Sergi López se sienta en uno de los sofás que hay al fondo del la librería Ocho y Medio. Aquí es más fácil hablar de cine, pues el propio ambiente lo pide: las estanterías están repletas de libros del sector y hay guiones enmarcados en la pared. La luz entra filtrada, y entre el barullo habitual, Sergi López es incapaz de dejar de sonreír. «Lo mío es un chollo», dice para ABC, describiendo su experiencia de trabajar en 'La terra negra', la nueva película de Alberto Morais: «Tengo suerte de que me propongan cosas distintas, trabajar con directores con visiones únicas. Esto me lo llevo dentro, es un regalo». Aunque su personalidad es risueña, al actor no le faltan motivos para hacerlo: el fenómeno de 'Sirat' ha marcado la escena cinematográfica española actual, y además, su obra de teatro 'Non Solum' se estrenará en el Teatro Marquina este octubre. Sin embargo, López ahora habla de una historia que sí que puede quitarle la sonrisa a cualquiera. 'La terra negra' se realiza en un remoto y árido pueblo rural, pocos habitantes viven entre descampados, silencios y tensiones contenidas. Miquel, un hombre enigmático con un pasado desconocido y un aura casi mística, altera la rutina del lugar; no solo por ser un forastero, sino porque su vulnerabilidad y humanidad contrastan con la rigidez y la competitividad de quienes lo rodean. La cinta está repleta de referencias religiosas -el 'Agnus Dei' de Francisco de Zurbarán está presente en la cinta de principio a fin-, por lo que es fácil pensar que Miquel también tiene que ver, en cierta medida, con este aire de cristiandad. «Más que un Mesías, yo lo veo como un ángel», comenta Sergi López, por supuesto, sin dejar de sonreír: «es la bondad, el poder de la bondad, algo que llevamos dentro. Y este Miquel que interpreto es un tipo que la vida lo lleva a un lugar donde eso es lo único a lo que se puede agarrar». Lo describe como un «Superman del cielo, pero con los pies en la tierra» . De todas formas, la bondad de Miquel está enterrada por la maldad de quienes lo rodean. «Lo primero que me llamó la atención fue que era una película rara», confiesa López. Al leer el guion, percibió que «la historia no encajaba en los formatos habituales de la comedia, melodrama o tragedia que vemos en España», sino que se sumergía en un mundo rural digno del realismo regionalista del siglo XX, con pocos personajes, poco movimiento, y, en sus palabras, «cargada de violencia y humanidad». López destaca entonces la valentía de Alberto Morais al crear una historia que «no busca gustar a todos», sino explorar situaciones extremas: «Tiene algo de radical. Vivimos en un mundo donde los guiones se hacen con miedo; aquí ves a alguien que ha inventado una historia de otro planeta». En un principio, Miquel sufre las desconfianzas esperadas a alguien que es nuevo en un entorno pequeño, pero el conflicto principal surge cuando los demás personajes descubren que Miquel ha estado en la cárcel. «Es curioso porque este mundo masculino, patriarcal, testosterónico, encuentra en cualquier detalle una excusa para juzgar», comenta López. La cárcel no es e problema en sí, sino el miedo a lo diferente, a lo extraño, a aquello que rompe con la norma establecida. «Si no hubiera sido la cárcel, habría sido otra cosa. Este mundo es tan obcecado, tan absurdo y tan infantil que cualquier mínima diferencia se convierte en conflicto », añade. En ese terreno, la vulnerabilidad es un sentimiento que es imposible de concebir. Es más fácil enterrarla dentro de uno, principalmente, porque mostrarse débil delante de quien te quiere dañar es un jaque mate. «Los hombres de la película viven en un terreno hostil. Siempre intentan imponerse sobre Miquel, mostrar superioridad, simplemente para mantenerlo en su sitio. Pero él construye un vínculo con María donde sí puede mostrarse vulnerable», y es que para Sergi López, los verdaderos vínculos se forjan a través de la vulnerabilidad: «La mierda de este mundo en el que vivimos es que está construido por hombres, pensado por hombres, y también sufrido por ellos; pero claro, en el mundo de los hombres la vulnerabilidad está prohibida, y esta es lo que permite la conexión, la humanidad». A sus ojos, eso es lo que hace a Miquel tan especial. Pero no se detiene ahí. «El hecho de no aceptar la vulnerabilidad te convierte, yo creo, en un ser vacío». Y es que, para el actor, este principio está en el corazón de 'La Terra Negra'. López describe a los hombres de la película como «pobres tíos» atrapados en un paisaje seco, donde las piedras y las rocas parecen reflejar su propia rigidez emocional. La interacción entre ellos es mecánica, muchas veces marcada por la competitividad, mientras que Miquel, su personaje, encuentra un respiro en la relación con María, que le permite mostrar su fragilidad. «La vulnerabilidad del otro es lo que te acerca, lo que despierta en ti el instinto de ayudar, de estar con el otro, de saber que mañana podrías ser tú quien necesite ayuda... pero esto, en un mundo de hombres, parece imposible». López habla con convicción, pero sin perder la calma que lo caracteriza. En sus palabras resuena algo más que la descripción de un personaje: parece una declaración sobre la vida misma. «Al final, 'La terra negra' no es una película sobre un pueblo concreto, ni siquiera sobre el mundo rural. Es una metáfora del mundo que hemos construido, un paisaje hostil donde la fragilidad se convierte en un acto de resistencia». En esa rigidez se instala lo que hoy llamamos masculinidad tóxica: la imposibilidad de los hombres mostrar fragilidad, la obsesión por imponer fuerza y autoridad, la incapacidad de escuchar y conectar. Y frente a ella, Miquel encarna otra forma de estar en el mundo, casi herética en ese entorno: la bondad como resistencia, la empatía como gesto radical. «Lo fácil es juzgar, lo difícil es escuchar y dejarse tocar», reflexiona el actor. Quizás por eso López insiste en que 'La terra negra' ha sido para él más que un trabajo: un regalo. No solo porque le permite explorar un personaje complejo y fuera de los moldes habituales del cine español, sino porque le brinda la oportunidad de invitar al espectador a detenerse, a mirar hacia dentro, a enfrentarse con sus propias sombras y fragilidades. «El cine puede ser muchas cosas, pero cuando consigue que alguien se reconozca, a unque sea en un silencio, en una mirada, en una duda, entonces ya ha valido la pena». Cuando se levanta del sofá de la librería Ocho y Medio, Sergi López mantiene la sonrisa con la que empezó la conversación. Entre 'La terra negra', el fenómeno de 'Sirat' y el regreso al teatro con 'Non Solum', el actor vive un momento de plena actividad, siempre fiel a una idea que atraviesa su carrera: explorar personajes y proyectos que cuestionan al espectador y, de paso, a la sociedad que los rodea.