El verano de 1968 fue negro para la Guardia Civil en muchos sentidos. Por entonces, la Benemérita luchaba con más arrestos que medios contra ETA. A cambio, la banda terrorista, bien pertrechada, extendía sus tentáculos entre los estudiantes vascos valiéndose del antifranquismo como eslogan de venta. Lorenzo Silva, Manuel Sánchez y Gonzalo Araluce explican en el ensayo 'Sangre, sudor y paz' que el grupo contaba con una mínima estructura y unos objetivos muy concretos. Sus integrantes, además, habían heredado de la Guerra Civil –no tan lejana en el tiempo– un arraigado sentimiento de venganza contra las Fuerzas Armadas y los cuerpos policiales. Un peligroso cóctel que se materializó en junio de ese mismo año. El día 7 se perpetró el primer asesinato de ETA en una carretera de Guipúzcoa, la Nacional 1. «Fue en las proximidades de Villabona, cerca de Aduna, donde se realizan unas reparaciones en la carretera Madrid-Irún. Allí se efectuaba el desvío de vehículos que se dirigían a la capital de España», explicaba ABC una jornada después de los hechos. La Guardia Civil de Tráfico había trasladado hasta la zona a dos agentes para que controlaran el trasiego de vehículos y evitaran posibles colisiones. A un extremo de las obras, a la altura del kilómetro 446,700, se hallaba José Antonio Pardines Arcay ; al otro, su compañero, Félix de Diego Martínez , hacía lo propio. Para ellos, era otro día anodino. Versiones de lo sucedido hay muchas. La más extendida sostiene que fue a eso de las cinco y media de la tarde cuando Pardines vislumbró un Seat 850 Coupé de color blanco que le hizo sospechar. En su momento, ABC barajó la posibilidad de que sus dos ocupantes no hubieran atendido a las señales del agente. Años después, sin embargo, uno de los terroristas barruntó que, con toda probabilidad, el joven intuyó que la matrícula era falsa. Ya fuera por una o por otra causa, comenzó una persecución. «Lo cierto es que el policía les siguió en su motocicleta, obligándoles a parar en terrenos de una yesería existente hacia la mitad de la desviación del camino y les hizo bajar», añadía el periodista de ABC. Los ocupantes del vehículo, los miembros de ETA Txabi Echevarrieta e Iñaki Sarasketa , se detuvieron a altura del kilómetro 446,500. Pardines pidió entonces la documentación del coche y pudo comprobar que los datos no coincidían con el número de bastidor. Aquello fue su condena a muerte. Una vez más, existen varias teorías sobre lo que ocurrió. El grueso de los cronistas mantiene que, en un suspiro, los etarras le descerrajaron un disparo a quemarropa en la cabeza; a este le siguieron cuatro más en el pecho, los últimos, cuando el joven se hallaba boca arriba, tendido sobre la carretera. Al parecer, fue Txabi quien acabó con su vida, aunque es una afirmación que, todavía hoy, cuesta corroborar. ABC publicó una versión con sutiles diferencias. En palabras del periodista, uno de ellos sacó una pistola y le disparó un tiro en la cabeza a Pardines. El ruido, brusco y seco, alertó a un camionero . «El conductor, pensando que había pinchado al oír el disparo, frenó el vehículo, advirtiendo entonces lo sucedido. Inmediatamente se apeó del coche y sujetó al agresor, pero fue encañonado por el otro pistolero, que le obligó a soltarlo. Este último pistolero volvió el arma hacia el guardia civil, caído en el suelo, rematándole de otros cuatro disparos que le alcanzaron en el pecho. Acto seguido montaron en el coche, dándose a la fuga pasando a gran velocidad ante el otro guardia de servicio, que no había oído los disparos», suscribió el reportero. En una entrevista realizada tres décadas después, en los años noventa, Sarasketa ofreció su propia versión. El terrorista afirmó que Pardines les pidió la documentación y dio la vuelta al coche para saber si coincidía con los números del motor. «Txabi me dijo: 'Si lo descubre, le mato'. 'No hace falta', contesté yo, 'lo desarmamos y nos vamos'. 'No, si lo descubre le mato'. Salimos del coche. El guardia civil nos daba la espalda, de cuclillas mirando el motor en la parte de detrás. Sin volverse empezó a hablar: 'Esto no coincide...'. Txabi sacó la pistola y le disparó en ese momento. Cayó boca arriba. Txabi volvió a dispararle tres o cuatro tiros más en el pecho», añadió. En sus palabras, su colega había tomado drogas, así que no le pareció extraño su comportamiento. Su versión es la más cuestionable. Y es que, según explica el historiador Gaizka Fernández Soldevila en su dossier 'Pardines', en la escena del crimen se encontraron cinco casquillos. Tres de ellos eran del calibre nueve milímetros parabellum, y los dos restantes, de 7,65 mm. «El primer calibre correspondía al de la pistola Astra , modelo 600-43, de Echevarrieta. El segundo, al de la Astra Falcón de Sarasketa», añadía el experto. ETA, por su parte, prefirió extender la leyenda de que el asesinato se había producido después de que el agente desenfundó su arma. Nada más lejos de la realidad, pues, cuando se inspeccionó el cadáver, esta se hallaba guardada en la funda. En lo que sí coinciden todas las fuentes es en que, tras los disparos, arrancó una persecución propia de la gran pantalla. Así lo narró ABC: «Montados los oportunos servicios por fuerzas de la Guardia Civil para la captura de los asesinos, y después de encontrar, abandonado, el coche matricula de Zaragoza 73956 que resultó ser falsa, una pareja de la Benemérita localizó a los dos agresores en las inmediaciones de la misma ciudad y, al tratar de identificarlos, nuevamente hicieron fuego sobre la fuerza». Uno de los agentes se abalanzó sobre ellos y, tras un forcejeo, hizo fuego sobre Echevarrieta, quien falleció poco después, en el hospital de Tolosa. Sarasketa, por su parte, logró huir.