La cumbre entre Trump, Zelenski y los líderes europeos ha sido un evento insólito en la historia diplomática reciente: más teatral que sustancial (muy comentada la americana nueva del ucraniano), dominada por el protagonismo del presidente estadounidense y marcada por la ambigüedad en los resultados. En un intento de mostrar que han aprendido a torear a Trump, los dirigentes europeos cambiaron sus agendas agosteñas para acudir a Washington a proteger a Zelenski y evitar que se le impusiera un 'diktat' sobre los territorios invadidos. Sin embargo, en la práctica acabaron aceptando el marco impuesto por Trump: subordinar cualquier avance diplomático a su capacidad de interlocución con Putin y atraerlo a un encuentro cara a cara con el ucraniano destinado a cambiar paz por territorios. Lo ocurrido revela, con crudeza, el lugar que ocupa Europa en la era de la geopolítica desnuda: no en la mesa de negociación, sino en la coreografía de la sumisión. Mientras Trump y Putin redibujan sus áreas de influencia –como si el mundo fuera un mapa del siglo XIX– los líderes europeos intentan encajar sus principios en una realidad que los desborda: la invasión de Ucrania y el intento de legalizar, a golpe de negociación, que las fronteras se pueden modificar por la fuerza, un principio que se pensaba erradicado tras la dolorosa experiencia del siglo XX. Trump se mueve como un mediador que no es neutral ante Putin: en Alaska, donde le brindó una recepción de Estado, ya adoptó, al menos retóricamente, buena parte de sus postulados. En Washington, sugirió que Zelenski «puede terminar la guerra cuando quiera» si cede territorio. Europa ha preferido dedicarse a discutir las 'garantías de seguridad' que se ofrecen a Kiev para no ver cómo se redibujan las fronteras mientras sus líderes se autoengañan con el subterfugio de que los territorios que se entreguen serán calificados como 'en disputa' para evitar reconocerlos como rusos. Ha hecho fortuna entre los diplomáticos europeos la idea de que el Donbás al que aspira Putin puede convertirse en una 'Ucrania del Este' que en el futuro, cuando Rusia se encuentre en otro estadio histórico, pueda seguir los pasos de la RDA tras subsistir unos años como las dos Coreas. Pero, si bien Europa no tiene un área de influencia territorial definida, sí tiene una construida sobre valores: el respeto a las fronteras, los derechos humanos, la democracia liberal, el orden mundial basado en reglas. Y lo que esta crisis está revelando es la dificultad extrema de sostener esos principios cuando el mundo se reorganiza según lógicas de poder y no de derecho. Y en medio de esa dificultad, se ha hecho visible un dilema inquietante: los mismos líderes europeos que exigen garantías de seguridad para Ucrania rehúsan hablar del único instrumento que podría hacerlas creíbles –el despliegue real de tropas–, y prefieren aferrarse a la promesa imprecisa de implicación por parte de Trump. Es una paradoja reveladora: se pretende garantizar la seguridad sin asumir riesgos. Así, la defensa europea se convierte en construcción retórica, sin credibilidad. Putin, además, no necesita tanques para desestabilizar: le basta con desinformación , ciberataques y partidos afines. Las garantías de seguridad suenan vacías si se ignoran estas amenazas cotidianas, invisibles, pero letales. En esta danza entre principios y realidad, Europa corre el riesgo de traicionar su relato por no querer defenderlo. Porque lo que Trump está negociando no es sólo una paz, sino una reescritura de las reglas: que las fronteras ya no son inviolables, que la fuerza crea derechos, y que los valores se intercambian por estabilidad.