La huelga que convirtió a los soldados en maquinistas
Los madrileños desayunaron el 6 de enero de 1976 con dos noticias: los Reyes Magos les habían dejado calcetines y los empleados del Metro una «huelga salvaje». Así la calificó la prensa porque los trabajadores del suburbano habían boicoteado algunas instalaciones. La noche anterior, en una asamblea autorizada en Plaza de Castilla, los 4.000 operarios reunidos decidieron exigir su reparto de la tarta. Querían una paga extra de 15.000 pesetas a cuenta del beneficio empresarial por la subida del precio del billete. Calculaban que Metro se embolsaba 400 millones por el incremento, y que era justo compensar los bajos salarios que recibían. No acabó ahí. Ya puestos, los empleados exigieron que el Impuesto sobre el Rendimiento del Trabajo y la Seguridad Social corriera a cargo de la empresa, no del currante. También les pareció conveniente reducir la jornada laboral de 44 horas semanales a 40. Ante la negativa recibida, la huelga de Metro se puso en marcha.
No todos los 4.000 trabajadores del suburbano decidieron quedarse en «holganza protestaria». El 6 de enero fueron a trabajar algunos taquilleros y los jefes de estación, que vivían un poco mejor que sus compañeros. A estos «jefes» les duró poco la dicha: una década después fueron sustituidos por máquinas que conectaban con un mando centralizado. No obstante, aquel frío día de 1976, el gobierno de Arias Navarro se encontró con un test importante. El país ardía en huelgas. CCOO había ganado las elecciones sindicales del año anterior, y orquestó un paquete de movilizaciones coincidiendo con el inicio del reinado de Juan Carlos I. Estaban coordinados los trabajadores del metal, la construcción y la banca, entre otros, contando con sectores estratégicos como Correos, Telefónica, RENFE y los metros de Madrid y Barcelona. La idea era detener España para imponer sus condiciones.
El Consejo de Ministros fue resolutivo. Lo primero, la ley. La huelga fue declarada ilegal. Luego, el ministro de Educación, Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga, ordenó la suspensión de las clases de EGB, Bachillerato y Formación Profesional. El metro de Madrid era tomado diariamente por 800.000 personas, y se pensó que reduciendo el número de usuarios se rebajaría el problema. Por último, el ministro del Ejército asumió el mando de la situación. Desde 1971, los reclutas podían cumplir su servicio militar en las vías del suburbano, por lo que pensaron que podrían ponerles a conducir trenes con un breve adiestramiento. La clase práctica duró solo una hora. De esta manera, los «soldaditos» se pusieron al mando de los convoyes y en las jefaturas de estación. No hicieron de taquilleros porque se decidió que el metro fuera gratis.
A la siete de la tarde salió el primer tren militarizado. Lo hizo desde la estación de Plaza de Castilla (Línea 1), y otro desde Carabanchel (Línea 5). En la cabina viajaban dos soldados y dos miembros de la Policía Armada, y en los vagones, tres chicas y un joven leyendo, según recogió la prensa.
El acuerdo
Mientras, la mitad de [[LINK:TAG|||tag|||6336147b59a61a391e0a0cee|||los huelguistas ]]se encerraron en la iglesia de Nuestra Señora de Luján. El atrincheramiento en un recinto religioso fue una práctica habitual desde mediados de los 60 y en los primeros años del reinado de Juan Carlos de Borbón. A los trabajadores del metro les incomodó sobremanera su sustitución por militares. Eran «esquiroles» y «colaboradores del capital», aunque obligados por el régimen que, en su opinión, suponía la continuación del franquismo. Así que, para hacerse fuertes, salieron de una iglesia y se metieron en otra, en la del Dulce Nombre de María, en Vallecas, un barrio muy combativo. Desde su nuevo fortín, el 9 de enero mandaron un mensaje al jefe del Alto Estado Mayor del Ejército pidiendo que no metiera en la huelga a los soldados.
Harto del conflicto, el Gobierno decidió usar a un mediador a sugerencia de Rodolfo Martín Villa, que era ministro de Relaciones Sindicales. Se trataba de José Barrionuevo, almeriense nacido en 1942. Era un hombre que procedía del franquismo, inmerso en el Movimiento Nacional como jefe de gabinete de su vicesecretario general. En enero de 1976 era Inspector de Trabajo en Madrid. Barrionuevo, al que llamaron «hombre puente», se sentó con los huelguistas y el día 10 acababa todo, de momento.
El acuerdo fue que no habría represalias contra los trabajadores, y que el ministro de Relaciones Sindicales, Martín Villa, el tipo que se subió a un coche oficial con 18 años y no se bajó hasta la jubilación, negociaría las condiciones laborales con el comité de empresa. Solo entonces los «soldaditos» dejaron paso a los trabajadores, y el Metro de Madrid recobró su normalidad.