Paradojas de la regeneración
La transformación de la vida pública de México fue planteada como el gran objetivo estratégico de la anterior administración, desde los tiempos de campaña, con alcances sólo comparables a la independencia, la reforma y la revolución, gestas que marcaron la evolución del país desde la colonia hasta nuestros días.
Uno de los ejes centrales, por mucho el más relevante en la construcción de la narrativa electoral, fue el de terminar con la corrupción, más que evidente, en la esfera gubernamental y que permeaba indefectiblemente todos los ámbitos de la vida nacional, con la consecuente corrosión del ambiente social en todas sus formas.
El movimiento regenerador, convertido ya en partido político, supo canalizar el hartazgo social ante la frivolidad, la ineptitud y la corrupción evidentes del régimen, enarbolando el estandarte del cambio positivo, mediante una profunda revolución pacífica, acabando con la corrupción, con los privilegios y recuperando la paz social, profundamente lacerada por la criminalidad en expansión.
Las promesas encontraron respuesta. El pueblo bueno y siempre sabio optó por el rechazo del deslucido y voraz régimen en turno y decidió en favor del cambio. En realidad, pudo más el desencanto que la promesa, ya conocida, de una vida mejor.
Pero nada es para siempre; con la conclusión del mandato anterior y la continuidad del presente, comienzan a aflorar las paradojas sobre los postulados ideológicos que sirvieron como estandarte, tanto electoral como de conducción gubernamental.
La administración anterior no estuvo exenta de escándalos y críticas por las decisiones adoptadas, la falta de transparencia y su empecinamiento. Estos fueron atajados mediáticamente, con acritud, desde el púlpito cotidiano, señalando, reiteradamente, la corrupción del pasado.
La continuidad, el segundo piso de la transformación, significa asumir como propios los compromisos heredados y ello implica, también, hacerse cargo de la responsabilidad que conllevan, tanto en sentido positivo como negativo y que, tanto a nivel interno como en la relación internacional, ejercen ya, quizá como nunca en la historia reciente, una presión determinante sobre el gobierno actual, no solo en lo político, sino en lo económico y social, que entraña una gran complejidad para sortearlas con relativo éxito.
El tsunami legislativo de los últimos meses, la transformación de las cortes, la desaparición de órganos autónomos, las reformas de leyes sustantivas que se ofrecen como indispensables para combatir la corrupción, la delincuencia rampante o fortalecer las libertades sociales, paradójicamente, abren la puerta a todo lo contrario y pueden redundar en una mayor corrupción en todo el sistema.
Los señalamientos que se filtran desde el exterior, aparentemente disociados de la problemática interna, respecto de posibles vínculos políticos con el crimen, en realidad solo aderezan el complicado panorama.
Sin transparencia, sin equilibrios, sin contrapesos, sin rendición de cuentas, es más fácil mentir, robar y traicionar.