Dick Van Dyke cumple este sábado 13 de diciembre 100 años y entra así en uno de los clubes más reducidos —y frágiles— de Hollywood: el de los actores que alcanzan el siglo de vida. Un grupo selecto en el que permanecieron poco tiempo figuras como Olivia de Havilland o Kirk Douglas y al que no llegaron otros nombres tan queridos como Betty White, que se quedó a solo 17 días . Van Dyke lo hace con lucidez, humor intacto y una vitalidad que sigue sorprendiendo incluso a quienes le rodean. «Nunca he conocido a nadie con 100 años, así que no sé cómo debería comportarme», bromeaba recientemente en una entrevista con 'People', que le dedicó portada y un amplio reportaje. Esa mezcla de ironía y ligereza ha acompañado toda su trayectoria y explica, en parte, por qué se ha convertido en uno de los rostros más queridos de la industria estadounidense. A sus 100 años, sigue trabajando de forma puntual y mantiene proyectos pendientes de estreno. Su ciudad adoptiva, Malibú, ha querido celebrarlo por todo lo alto. Durante más de dos semanas, vecinos y entidades culturales han organizado cenas, proyecciones, actividades al aire libre e incluso un concurso de disfraces en su honor. «Podría haber celebrado su cumpleaños en grandes eventos televisados en Nueva York o Hollywood, pero quiso hacerlo aquí, ayudando a la comunidad local a recuperarse tras los incendios», explica Scott Tallal, presidente de la Malibu Film Society. Un gesto que, subraya, dice mucho de quién es Dick Van Dyke fuera de la pantalla. Malibú es también el centro de su vida cotidiana. Allí vive desde hace décadas junto a su esposa, Arlene Silver, 46 años menor que él, con quien se casó en 2012. Allí recibe la visita de sus hijos, nietos y bisnietos, va al gimnasio, ve películas y, cuando el cuerpo se lo permite, sigue bailando. No oculta que su mujer es uno de sus grandes apoyos: « Emocionalmente tengo 13 años ; ella es bastante más madura», dice con humor. Tras una carrera marcada por la comedia y el musical —con títulos como 'Mary Poppins', 'Chitty Chitty Bang Bang' o 'The Dick Van Dyke Show'—, reconoce que no fue él quien decidió parar. Las ganas siguen ahí, pero el cuerpo impone límites. Los problemas de memoria a corto plazo, la pérdida de audición y visión, un riñón que no funciona correctamente o las dificultades para caminar forman ya parte de su día a día. «Ahora soy ese viejecito encorvado que se tambalea», escribía recientemente con ironía en 'The Sunday Times'. Aun así, se resiste a que el deterioro físico defina su identidad. En su libro '100 Rules for Living to 100', publicado este año, defiende una vida sin rencores ni odio, convencido de que la ira «devora a una persona por dentro». También recuerda su lucha contra el alcohol, que le llevó a ingresar voluntariamente en un hospital en 1972. Dejó de beber y fumar hace décadas, aunque sigue mascando chicles de nicotina. «Probablemente por eso sigo aquí», admite. No esquiva tampoco los arrepentimientos. El principal, reconoce, fue haber descuidado a su familia durante los años de mayor trabajo. «Pasé demasiado tiempo viajando y no con mis hijos», confesaba recientemente. Un error que asegura haber intentado corregir con los años. A sus 100, Dick Van Dyke no idealiza la vejez. Habla con honestidad de la soledad que deja la pérdida de amigos y de lo difícil que resulta ver cómo el mundo se va haciendo más pequeño. Pero tampoco pierde la perspectiva: «He vivido la vida como un enorme parque infantil», resume.