Ha pasado ya algo más de una semana desde la presentación del Informe Foessa 2025 en Castilla-La Mancha, y el eco más estruendoso no ha sido el de sus datos, sino el del silencio posterior . Un silencio espeso, incómodo, casi pactado. Un silencio que revela más que cualquier titular. Porque cuando una sociedad calla ante una verdad tan cruda, no lo hace por prudencia: lo hace por vergüenza, por miedo o por agotamiento moral. El Foessa ha mostrado sin rodeos que una de cada cinco personas en esta región vive en exclusión social . Que son alrededor de 428.000 vidas que no participan del bienestar que damos por descontado. Que la exclusión severa ha aumentado . Que menos de la mitad de la población vive integrada plenamente. Que la infancia, más de un tercio de nuestros menores, crece en hogares heridos por la precariedad. Que la vivienda es un laberinto sin salida para miles de familias. Y, sin embargo, aquí estamos: callados, distraídos, desviando la mirada mientras la herida sigue abierta. Resulta inquietante comprobar cómo la región ha vuelto rápidamente a su rutina ruidosa, a su crispación constante, a sus debates estériles. Vivimos en un clima social saturado de discusiones , de enfrentamientos diarios, de opiniones lanzadas como piedras. Una sociedad instalada en la confrontación , más pendiente de imponerse que de comprenderse. En medio de ese ruido, el Foessa debería haber detonado un debate profundo y, sin embargo, ha sido recibido con un silencio que dice demasiado. Un silencio más cómodo que la responsabilidad. Más fácil que la autocrítica. Más llevadero que la vergüenza de mirarnos al espejo. Porque este informe no habla de «los otros». Habla de nosotros. De nuestra región. De nuestra gente . De la fractura que hemos permitido. De los derechos que hemos dejado erosionar. De la parte de la sociedad a la que no solo no llegamos, sino a la que prácticamente hemos renunciado a llegar. Los datos son un golpe en la mesa. La exclusión severa se ha hecho más profunda. El porcentaje de personas con problemas en cuatro o más dimensiones (empleo, vivienda, salud, educación, participación) se ha duplicado desde 2018. En la exclusión extrema, la acumulación de dificultades es prácticamente total. Eso no es una estadística: es una condena . Y significa que la exclusión en Castilla-La Mancha no es un accidente, sino un destino al que se empuja a quienes ya parten con desventaja. La vivienda destaca como la herida más lacerante. No hablamos solo de precios altos o de alquileres abusivos. Hablamos de inseguridad, de insalubridad, de hogares que no pueden garantizar ni la estabilidad ni la dignidad. Hablamos de familias que viven pendientes de un aviso, de una subida, de una amenaza. Y hablamos de instituciones que, pese a los esfuerzos, siguen sin disponer de un modelo capaz de frenar esta sangría. La infancia es otro territorio devastado. Más del 36% de nuestros niños crece en exclusión . ¿Cómo podemos soportarlo sin reaccionar? ¿En qué momento hemos asumido como normal que la pobreza se herede, que se enquiste, que deje cicatrices que se notarán dentro de veinte años? Y mientras tanto, seguimos discutiendo sobre todo menos sobre esto. El espacio público se ha convertido en un terreno de batalla donde cada cual defiende su trinchera ideológica. Una sociedad peleada consigo misma, atrapada en su propio ruido, no encuentra tiempo para preguntarse por los que caen . Nos hemos acostumbrado a la confrontación, pero no a la compasión. Y esa es la derrota más profunda. El Foessa nos habla desde la caridad entendida como amor social, como responsabilidad radical, como obligación de poner en el centro a quienes más sufren. Nos recuerda que la exclusión no es un problema técnico sino humano. Que exige políticas valientes , sí, pero también una ciudadanía valiente. Una ciudadanía que no delegue la responsabilidad de mirar, de actuar, de exigir, de acompañar. Este silencio que ha seguido al informe es un síntoma. Y también una elección. Pero todavía estamos a tiempo de romperlo. El Foessa no está ahí para incomodar . Está ahí para despertarnos. Para decirnos que Castilla-La Mancha no puede seguir mirando hacia otro lado mientras miles de personas viven atrapadas en la exclusión. O rompemos el silencio, o el silencio nos define. O asumimos la responsabilidad colectiva, o consentimos la herida. O nos enfrentamos a esta realidad, o contribuimos a perpetuarla. La pregunta es simple: ¿estamos dispuestos a mirarnos de verdad?