Anatomía de un instante: cuando se desdibuja la transición
Es difícil domar la creatividad artística o poner coto a la imaginación. Ahí está toda la historia de la literatura para mostrarlo. Pero hay géneros y géneros. Y está claro que no son iguales las exigencias que se ciernen sobre una novela que recrea un determinado momento histórico que sobre el reportaje o el ensayo.
Es en este punto en el que reside el problema con Anatomía de un instante, de Cercas, similar, por cierto, a lo que puede decirse acerca de su testimonio sobre Francisco, en su último y celebrado libro. Nadie puede juzgar acerca de la sinceridad de sus intenciones, ni de que, a lo sumo, lo que escribe allí es meramente testimonial, pero existe el riesgo de que lo que es una mera opinión, pase por verdad indubitable.
He vuelto a recordar su obra sobre el golpe de Estado y el proceso de transición, al ver la serie de Alberto Rodríguez y Paco R. Baños que emite Movistar Plus+. La sensación que me deja, como la del libro en su momento, es más agria que dulce. No le falta ritmo narrativo, ni carga emocional; los personajes están caracterizados de modo sobresaliente y es digna de mención el desempeño de los tres principales protagonistas.
“La impresión que da de los artífices de la transición es, en su mayor parte, la de políticos o militares sin escrúpulos, diletantes maquiavélicos o pérfidos manipuladores”
Pero hay dos cosas que son más difíciles de admitir, estando como estamos ante una obra que pretende acercarse a lo que fue la historia. Para mostrar todo lo que se hizo durante la transición, hay que empeñarse más; no basta con paredes llenas de paneles de madera, gafas gruesas, cuellos de camisa extremadamente puntiagudos y atmósferas llenas de un humo de tabaco tan denso que se puede mascar.
De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a una puesta en cuestión del proceso. No es algo nuevo, puesto que en un lado y en otro hubo en su momento voces que llamaban la atención sobre cambios que, pensaban, no eran de tanto calado o de transformaciones, decían, tan relevantes que dejaban todo el franquismo en papel mojado.
Pero ahora, lo que eran voces más o menos minoritarias o que se oían solo en los extremos, están calando en el debate público. Para la difusión de ese mensaje, especialmente entre los jóvenes, ha sido muy relevante el papel de Podemos. A nadie se le escapa que poner en duda el proceso del 78 puede hacer que reverdezca el ambiente guerracivilista.
“Torcuato Fernández Miranda, el muñidor del 78, hizo posible que se fuera de ‘la ley a la ley’, de modo que, con ello, logró una obra maestra: que se integraran en un mismo proyecto constitucional los que cuarenta años antes se estaban matando en las trincheras”
Cercas no llega a tanto, eso es verdad. Pero la impresión que da de los artífices de la transición es, en su mayor parte, la de políticos o militares sin escrúpulos, diletantes maquiavélicos o pérfidos manipuladores. No solo es que aparezca un mediocre Suárez, representado como un arribista falangista, o que el rey Juan Carlos quede caricaturizado, sino que los procedentes del franquismo resaltan con la manera en que figura Carrillo o sus adláteres del PC.
Nuestra democracia procede del franquismo y, desde el punto de vista jurídico y constitucional, no se produjo ruptura revolucionaria. ¿Acaso es esto una debilidad? Torcuato Fernández Miranda, el muñidor del 78, hizo posible que se fuera de “la ley a la ley”, de modo que, con ello, logró una obra maestra: que se integraran en un mismo proyecto constitucional los que cuarenta años antes se estaban matando en las trincheras.
Esto se puede interpretar a la manera de Cercas, es decir, como una traición. Pero también, a mi juicio, es una muestra de prudencia y sagacidad política, de respetabilidad institucional, que constituye uno de los principales logros de la transición y explican que el proceso sea tan admirado.
Y aunque justamente ahora no es el momento de decirlo, el paso a la democracia fue una decisión personal de Juan Carlos, que podía haber mantenido el sistema sin cambios. Con apoyos contaba, incluso populares.
En el clima actual de polarización, la tergiversación histórica no es lo que precisamente necesitamos. Me explico: no es que se tomen torticeramente los hechos para darles la vuelta o que se maquillen algunas cosas, como si el proceso debiera más a ese fumador empedernido que fue el antiguo dirigente del PC que al propio Torcuato o el Rey; es que se aplica nuestro esquema de hoy a momentos históricos en que la sensibilidad que disfrutamos actualmente o determinados valores estaban lejos del horizonte.
Vean, si pueden, Anatomía de un instante. Sospecho que, en breve, a medida que desaparezcan los artífices de la transición vivos, seguiremos discutiendo de lo que supuso. Como mito fundacional de nuestra democracia, es peligroso cuestionar la victoria de la concordia que supuso y olvidar lo que muchos hicieron para que hoy disfrutáramos de un sistema constitucional, pese a los gobiernos corruptos y las derivas poco respetuosas con las instituciones.