El Senado actúa, el Congreso rumia
Durante años se repitió que el Senado era una cámara prescindible, un lugar de paso para políticos en retirada. Bastó que el Partido Popular lograra la mayoría absoluta para descubrir que el problema no era la institución, sino el uso que se hacía de ella. Hoy, mientras el Congreso de los Diputados se ha transformado en un pesebre disciplinado al servicio del sanchismo, el Senado ha decidido hacer algo casi subversivo: preguntar, investigar y controlar.
La diferencia entre ambas cámaras ya no es ideológica, sino moral. En el Congreso, el Gobierno no rinde cuentas: reparte recompensas. Cada socio espera su ración —una cesión, una ley a medida, una amnistía política o presupuestaria— y, a cambio, ofrece silencio. El control parlamentario ha sido sustituido por la obediencia alimentada.
En el Senado, en cambio, la mayoría del PP ha activado comisiones que incomodan de verdad. Ahí está la comisión del caso Koldo, que ha hecho lo que el Congreso nunca quiso: poner el foco donde quema. También la comisión sobre el gran apagón, un episodio que el Ejecutivo habría preferido enterrar bajo el mantra de la normalidad sobrevenida. Y, como siguiente paso, la comisión para investigar las ayudas a Plus Ultra, que permitirá analizar algo más que un rescate aéreo: la relación del Gobierno de Pedro Sánchez con el régimen de Maduro, siempre envuelta en una niebla tan densa como reveladora.
Nada de esto ocurre por casualidad. El Senado molesta porque no está domesticado. Porque no depende de socios extorsionistas ni de equilibrios imposibles. Porque no vive del aplauso fácil ni del relato prefabricado. Y, sobre todo, porque recuerda al Gobierno algo que en el Congreso parece olvidado: que el poder se controla.
El país vive el peor momento institucional de la democracia parlamentaria. Colonización del poder judicial, una Fiscalía General del Estado alineada con el Ejecutivo, un Tribunal Constitucional convertido en trinchera política, medios públicos como RTVE al servicio del Gobierno y organismos como el CIS, el INE o el CNI degradados a instrumentos de conveniencia. Todo ello mientras el Congreso aplaude y el Senado pregunta. Por eso el Senado incomoda. Y por eso el Congreso, convertido en pesebre, ya no molesta a nadie. Salvo a los ciudadanos.