La proclamación de Johannes Kaiser, una carrera con pocos baches
Johannes Kaiser, el flamante candidato a la presidencia del Partido Nacional Libertario (PNL) chileno, empezó con todo su carrera a La Moneda. En principio, no importa cuantas personas pudo reunir en Espacio Riesco (en prensa y sus redes declara que fueron 3.000), ni cuanto marca en las encuestas hoy. Su estrategia de acumulación de fuerzas no se mide en el éxito de acá a noviembre en la presidencial, y su partido ya negoció una lista parlamentaria junto a socialcristianos y republicanos, en clara apuesta por inclinar el congreso hacia la derecha de Chile Vamos.
Kaiser convoca y seduce a los desencantados de la política y los partidos, a través de un partido. Sus afiliados al PNL desean una vida no precarizada con acceso al consumo, con holgura económica, con tranquilidad, sin delincuencia y sin migrantes que amenacen la cultura nacional. Cuando sacamos de contexto su frase “nosotros amamos a los ricos”, dejamos fuera la oración completa: “Nosotros amamos a los ricos porque todos queremos ser ricos”. Esto, por más que intentemos condenarlo a priori, es una figura de toda lógica si su definición de los derechos está asociada a empobrecerse o a perder lo propio, en favor de los aprovechadores.
Sin miedo a los ninguneos de los profesionales y la clase media ilustrada, Kaiser utiliza algunas estrategias ya aceitadas por la ultraderecha a nivel global: distanciarse de la derecha mainstream, denostar al Estado al mismo tiempo que disputa su administración, burlarse de las feministas (¡qué vuelva la familia y las buenas costumbres!), el nacionalismo, y aprovechar todo sentimiento de rabia y frustración contra aquellos que ganan mucho sin esfuerzos. Los amiguistas, los políticamente endogámicos, y los que pontifican con la igualdad de oportunidades, mientras son miembros de la élite (¡atención las izquierdas!), son sus opositores naturales. A esta ultraderecha, algo contradictoria entre lo nacional y lo libertario, no le importa tanto el purismo conceptual porque es un fenómeno heterogéneo, no se afirma en lo meramente teórico, ni aspira a repetir de memoria la obra de Jaime Guzmán.
El progresismo y las izquierdas chilenas se solazan repitiendo que Kaiser es un mal imitador de Trump y Bolsonaro, un payaso, un loco, o tan solo una amenaza, sin dotar a la ultraderecha de una descripción situada en el escenario político que enfrentan. Kaiser tiene un buen tiempo a favor para seguir usando el comodín anti woke, la dictadura de Pinochet y el anticomunismo y, con eso, provocar una y otra vez a sus opositores. Como autoproclamado reconquistador de la Patria y de la libertad, sabe que necesita músculo y afiliados, y con esas mismas palabras alentó en su primer acto de campaña, que todos los libertarios salgan a buscar a otros libertarios a lo largo del país.
Kaiser no se ha enfrentado aún de manera sostenida al pragmatismo. No tiene que gobernar hoy, y los acuerdos para disputar el Congreso son más flexibles, menos públicos que lidiar con todo el aparato estatal. Esa ventaja, junto al privilegio que le da ser todavía “lo nuevo” y no contar con gobiernos previos que lo contaminen, le bastan para ser un fenómeno político.
No sabemos cuanto tiempo más durará en política el “marido, trabajador en 1000 oficios, eterno estudiante, miembro de sindicato, columnista, periodista deportivo, youtuber, patriota y libertario” (esa es completa su bio de X), pero, al menos, en su proclamación dejó muy claro que está amasando un campo de la política y de la sociedad que apuesta por la continuidad y la proyección en el tiempo. Partió a paso firme la corrida, también con bastante aspaviento, pero con pocos baches. Nadie que desee enfrentarlo con decisión debe dormirse en los laureles, pues, la experiencia con las ultraderechas actuales debiera ser suficiente para recordarnos que cuando se subestima a “los locos y los payasos”, al poco rato ya los tienes gobernando.