La primera quincena de agosto ha traído a España una ola de calor intensa , persistente y extensa, considerada la tercera más larga registrada en el país. Esta situación ha generado un escenario propicio para los grandes incendios, pero el calor extremo no se limita a tierra firme. El mar Mediterráneo , sometido a una combinación de dorsal persistente , temperaturas extremas y vientos débiles, registra nuevamente valores excepcionales . Datos recientes de Puertos del Estado y del Sistema de Observación y Predicción Costero de las Islas Baleares (SOCIB) indican que la temperatura superficial en puntos como Tarragona, el golfo de Valencia y Mallorca ronda los 29 ºC, . « Los últimos años se han ido registrando temperaturas medias cada vez superiores, lo que supone que ya nos encontremos por encima en 2 y 3 grados de los valores medios que se habían estimado para el verano de 2025« Comenta Andrea Danta, meteoróloga de Meteored. Este aumento progresivo confirma la tendencia de tropicalización del Mediterráneo , fenómeno que tiene implicaciones climáticas, meteorológicas y ambientales de gran calado. Este aumento de la temperatura media del Mediterráneo puede tener consecuencias para la fauna marina como « El desplazamiento a latitudes menos cálidas , así como la posible llegada de especies invasoras más adaptadas a estas temperaturas que provoquen el desplazamiento de las autóctonas« concluye Danta. En medio de este panorama, ha resurgido un debate recurrente en medios y redes sociales: la amenaza de nuevas lluvias torrenciales asociadas a las conocidas danas o gotas frías. Es importante aclarar que una DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) no es sinónimo de precipitaciones extremas . « No siempre que hay una DANA tiene que relacionarse con una catástrofe» aclara Danta. «Su comportamiento es errático, y no todas las danas provocan lluvias torrenciales; muchas se traducen en tormentas locales de verano» Para que una DANA desencadene lluvias intensas en el Mediterráneo, deben confluir varios factores : la posición de la depresión sobre áreas concretas, como el Estrecho o el golfo de Cádiz, un flujo de levante marcado y la influencia de la orografía. Un mar cálido, aunque aporta «combustible» adicional, por sí solo no genera catástrofes meteorológicas. « Este mar no puede generar de manera autónoma un episodio de lluvias torrenciales en el litoral mediterráneo. Por ello, cualquier predicción de lluvias extremas con meses de antelación carece de fiabilidad» explica Andrea Danta. El pasado otoño, la ciudad de Valencia sufrió un episodio excepcional de inundaciones, con consecuencias humanas y materiales devastadoras. Sin embargo, debemos tener en cuenta que se trató de un evento extraordinario, cuya magnitud fue agravada por factores humanos : ocupación de barrancos y ramblas, deficiente planificación urbanística, escasa prevención y gestión ineficaz. El cambio climático aumenta el potencial de eventos extremos, pero la forma en que el ser humano interviene en el territorio sigue siendo decisiva a la hora de convertir lluvias intensas en tragedias. A día de hoy, las primeras tendencias estacionales para el otoño climatológico –septiembre, octubre y noviembre– no muestran un patrón claro respecto a precipitaciones extremas en el litoral mediterráneo. No obstante, la combinación de un mar cada vez más caliente y la presencia recurrente de danas genera un escenario de riesgo que exige atención y preparación. «Las predicciones de fenómenos graves solo pueden concretarse con pocos días de antelación , dada la naturaleza errática de estas depresiones« concluye Danta. Además de los incendios y la amenaza de lluvias extremas, la ola de calor ha puesto en evidencia la vulnerabilidad del país frente a eventos climáticos extremos. La persistencia de temperaturas elevadas afecta a la salud, la agricultura y la infraestructura energética, al tiempo que acelera la sequía en numerosas regiones, incrementando el riesgo de nuevos incendios forestales. Expertos advierten que, aunque la emergencia climática es un factor creciente, la clave para mitigar desastres sigue siendo la gestión del territorio y la educación ambiental. La ocupación indebida de zonas de riesgo, la falta de planificación urbana y la insuficiente conciencia pública amplifican las consecuencias de fenómenos naturales que, de otro modo, podrían tener un impacto mucho menor. España enfrenta, por tanto, un verano marcado por el calor extremo, un Mediterráneo en máximos históricos y un otoño que podría registrar episodios excepcionales de lluvias y tormentas. La lección de Valencia y de otros lugares afectados en la cuenca mediterránea es clara: no son las danas ni el mar caliente por sí solos los que generan catástrofes, sino la interacción de los fenómenos naturales con la acción humana sobre el territorio. Prepararse a tiempo, gestionar adecuadamente los recursos y respetar el entorno son medidas imprescindibles para reducir riesgos y salvar vidas.