De Rosa de Fuego a paraíso del pirómano
Barcelona ha conocido diversos estallidos de violencia en su crónica industrial: en 1835, una masa descontenta por la corrida de San Jaime se lanzó a la quema de conventos de la Rambla. No eran los toros. Marx vaticinó que la revolución comunista comenzaría en el Londres que describió Dickens; muy parecido a la Barcelona que estudió Cerdà: en 1856, la esperanza de vida de un obrero no superaba los cuarenta años.
El anticlericalismo se reeditaría en la Semana Trágica de 1909 y el verano del 36. Entre 1919 y 1923, la media de muertes por los enfrentamientos entre sindicalistas y pistoleros de la patronal superaba al Chicago de Capone: la burguesía catalanista apoyó a Primo de Rivera para diera el golpe y acabase con los cenetistas.
Cien años después, los herederos de aquella burguesía somatenista 'comprenden' que una turba incendie la ciudad en defensa de un tal Rivadulla que no ha ido a la cárcel por cantar, como afirman la portavoz Meritxell Budó y la 'gauche caviar' de Galapagar; ingresa por varios delitos, entre estos, amenazar a un testigo o agredir a un periodista de TV3, la misma televisión que demoniza a las Fuerzas del Orden y victimiza a las fuerzas del desorden. Recordemos cuando Arzalluz llamaba a los proetarras «los chicos de la gasolina».
Esta juventud debe estar harta de muchas cosas, sobre todo de tener los bares cerrados, y se apunta a un bombardeo. Nada qué ver con los proletarios y los 'niños yunteros' de Miguel Hernández; ni con los soldaditos condenados a morir en el Rif, mientras el 'hereu' del patrón pagaba para eludir la carnicería.
Quienes reivindican la libertad de expresión y agreden a los periodistas son como los estudiantes que Pier Paolo Pasolini desenmascaró en 1968: «Tenéis cara de hijos de papá… Sois miedosos, irresolutos y estáis desesperados (¡magnífico!), pero también sabéis cómo ser prepotentes, chantajistas, seguros y desafiantes: prerrogativas pequeño-burguesas, queridos…».
Por mucho que se declaren antifascistas, quienes queman Barcelona, mientras podemitas (es su naturaleza) y separatistas (devotos del desborde pirómano) los 'comprenden', son enemigos de comerciantes, autónomos, camareros, del repartidor que ve su motocicleta calcinada o la doméstica que no puede volver a una habitación realquilada. De las clases productivas que con sus impuestos sufragan la escuela que ellos desperdician.
Volvamos a Pasolini: «Cuando ayer, en Valle Giulia os liasteis a mamporros con los policías, ¡yo simpatizaba con los policías! Porque los policías son hijos de pobres. Vienen de las periferias: campesinas o urbanas, no importa… ¡Bonita victoria, pues, la vuestra».