Morante cumple el sueño de su vida: abre entre lágrimas la Puerta Grande de Las Ventas
A Morante le recibieron con una ovación que se caía la plaza en agradecimiento a lo que había ocurrido aquí en su anterior tarde. Grandeza inolvidable. Era la de Beneficencia que siempre es corrida especial y echamos de menos al rey. El rey se perdió al rey. Aquí se le quiere, quizá por aquello de que nos conformamos con poco o por el inmenso cariño que se le tiene a su padre y abuela, que sí amaron esto de corazón. A la infanta Elena brindó Morante, gran aficionada. Antes el de La Puebla sorprendió en el saludo de capa. A la verónica, delantales, chicuelinas, puede que una serpentina, pero todos manejados con los tiempos de la lentitud que marca un Morante que es torero de época. La medida en la faena de Morante recreó una puesta en escena acompasada entre las yemas. Preclara la mente, con el toreo atemperado en las muñecas y el corazón, lo que vino después ante la embestida con ritmo del toro de Juampedro fue en regalo. Desde los aferrados comienzos al toreo al natural, largo, hondo, profundo y enroscado, porque Morante torea tan ahí metido que es uno con el toro, es otro con el público, es un lío muy gordo, que atrapa el puñetero corazón y eso ya no te suelta. Y lo que te empuja es la miseria de tener que acostumbrarte a otra vida, a otros tiempos y a otro toreo. Y eso, eso es lo verdaderamente duro de vivir en la época de Morante. La faena duró un tris. O es lo efímero de la grandeza. Bebió su sorbito de agua, que debe estar bendecida y esta vez se fue tras la espada, y la espada fue en todo lo alto. Y el premio con sabor a gloria. El privilegio de vivir tu época, José Antonio, es robarte a pedacitos sabiendo que eres infinito. Un trofeo paseó el de La Puebla, en esta que es su casa.
Tenía la Puerta Grande a medio abrir, la misma que el otro día le cerró el descabello. Pero esta vez los ánimos se enrarecieron protestando al toro y el animal, flojo de remos, que también protestaba en la muleta del sevillano. Se veía en la cara de Morante sus dudas constante, no saber si tirar por la calle del medio o emprender el camino del toreo. Y de qué manera lo hizo. Un natural fue un fogonazo que perdurará en la memoria de Las Ventas por los siglos de los siglos. Amén. Y fue un despertar de la magia y de la torería eterna de este Morante, que cosió a la invención pura de la gracia de dios. Le hizo falta a José Antonio tan solo tres muletazos para poner Madrid catártico. Lo que vino después fue una recreación. Un buscar el momento inaudito que habíamos vivido, querer volver a perdernos en un natural irrepetible de un torero inconmensurable. Madrid ardía con la Puerta Grande de par en par. Se perfiló. Se tiró y la puta espada cayó bajo. Bajonazo, para ser exactos. Morante pidió perdón, pero ya no hubo quien contuviera aquello, la oreja se pidió y se dio. (Y luego ajustamos todas las cuentas a ese premio, con un bajonazo, que abrió la Puerta Grande a Morante). Pero la felicidad moría en los vuelos de un natural que en 30 días no nos había visitado. Ni volverá.
Un trofeo paseó también Adrián del segundo, que fue toro bueno, noble, repetidor y para gozarlo. Se estiró a la verónica e hizo una faena con su sello: oficio, solvencia y amor propio.
Pocas opciones tuvo Borja Jiménez con un tercero, tan noble como flojo.