Victoria de Jara y derrota de Tohá con miras a noviembre
La sorprendente y categórica victoria de Jeannette Jara en las primarias oficialistas contradice muchos de los supuestos con los que ha operado la política chilena durante décadas. No solo por su militancia comunista -lo cual sigue siendo una rareza en los principales cargos de las instituciones- sino también por su origen popular, el que históricamente no ha tenido acceso a posiciones de poder. Su triunfo desnuda la fragilidad de ciertas hipótesis elitarias: que el oficialismo estaba compuesto por dos almas equivalentes, que el péndulo natural oscilaría esta vez hacia el eje concertacionista y que el votante progresista era esencialmente nostálgico de los tiempos pasados. Ninguna de esas ideas resistió la prueba de la realidad. Como advirtió Alberto Mayol en esta misma radio, ese electorado puede seguir existiendo sociológicamente, pero no siente nostalgia de los gobiernos de la Concertación. Al revés.
Así las cosas, para el Partido Comunista se abre una encrucijada que será exigente y en que no puede permitirse la autocomplacencia. Por primera vez en la historia de Chile, una militante disputará la presidencia como lideresa de todo el progresismo. Un escenario nuevo y desafiante para una organización que ha forjado su identidad siendo parte de coaliciones, pero no encabezándolas. Esta vez, el PC no está llamado solo a sostener, sino a conducir. Y eso exigirá revisar formas, tonos y símbolos. La propia Jeannette Jara lo ha comprendido desde antes del resultado, cuando habló de la necesidad de encarnar un liderazgo transversal. Traducido: no se trata de borrar lo comunista ni de renegar de ella, porque sería espurio, pero sí de habitar un espacio más amplio, donde esa identidad se ofrezca para construir mayorías.
Como sea, el fantasma del comunismo que algunos agitan con drama, merece ser sometido a escrutinio crítico. El profesor Sergio Grez lo dijo en una entrevista concedida a nuestro medio: “El anticomunismo es una corriente cultural y emocional muy antigua en Chile”. Pero que exista como emoción no significa que tenga razón. El PC chileno, lejos de lo que sugieren ciertos relatos alarmistas, ha sido históricamente institucionalista, legalista y gradualista. En ese contexto, la alusión de anoche de Jeannette Jara de condena inequívoca a las violaciones de derechos humanos “en cualquier parte del mundo, sin excepción”, -respondiendo a las insistencias políticas y mediáticas de la campaña- pone el estándar ético muy por encima de lo que podrían alcanzar José Antonio Kast o Johannes Kaiser, quienes en este asunto se han caracterizado por el doble estándar.
Ahora bien, ni el resultado de las primarias ni las virtudes políticas de Jara deben ocultar un problema que es central: la baja participación en la elección. Aunque algunas voces en el oficialismo tiendan a minimizarlo, la base de apoyo que validó su liderazgo es aún estrecha, y no alcanza -por sí sola- para contrarrestar el arrastre que muestran las candidaturas de derecha. No hay que olvidar que la hegemonía cultural y mediática ha venido siendo conservadora. Prueba de ello es que Evelyn Matthei abrió su discurso este domingo con los temas de seguridad y migración, que siguen dictando la agenda. En ese contexto, el oficialismo juega “de visita” y construir una mayoría implica pensar la campaña de una manera especialmente lúcida.
Como factor adicional, han comenzado las escaramuzas de sectores autodenominados de centro, que ya anuncian su negativa a respaldar a Jeannette Jara y el posible impulso de candidaturas propias. Es un ruido que debe leerse con atención, pero también con perspectiva: esos mismos sectores han fracasado sistemáticamente en su intento de reconectar con la ciudadanía. Les cuesta responder preguntas tan básicas como qué significa ser de centro en el Chile actual o a qué anhelos colectivos podría hablarles un proyecto centrista. La Democracia Cristiana, por ejemplo, enfrenta un dilema pragmático: si decide ir sola en las parlamentarias, corre el riesgo real de desaparecer del Congreso. Y eso, tanto más que las posiciones políticas, terminará pesando a la hora de definir su postura presidencial.