Luz y hogar
Domingo después de Epifanía: El Bautismo del Señor
El Bautismo de Cristo, más que un rito, es el comienzo de su misión salvadora. Inaugura su vida pública, pero también abre para nosotros la posibilidad de volver a empezar, no desde el esfuerzo humano, sino desde Dios. En el Jordán, el cielo se abre, el Espíritu desciende, y el Padre habla. Arranca así el camino de nuestra divinización, emprendido con decisión de amor por todo el Dios trinitario. Por eso esta fiesta es el umbral de una vida nueva y el alma es llamada a nacer de lo alto (cf. Juan 3,3). Meditemos:
«Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.» (Mateo 3, 13-17)
Juan el Bautista, último de los profetas y primero de los testigos, anuncia una doble realidad: la venida del más fuerte y la irrupción de un fuego nuevo.
«Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mateo 3,11).
El agua de Juan purifica; el fuego de Cristo transforma. Él no solo lava, sino que hace brillar. Es el Mesías que viene con juicio, sí, pero también con mansedumbre, asumiendo la carne herida para sanarla desde dentro.
La gloria de Dios no se impone. Se esconde en la humildad. Lo divino se oculta en lo humano para elevar lo humano hasta lo divino. El cielo se ha inclinado hacia la tierra, y ya nada puede volver a ser mediocre. Este misterio es don inmerecido, pero también exigencia: si hemos sido tan amados, ¿cómo no vivir en consecuencia?
Por todo esto, el Bautista dice: «Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga» (Mateo 3,12). Es que no hay gracia sin criba. El fuego del Espíritu ilumina, a la vez que calcina lo que no es real.
Desde el inicio de su misión, Cristo deja claro que la gracia no se impone. Se acoge con rendición. Solo el alma que se postra puede ser elevada. Solo quien reconoce su pobreza puede recibir las riquezas del cielo. Vivir en el Espíritu no es una experiencia estética, sino una obediencia comprometida. La oración comienza con la mirada que se eleva. “Sursum corda”, se nos invita en cada misa, “levantemos el corazón”. Esa es la actitud bautismal. Mirar hacia lo alto, para vivir desde lo alto.
El Espíritu Santo viene a morar en nosotros como fuego y sabiduría. Ya lo profetizó Isaías: «Reposará sobre él el espíritu de sabiduría y de inteligencia, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de temor del Señor» (Isaías 11,2).
Estos dones no son ornamentos espirituales, sino armas de combate. Solo una vida forjada en la sabiduría, templada en la fortaleza y consumada en la comunión merece verdaderamente ser vivida. Y esa vida ya está en germen en nosotros desde el Bautismo.
Pidamos hoy al Espíritu que reavive sus dones en nosotros. Que su fuego calcine lo superficial, temple nuestras almas, y nos haga resplandecer con la luz que no se apaga. Luz que no se guarda, se comparte. Cuanto más se entrega, más crece. Cuanto más se dona, más nos transforma.
Conviene aclarar que el Bautismo no cambia lo que Cristo es. Él ya es el Hijo amado, desde la eternidad. Lo que ahora cambia es que esta relación única comienza a manifestarse al mundo. Jesús no se transforma, sino que nos transforma. Él nos hace capaces de participar en su filiación. En nosotros sí hay un antes y un después. Antes: huérfanos espirituales. Después: hijos en el Hijo. Y, en consecuencia, hermanos entre nosotros.
El Bautismo también nos cambia en relación con los demás. Ya no vemos competidores ni enemigos, sino hermanos. Ya no somos islas, sino miembros de un cuerpo. El Espíritu Santo nos abre a la novedad del amor cristiano: amar como Dios ama. Esta es la buena y bella nueva. Y esta es la urgencia de nuestro tiempo: que alguien ame verdaderamente.
Por eso, asumamos hoy la gracia bautismal como fuego que arde, como luz que guía, como hogar que acoge. No se trata de buscar nuevas emociones, sino de permitir que la vida divina que ya arde en nosotros se manifieste. Somos portadores de un fuego que no destruye, sino que purifica. Y ese fuego está llamado a ser para muchos luz y hogar.
Examina tu conciencia a la luz de Mateo 3,11-12
«Yo os bautizo con agua para que os convirtáis»
¿Busco una conversión interior, o me limito a ritos sin cambio de vida?
«Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo»
¿Reconozco que necesito a Cristo, o sigo confiando solo en mis propias fuerzas?
«Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego»
¿Estoy dispuesto a dejarme purificar y transformar por la fe que profeso?
«Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva»
¿Dejo que Dios cribe en mí lo verdadero de lo superficial, o me resisto al discernimiento?
«Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.»
¿Soy conciente de que en mi Bautismo Dios también me ha hecho un hijo amado suyo?