Diseccionando el deseo con Hovik Keuchkerian: "El sexo es probablemente lo más puro, lo más animal y lo más potente que se puede experimentar"
En mitad de las sombras rurales que gravitan incontrolables por las orillas de una casa destartalada enclavada en la indefinición de un páramo mesetario, una joven traductora disecciona sus soledades y escruta su deseo. Amedrentada por la desconfianza hacia lo externo y los movimientos circulares de los buitres, desplazada por el rechazo de la práctica totalidad de los habitantes del pueblo y condicionada por la obsesión que la empuja de manera constante a la figura de Andreas, un hermético vecino alemán con el que vive una pasión obsesiva nacida de la tripa y no de la cabeza, Nat se constituía en el año 2020 como la protagonista de la celebradísima novela de Sara Mesa, "Un amor", pero también en el incómodo espejo transfigurado cuyo reflejo le devolvía generacionalmente a muchas mujeres lindantes con la treintena una cara áspera, insondable y escarbada sobre su propio deseo. El mismo que se proyecta con la connotación de lo femenino, que no exige explicaciones, que no entiende de parámetros lógicos ni de ordenamientos morales y que sin embargo ha sido y sigue siendo receptor histórico de juicios masculinos y señalamientos infundados.
«Tú no eliges desear y tú no eliges pensar. La cabeza piensa, tú lo único que puedes hacer es decidir dónde pones atención. El deseo no es una decisión, es algo salvaje. De repente te sorprendes a ti mismo deseando algo que sabes que moralmente que no deja de ser una invención humana, que moral y éticamente no es correcto. Ahí viene el problema: cuando tú estás deseando una cosa que te está generando un conflicto porque sabes que si llegas a hacerlo, moralmente no es correcto, pero el deseo ya lo has tenido. Yo podría matar gente. De hecho, te podría decir ahora mismo a tres a los que me quitaba de medio sin ningún problema, porque creo que son una puta lacra para el mundo. ¿Es moralmente correcto? No lo sé. ¿Que me los quitaba de en medio? Vamos que si me los quitaba de en medio, absolutamente», expone con una voz tan honda, ruda e imponente como su aspecto un Hovik Keuchkerian verborreico y oralmente fluido mientras nos atrincheramos en uno de los asientos de la sala de cine de los Renoir para hablar sobre su soberbia interpretación como Andreas en el último trabajo de Isabel Coixet, adaptación homónima de la novela de Mesa que pasó por la última edición de San Sebastián en la que el actor aborda las particularidades de un registro íntimo y dramático que nunca antes había explorado con la suficiente brillantez como para haber recibido la Concha de Plata en el certamen donostiarra a mejor interpretación de reparto.
Con solo tres años, Keuchkerian, nacido en Beirut -lugar donde se conocieron sus padres en el 66-, cuenta que aterrizó en España como consecuencia de la huida familiar provocada por la guerra civil libanesa que estaba teniendo lugar en aquel momento. "Tengo mi sangre armenia, tengo mi sangre navarra, tengo mi historia, tengo mi pasado, sé de dónde vengo, sé lo que soy", confiesa tierno y seguro al tiempo que recuesta ligeramente la cabeza sobre la butaca armonizando un contexto de diván bastante propicio para continuar con la escucha. "La sensación que tuve leyendo a Sara Mesa y concretamente un libro como "Un amor" por el que personalmente no me habría interesado en circunstancias normales porque no es el tipo de literatura en la que me suelo fijar, sin tener que preparar un guion, fue muy muy potente. Me atrapó su lectura y pensé "esta tipa cómo escribe", me flipó. Los mimbres narrativos del alemán están en la novela, pero fíjate lo que vería Isabel que en cuanto la leyó dijo al parecer "yo quiero a Hovik para este papel" y es un tipo que no se parece nada a mí inicialmente. Él es moreno, chapadito, tímido, cohibido, transmite la sensación de que oculta algo... Y sin embargo no creo que el alemán de la película oculte nada, es directo, frío, con las cosas muy claras", adelanta sobre las diferencias entre el personaje literario y el cinematográfico antes de ahondar en la construcción de una figura como Andreas, cuyo origen como migrante explica de manera velada la raíz de sus dolores y algunos de sus silencios.
"Mi padre era armenio, nacido en Antioquía, crecido en Siria y en Beirut y mi madre es navarra. En este sentido, me resultaba imposible, antinatural no utilizar mis orígenes para construir al alemán. O sea, yo soy Hovik y Hovik es Hovik en todos los personajes que hace. En el caso del alemán por ejemplo, tuve la suerte de que después de hablar con Isabel le dije "yo no puedo hacer un personaje que sea turco". Mi madre no puede ser turca como es en la novela porque no lo voy a hacer, no lo quiero hacer y porque se puede levantar mi padre de la tumba y cortarme el cuello directamente. Entonces me llegó una sorpresa muy grande cuando vi el guión y descubrí que Coixet había incluido esa secuencia con esa intrahistoria del alemán como armenio, porque aunque la unión entre Turquía y Alemania no es tan conocida históricamente, sí han sido aliados, con lo cual era perfectamente creíble el vínculo y el pasado de Andreas. Es una escena que me coloca interiormente sin ningún tipo de necesidad en mi abuelo y mi abuela, claro, en la sangre armenia que tengo. Aquí vemos muy bien a uno de los cinco Andreas diferentes que hay en la película. Aquí cae en el error, se deja llevar por sus emociones, las palabras de Nat consiguen arrastrarle hasta ese lugar y ese comportamiento que tanto detesta en los demás", aduce sobre la inevitable utilización de su recorrido vital en la construcción del personaje.
Reforzando estratégicamente las capacidades que su propio físico de ex boxeador le brinda para animalizar el retrato descarnado del sexo que la directora de "La vida secreta de las palabras" o "Mi vida sin mí" propone, el actor de padre armenio asegura que "existen actores como Carlos Areces o Luis Tosar, por decirte dos que me viene ahora mismo a la cabeza, que también pueden estar muy condicionados por su físico, ¿no? Creo que se me ha encasillado un poco en este sentido. No considero que el sexo que se muestra en la película sea sórdido en absoluto. Una cosa es lo que los críticos puedan llegar a opinar de la película y de esas escenas concretamente y otra cosa es lo que sienta el espectador. Mira, el sexo es probablemente lo más, lo más puro y lo más lo más animal, lo más potente que se puede experimentar. Y lo que está claro es que si Coixet no dirige esta película y es otro director, a lo mejor cuando se ponen a follar lo hacen pastel, lo hacen delicado, edulcorado y no te lo crees", señala vehemente el actor sobre la naturalidad requerida en términos cinematográficos a la hora de reflejar algo que tantas veces se ha amplificado de manera edulcorada al terreno de los sentimientos en la gran pantalla antes de continuar apuntando percepciones sobre el tratamiento de «Un amor».
Vocación de flor o reptil
«Andreas folla así, tiene esa necesidad de entrar dentro de Nat en un principio como muy animal, muy física, necesita descargar eso, pero luego por ejemplo en todas las secuencias en las que él aparece tienes ese momento de grieta, de quiebre, de buscar el calor. Cuando cuando Nat –a quien da vida una brillantísima y sensible Laia Costa– y Andrea se besan en el monte Glauco es un instante de ternura absoluta, es un tipo buscando calor. Luego tienen un sexo muy potente, pero es que yo no veo la película sin que ese sexo fuese así, ni yo ni, por supuesto Coixet. No puede ser que se esté mandando el mensaje constantemente de la importancia de la libertad sexual, del «flower power», etcétera y luego resulta que si el sexo no coincide con lo que tú consideras que es un sexo apto, ¿no vale, no? Es el tipo de sexo que tienen estos dos. De hecho, es el único momento en toda la película en los que en el que dos personajes de la película se entienden». Y es que estos dos protagonistas errantes, pretendidamente «outsiders», son, en el fondo, los únicos integrantes de este pueblo fantasma y hostil, capaces de entenderse, de comunicarse. Aunque la única herramienta válida para conseguir la perfección del lenguaje y la exactitud de lo no dicho, sea el sexo. Porque como decía Umbral, el sexo, «tiene vocación de flor, sufre mucho con su encarnadura de monstruo». Por incómodo que resulte reconocerlo, por inconveniente que pueda parecer admitirlo.