La derecha va quedando sin piso con el discurso anticomunista
El triunfo rotundo de Jeannette Jara en las primarias del oficialismo al ofrecer un menú distinto como lo expresó Robert Funk (“Vengo desde el Chile real. No soy de esas personas que nacieron en la élite”), generó reacciones inmediatas de la extrema derecha y de sus candidatos presidenciales, así como de algunos empresarios y ex concertacionistas, por su militancia comunista. Siguiendo el libreto de la propaganda de Joseph Goebbels (no importa si es verdadero o falso, lo importante es que sea creíble), Johannes Kaiser (Nacional Libertario), por ejemplo, dijo que “es un duro golpe para la democracia que la representante de un partido que no cree en la democracia haya ganado”, calificando al PC como “peligro para nuestra institucionalidad” y exigiendo explicaciones (un tanto delirantes) sobre arsenales y vínculos con Venezuela o las FARC. Evelyn Matthei (UDI), en la misma línea, dijo que “la ex ministra Jara es comunista y (ellos) niegan que sea una dictadura (…) la inmensa mayoría de los chilenos no quisieran vivir en un régimen como ese”. Y José Antonio Kast (Republicano), más sibilino se desmarcó de los cuestionamientos directos a la militancia de Jara y optó por una suerte de transferencia: “candidatura de una izquierda radical que ha traído dolor, pobreza, violencia a nuestro país”, “continuadora de un mal gobierno”.
Sin embargo, y como dijo Carlos Peña en una entrevista en El País (algo similar expreso en El Mercurio), “en política y en democracia se juzga a los actores por su conducta y en esa materia el PC no ha dado motivos para el reproche”, menos Jeannette Jara. A lo largo de la historia de Chile ha habido varios momentos en los que actores políticos han tenido posturas antidemocráticas, apoyado activamente la intervención de las FF.AA. o promoviendo marcos militaristas que terminan quebrando el Estado de Derecho. Estas acciones golpistas, fundamentalmente, han estado ancladas en la derecha, sectores conservadores y militares. Así, en una mirada superficial, vemos a conservadores y pelucones entre 1820–1850; a los partidos Liberal y Radical en 1924 y 1925; al Partido Nacional, Democracia Cristiana, Patria y Libertad, Democracia Radical y los grandes empresarios en 1973 en contra del gobierno del presidente Allende; e incluso, como excepción, en 1932 vemos a la izquierda con el golpe de Marmaduke Grove apoyado de personeros socialistas. El PC no aparece en estas u otras rupturas y menos Jeannette Jara, que, según Ignacio Walker, “si se imponen su intuición y sus pulsiones, será la continuadora de Pedro Aguirre Cerda y el Frente Popular”.
Los partidos son, además de su ideología, consecuencia su experiencia histórica y, por lo tanto, no son iguales a pesar de su nombre. En el caso del PC chileno y tal como lo expresó Peña, ha tenido “un apego irreprochable a las formas de la democracia”, abrazando en lo general una conducta reformista-legalista que ha morigerando su política un “pie en el gobierno y otro en la calle”. De esta forma, y más allá de su retórica revolucionaria (desde el marxismo leninismo a la superación del sistema capitalista) y de sus posturas internacionales con las cuales uno puede simplemente discrepar, nunca han sido un partido del extremo del espectro ideológico/político o uno que haya atentado en contra de la democracia. Desde su fundación en 1922 como sucesor del Partido Obrero Socialista, el PC se instaló como un actor activo y respetuoso del sistema democrático en función de las reivindicaciones sociales, participando en elecciones, alianzas (Frente Popular, Unidad Popular, etc.) y gobiernos (Pedro Aguirre Cerda, Gabriel González Videla inicialmente, Salvador Allende, Michelle Bachelet y Gabriel Boric). Su actuar ha sido bastante más moderado y legalista que otros actores nacionales (ej. se opuso a la radicalización y defendió la estrategia de vía pacífica y democrática al socialismo durante el gobierno del presidente Allende). Le ha tocado vivir en la clandestinidad luego de haber sido proscrito y reprimido con la “Ley Maldita” de 1948 y luego durante la dictadura militar de Pinochet (1973-1990). Abrazo todas las formas de lucha (incluso la armada) en los 80s con la “política de rebelión popular de masas" en concordancia con el legítimo derecho a la rebelión en contra de un tirano (Locke, Hobbes, Rousseau, Santo Tomás de Aquino con reservas). Deja esta política de múltiples vías durante la transición y se reinscribe plenamente en la senda democrática, asemejándose a su par uruguayo.
Estas expresiones “impúdicas” como trato Peña el anticomunismo de los candidatos y los liderazgos de derecha (la mayoría formado desde el legado de la dictadura), se anclan claramente en lo que se denomina una proyección psicológica. Es decir, en ese mecanismo de defensa en el que una persona atribuye inconscientemente sus propios sentimientos, pensamientos o deseos, generalmente negativos (en este caso la antidemocracia), a otras personas, instituciones u objetos. Es una forma de evitar enfrentar aspectos de uno mismo que resultan inaceptables o dolorosos individual y socialmente, y los proyecta a otros. Kaiser, por ejemplo, en una entrevista a Tomás Mosciatti le dice que el PC es un peligro para la democracia y luego le afirma que apoyaría otro golpe de Estado, con crímenes incluidos. Matthei justificó el golpe diciendo que “mi posición es que no había otra (opción). Que nos íbamos derechito a Cuba” (incluso dijo que “era inevitable que hubiera muertos”). Y Kast, quien ha recalcado que Pinochet permitió el plebiscito de 1988 y “no encarceló a opositores”, ha sido un fiel defensor de los torturadores y criminales de la dictadura cívico-militar (incluso dijo que podrían recibir un indulto si se comprueba deterioro cognitivo).
Más allá de que siquiatras y sicólogos de la altura de Sigmund Freud, Carl Jung, Jacques Lacan o Melanie Klein estaría fascinados con estos “desvaríos”, “disociaciones” y/o “transferencias” de la extrema derecha, es claro que la predica de estos personajes y de sus partidos ha sido posible gracias a un lavado de imagen de su pasado ligado a la dictadura y que tuvo la complicidad de algunos liderazgos democráticos que hegemonizaron la transición que le ayudaron a empastelar su imagen ya sea por miedo, conveniencia o estrategia. Este “red y/o democratic washing” (lavado de imagen hacia el progresismo) es la práctica de una entidad o liderazgo que se presenta como democrática, progresista y preocupada por la igualdad y justicia social, con el fin de utilizar esta imagen para réditos políticos, económicos o sociales, aunque su esencia sea otra como en la fábula de la rana y el escorpión.
La proyección sicológica suele anclarse (hoy) a populistas de extrema derecha (en este caso los tres principales candidatos de la derecha), los que supuestamente adoptan ideales democráticos y/o progresistas, pero en el fondo muestran su vertiente autoritaria/excluyente. Más allá de su cercanía con la dictadura cívico-militar, son nacionalista, anti-inmigración, conservadores en extremo en los temas valóricos (aborto, diversidad sexual, étnica, de género, etaria), tiene discursos polarizantes sobre “orden” y “seguridad” (militarizan la seguridad pública), plantea un modelo de menos derechos sociales y, aunque participan del sistema, buscan debilitar los pilares del Estado de Derecho (como Trump en EE.UU. o Bukele en El Salvador), etc. Como lo dijo la diputada Placencia: “Cuando gana la derecha y la ultraderecha se retrocede en derechos y democracia” (ahí están los cuatro millones de niños que no tienen garantizada la comida en la Argentina de Milei.
Entre los fantasmas del pasado y las caretas, las elecciones presidenciales 2025 serán una contienda por ideas, propuestas y proyectos de desarrollo, pero por sobre todo por la capacidad/credibilidad (la propia trayectoria vital y el actuar político), la empatía (reconocimientos: “trabajar con dignidad” y “redistribuir para crecer”) y la personalidad/carisma de los y las postulantes a la presidencia. En un escenario nacional fragmentado, donde se ha ido “superado” la pertenencia irrestricta en el eje izquierda- centro-derecha en pro de una representación de intereses prácticos, donde se ha ido dejando atrás el anticomunismo per se (más aún cuando éste se aleja de realidades autoritarias) y la clase política no ha sido capaz de salir de la burbuja como lo expresa Guillermo Pickering, las encuestas están diciendo que, sin esconder su pertenencia, Jeannette Jara se esta convirtiendo en una fuerza política centrípeta: una candidata muy competitiva a partir de la simbiosis de su ser y sus convicciones (transformar dentro de una lógica democrática y muy ciudadana).