Silvia Severino, psicóloga: “Lo más duro de una persona que sobrepiensa es que es extremadamente sensible a los pequeños cambios”
Hay personas que pueden pasar horas dándole vueltas a una conversación o a un suceso concreto que ya terminó. Analizan una palabra, un tono, una reacción. Se preguntan si hicieron algo mal, si dijeron algo fuera de lugar o si el otro ha cambiado su forma de tratarlas. No es obsesión, es sobrepensamiento, y según la psicóloga Silvia Severino, lo más duro de vivir así es “ser extremadamente sensible a los pequeños cambios”.
En uno de sus vídeos más recientes, la psicóloga explica que este tipo de personas suelen tener un patrón muy claro: cuando se apegan a alguien, su estado de ánimo depende mucho de cómo esa persona actúe con ellas. “Una simple pausa, una mirada o un cambio de tono puede hacerles creer que algo va mal”, comenta. Lo que está detrás de ese comportamiento tiene nombre en psicología: sensibilidad al rechazo.
La sensibilidad al rechazo es un rasgo estudiado desde hace décadas por expertos como Geraldine Downey, de la Universidad de Columbia. Describe la tendencia a reaccionar de forma intensa ante la posibilidad, real o imaginada, de ser rechazado, ignorado o malinterpretado.
Este patrón suele desarrollarse en la infancia, especialmente en entornos donde el afecto era impredecible o condicionado. El cerebro aprende a estar en alerta constante, pendiente de cada detalle que pueda anticipar una pérdida de cariño o aprobación. “El problema es que esta hiperalerta se mantiene incluso cuando ya no hay peligro”, explican desde la Asociación Americana de Psicología.
Así, el sobrepensador vive atrapado entre el análisis y la emoción. No quiere molestar, no quiere equivocarse, pero su mente busca constantemente pistas que le confirmen si todo está bien. Una mirada distinta, un mensaje más corto de lo habitual o un silencio más largo pueden convertirse en el punto de partida de horas de pensamientos circulares.
El overthinking no solo desgasta emocionalmente, también tiene un impacto físico. Según un estudio de la Universidad de Michigan, las personas que tienden a rumiar pensamientos presentan niveles más altos de cortisol, la hormona del estrés. Es decir: su cuerpo vive en modo alerta aunque no exista una amenaza real.
Silvia Severino lo explica desde la empatía: “No lo hacen porque sean dramáticos, sino porque su cerebro aprendió a buscar señales de que el amor se está acabando, incluso cuando no es así”. Es una frase sencilla, pero que encierra una gran verdad. El sobrepensamiento no surge del exceso de emoción, sino del miedo a perder el vínculo emocional.
Las personas que piensan demasiado suelen ser altamente empáticas, perceptivas y detallistas. Pero esa misma capacidad para captar matices se vuelve un arma de doble filo cuando se mezcla con la inseguridad o la necesidad de control.
La psicóloga Elaine Aron, autora del concepto de persona altamente sensible, señala que estos perfiles procesan la información con más profundidad que la mayoría. Son capaces de detectar cambios mínimos en el tono emocional de los demás, lo que los hace grandes observadores… y, al mismo tiempo, más vulnerables a la ansiedad.
Cuando alguien con este rasgo sobrepiensa, no está intentando dramatizar, sino encontrar sentido en un mundo que percibe con demasiada intensidad. Cada gesto, cada palabra, cada silencio puede parecer una señal de peligro. “No buscan problemas”, dice Severino, “buscan tranquilidad”.
Aprender a pensar menos (o a pensar mejor)
La buena noticia es que este patrón puede cambiar. La psicología cognitivo-conductual propone estrategias que ayudan a romper el ciclo del sobrepensamiento:
- Detectar el disparador: reconocer qué situaciones activan esa espiral de dudas (una conversación tensa, una respuesta fría, un cambio de rutina).
- Distinguir hechos de interpretaciones: preguntarse “¿qué evidencia tengo?” ayuda a bajar el volumen de la imaginación.
- Reformar el diálogo interno: sustituir el “seguro que hice algo mal” por un “mi mente está intentando protegerme” es un cambio pequeño, pero poderoso.
- Aprender a tolerar la incertidumbre: aceptar que no todo puede saberse o controlarse reduce la ansiedad.
Se trata, en definitiva, de entrenar la mente para que deje de buscar amenazas en lo cotidiano. Como dicen los terapeutas, no se trata de dejar de pensar, sino de pensar con más calma.
Silvia Severino insiste en que las personas que sobrepiensan no son débiles. De hecho, suelen ser las que más se preocupan por los demás, las que escuchan, las que analizan antes de juzgar. Lo que necesitan no es apagar su sensibilidad, sino aprender a convivir con ella sin miedo.
Esa misma sensibilidad que les hace sufrir también es la que les permite conectar de forma profunda con los otros. Y aunque a veces duela, esa es la esencia de las personas que sienten intensamente: perciben lo invisible y se conmueven por lo pequeño.