El 150º aniversario del nacimiento del compositor Maurice Ravel ha colocado su música en una posición de privilegio en la programación de los grandes festivales de verano. Otros aniversarios de 2025, como el 300º de la muerte de Alessandro Scarlatti , atienden con más claridad al descubrimiento de obras olvidadas o que requieren un nuevo filtrado histórico. La música de Ravel, por el contrario, nunca le ha temido al tiempo manteniendo vivo el tópico de lo transparente, lo refinado, de la exquisitez instrumental, del perfeccionismo técnico, de la sencillez y de la serenidad en la que se funde junto a sus coetáneos impresionistas. Convendría, sin embargo, aprovechar el cumpleaños para introducir otros matices a esa imagen reduccionista completando así a un compositor cuya originalidad adquiere nuevos perfiles con el paso de los años. Bajo esta perspectiva parece verlo el compositor, pianista y director de orquesta británico Thomas Adès , quien se ha presentado en la Quincena Musical de San Sebastián al frente de la muy antigua Orchestre de l'Opera national de Paris y el pianista Kirill Gerstein , con un monográfico Ravel hendido con su propio 'Concierto para piano y orquesta'. Adès es uno de los nortes de la música actual; poderoso autor de una obra de clara difusión internacional desde que se presentara en los noventa con 'Five Eliot Landscapes', su opus 1, sobre textos de T. S. Eliot , o removiera los cimientos escénicos con su primera ópera de carácter satírico 'Power Her Face', con continuación en 'The Tempest' y 'The exterminating angel'. En el plano orquestal destaca el ballet 'Dante' y, la sinfónica, impactante y primeriza 'Asyla' que desemboca en la más actual 'Aquifer', ambas defendidas por su amigo el director sir Simon Rattle . El efecto revulsivo de la música de Adès es tan innegociable como su claridad de ideas, firme a la hora de negar la virtud de autores hoy indiscutibles como Verdi, Wagner, Mahler y Britten, y segura en la defensa otros como Ravel de quien extrae consecuencias particularmente interesantes en el plano técnico y en el expresivo. No hay duda de ello, ni tampoco de que Adès y Ravel representan extraordinariamente las contradicciones de su propia época, a veces inocente y en su trasfondo terriblemente grave. El 'Concierto para piano y orquesta' de Adès fue sugerido por Kiril Gerstein y estrenado por la Sinfónica de Bostón en 2019. Posteriormente se grabó por estos intérpretes con dirección del autor mientras ampliaba su difusión por el mundo con notable éxito. Al año siguiente, entró en España de la mano de la Sinfónica de Galicia con Gerstein y dirección de Dima Slobodeniouk , agrupación que también fue la responsable del estreno español del concierto para violín de Adès. Se señala con frecuencia el tributo que el 'Concierto para piano y orquesta' de Adès otorga a la tradición. Pero no siempre se apunta al sentido combatiente de una obra poderosa que ya en su primer movimiento adquiere proporciones imponentes desde la perspectiva orquestal y pianística. Hoy por hoy, la obra de Adés lo es igualmente de Gerstein, intérprete comprometido con el repertorio actual, de pianismo fulgurante y rotundo en sus maneras, quien paradójicamente y muy a pesar de las muchas veces que ha interpretado la obra sigue sirviéndose de una tableta con la partitura para recordar los pasajes más comprometidos, lo que sugiere su dificultad. Oleadas orquestales mueven la masa sonora que respira junto al solista en el primer movimiento, que se somete a ritmos quebrados e inquietantes progresiones en el último; todo ello enmarcando la definitiva presencia de un tiempo central en el que la obra adquiere su verdadera condición dramática. El 'concierto para piano' es ante todo una obra que se adentra en un trasfondo gótico que es muy próximo a Adès cuya estética prefiere la gravedad y a quien, muy a pesar de la brillantez que pudieran adquirir sus orquestaciones, se reconoce en la sonoridad oscura, en el registro más profundo. La interpretación donostiarra ahondó en ello. Tanto es así que la alegría que pudiera adivinarse en algunas obras de Adès tiene siempre un tono afligido, muy similar a la que esconde una parte significativa del catálogo del camaleónico Ravel. Hay que insistir en ello ante el concierto que Adès ha dirigido en la Quincena donostiarra, capaz de trascender la mera sucesión de obras para convertirse en un retrato con voluntad de añadir matices a lo manido. El aire melancólico, de tiempo irrecuperable que aporta ' Le tombeau de Couperin ' abrió el programa: cuando todavía la Orchestre de l'Opéra national de Paris, que luego demostraría ser una agrupación poderosa y muy solvente, estaba calentando motores. Aún así, Adés dejo claro que la obra de Ravel debía entenderse desde las disquisión instrumental antes que desde la ejecución evanescente y brumosa. Destacó en el 'Prélude' las superposiciones instrumentales, en 'Forlane' los ritmos marcados y su continuidad obsesiva, en el 'Menuet' el dibujo de su perfil, y en el 'Rigaudon', el más logrado de los movimientos, su armadura y descomposición geométrica. Ravel, según Adés, esconde tras su apariencia clásica formas deconstruidas y planos quebrados, una ficción modernista e insondable, de la que son inmediatamente partícipes su 'Concierto para mano izquierda' y en 'La valse'. Comparten ambas obras su crecimiento desde lo oscuro, con apoyo de la cuerda grave, y una narratividad basada en el aumento, en la acumulación gradual de intensidad. Ambas son, como el concierto de Adès, retrato de una inminencia trágica, inquietante que concluye de manera detonante. Ante el concierto de Ravel, Gerstein, en este caso de memoria, se convirtió en un intérprete severo, muy acorde con el sentido articulado y marcial que alcanzó la versión, convertida en la recreación sonora de un paisaje suspendido y de ánimo agitado. El sentido expresionista del concierto pianístico se alió íntimamente con las asimetrías de 'La valse', y si en el primero, al igual que en su propia obra, Adés se sirvió de la batuta, en la última, del mismo modo que en 'Le tombeau de Couperin', se manejó de forma libre. Adés es un director que ha ido olvidando el rigor del gesto y prefiere la participación activa del cuerpo, que agita mientras las manos apuntan a los instrumentistas y los dedos activan un piano imaginario. De ahí que 'La valse', ajustando con compostura cualquier exceso de flexibilidad, acabara siendo toda una demostración de control, de concentración sonora y de turbadora gramática. Un final brillante y poderoso para un concierto de conmovedora coherencia. Desde San Sebastián, la Orchestre de l'Opéra national de Paris, Kirill Gerstein y Thomas Adès viajan hasta el cercano Festival Ravel que dirige el pianista Bertrand Chamayou , y que toma como referencia la localidad vasco-francesa de Ciboure donde se localiza la casa con vistas a Saint-Jean-de-Luz en la que Ravel compuso parte de su obra. Con motivo de la celebración de este año se explora su obra de manera enciclopédica. Destaca el estreno de la ópera 'La Main gauche' del compositor donostiarra Ramón Lazkano , encargo del Festival Ravel y del Ensemble intercontemporain. Se basa en la novela 'Ravel' de Jean Echenoz , en la que se relata de manera ficticia los preocupantes últimos años de la vida del compositor. También se recuerdan los cien años desde la muerte del iconoclasta Erik Satie y con este motivo se escucharán las famosas 'Vexations', obra que se repite 840 veces, lo que permitirá escuchar a lo largo del día a una sucesión de pianistas cuyos nombres se guardan en secreto. Otros centenarios como el de Pierre Boulez, y el de Luciano Berio se integran en la programación tratando, como se ha hecho en la Quincena Musical donostiarra de iluminar la obra de Maurice Ravel. Aquí, por decisión de Thomas Adès, entresacando lo recóndito; penetrando en el abismo de su conciencia.