El Sevilla, a octavos de la Liga Europa con un pequeño sobresalto final
Si las meigas de Eindhoven y el 3-0 de la ida barnizaban de optimismo las vísperas del partido, la baja repentina del portero titular, anunciado en la alineación e indispuesto durante el calentamiento, era un imán de mal bajío. Marko Dmitrovic no ha dado motivos para desconfiar de él, al contrario, pero Bono es Bono. Tampoco el raro uniforme que lucían los futbolistas, camiseta negra y calzón blanco, presagiaba nada memorable, aunque era cierto que una tarde de aburrimiento –en el sentido lopeteguiano de la palabra– no jugaba necesariamente contra los intereses del Sevilla. Un deseo que se hizo realidad en una primera mitad soporífera, pastosa y sin remate alguno entre los tres palos.
Podrían reseñarse un par de arrancadas de Bryan Gil o un fallo en un centro de Dmitrovic, manos de mantequilla, que Xavi Simons pudo aprovechar. Queden, pues, reseñadas a falta de cosa más potable porque Van Nistelrooy y Sampaoli castigaron a la concurrencia con 45 minutos de tedio. ¿Quién quiere emociones con tres goles de ventaja y un sorteo a la vuelta de otros tres cuartos de hora? Se plantó el santafesino con un defensa de cinco, otra vez Alex Telles de improvisado central, y En-Nesyri como único delantero, con la misión de molestar al PSV en la construcción de la jugada hasta que las fuerzas le dieran. El doble pivote Jordán-Rakitic no era apto para muchas alegrías, así que se limitaban a distribuir la pelota y guardar la posición. Un plan funcionarial, sobrio, de servicios mínimos.
La segunda parte transitó por parecidos andurriales hasta el cuarto de hora de final. No fue idéntica a la primera porque el Sevilla tuvo dos ocasiones muy claras para definir su pase por completo, una parada con la cara de Benítez a En-Nesyri, tras excelente pase de Bryan Gil, y un chut de Rakitic que repelió el travesaño. Nada raro podía pasar, excepto que Van Nistelrooy recurriese al viejo y bendito plan de colgarle balones a tres torres para sembrar el desconcierto. Luuk de Jong bajó uno para él mismo y batió a Dmitrovic en su (precipitada) salida con un punterazo; poco después, marcó de nuevo, pero el gol fue anulado por fuera de juego de su socio, Fabio Silva, que sí marcó el 2-0 en una melé en el área sevillista cuando no quedaba tiempo para más.
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