
Podría pensarse que la sobreexplotación cinegética es una de esas causas, y no dudo de que en algún momento y caso concreto haya sido así; aunque, según los autores del estudio americano, entre los grupos de aves que cuentan con poblaciones más saludables y en alza están las anátidas, pavos silvestres y otras especies de las más cazadas, lo que para ellos implica que su gestión cinegética no ha provocado su declive sino más bien lo contrario, una realidad avalada científicamente que debería hacer pensar sobre el carácter de las medidas a tomar para paliar la precaria situación de aves como la tórtola.