Un plástico reciclado, la antesala de un fármaco contra el cáncer
Durante décadas, el PET –polietileno tereftalato– ha sido uno de los materiales más discretamente omnipresentes de nuestra vida cotidiana. Está en las botellas de agua que se compran de camino al trabajo; en los envases de alimentos; en la fibra de muchas prendas de ropa; en alfombras, embalajes y cintas industriales. Cada año se producen globalmente entre 50 y 80 millones de toneladas de PET, una fracción significativa de los más de 400 millones de toneladas de plásticos que fabricamos. Y aunque el símbolo del reciclaje aparece impreso en muchas de esas botellas, la realidad es menos tranquilizadora: solo una parte relativamente pequeña del PET se recicla de forma efectiva, y gran parte acaba incinerado, enterrado en vertederos o fragmentado en microplásticos que terminan en ríos, mares y organismos vivos.
El problema no es solo la cantidad, sino la calidad del reciclaje. La mayor parte del PET se recicla de manera mecánica, un proceso que consiste en triturar, fundir y rehacer el plástico. Cada ciclo degrada un poco más el material, de modo que el plástico reciclado suele tener peores propiedades que el original y acaba destinado a usos de menor valor, hasta que deja de ser útil. La alternativa es el reciclaje químico, que rompe las largas cadenas del polímero en sus componentes básicos o en moléculas nuevas de interés. Durante años, esta vía ha sido prometedora en teoría, pero compleja, cara o poco eficiente en la práctica.
En este contexto, un nuevo avance liderado por la Universidad de St Andrews introduce una idea tan sencilla como disruptiva: ¿Y si la basura plástica no se limitara a volver a ser plástico, sino que pudiera convertirse en el punto de partida de medicamentos esenciales? El estudio, publicado en Angewandte Chemie International Edition, demuestra que residuos domésticos de PET, como botellas o textiles, pueden transformarse en un compuesto químico clave para fabricar fármacos contra el cáncer y otros productos de alto valor. El corazón del avance está en un proceso de despolimerización catalítica, que es básicamente acelerar una reacción química, en este caso, la rotura de las cadenas de polímeros del PET. Utilizando un catalizador basado en rutenio y un método de semi-hidrogenación, los autores del estudio, liderados por Amit Kumar, lograron romper el PET en una molécula concreta: el etil-4-hidroximetil benzoato, conocido como EHMB. Esta sustancia no es un producto final, sino un intermediario químico muy valioso, una especie de cruce de caminos molecular desde el que se pueden sintetizar compuestos fundamentales en medicina y agricultura.
Entre ellos se encuentra el imatinib, uno de los fármacos anticancerígenos más conocidos y utilizados, especialmente en el tratamiento de ciertos tipos de leucemia. El mismo intermediario sirve también para producir ácido tranexámico, empleado para controlar hemorragias, y fenpiroximato, un insecticida ampliamente usado. Hoy, todas estas moléculas se fabrican a partir de materias primas derivadas del petróleo, mediante procesos que suelen implicar reactivos peligrosos y generan grandes cantidades de residuos químicos.
La diferencia no es menor. Tal como subraya el equipo de Kumar, este nuevo enfoque ofrece beneficios ambientales claros frente a los métodos industriales convencionales. Un análisis simplificado del ciclo de vida del proceso muestra que los principales impactos ambientales se reducen de forma notable, porque se sustituyen materias primas fósiles por residuos ya existentes y se evita parte del desperdicio químico asociado a la síntesis tradicional. No se trata solo de reciclar mejor, sino de reciclar con más sentido.
«Reimaginamos los residuos de PET como una nueva materia prima prometedora para generar principios activos farmacéuticos y agroquímicos de alto valor –señala Kumar–. Muchas tecnologías actuales de reciclaje químico no despegan porque no son económicamente viables. Convertir basura en productos premium, en lugar de en plásticos de calidad inferior, podría acelerar de verdad la transición hacia una economía circular».El estudio también destaca por su profundidad química. Uno de los grandes retos de estos procesos es la durabilidad del catalizador, el responsable de acelerar la reacción química. Los catalizadores no son eternos: se degradan, pierden actividad y encarecen el proceso si hay que reemplazarlos con frecuencia. El equipo de Kumar, en colaboración con la Universidad Técnica de Delft, analizó en detalle el comportamiento del catalizador, entendiendo cuándo y por qué se desactiva. Gracias a ese conocimiento, lograron optimizar el sistema hasta alcanzar cifras récord de eficiencia, con números de rotación catalítica de hasta 37.000. En términos más sencillos, esto significa que una cantidad muy pequeña de catalizador puede transformar una enorme cantidad de plástico antes de agotarse.
El trabajo añade además un giro inesperado: el propio EHMB puede emplearse para crear un nuevo poliéster reciclable, cerrando aún más el círculo. El residuo se convierte en fármaco, y el intermediario puede volver a ser material.
No es una solución mágica al problema global del plástico, pero sí se trata de una demostración poderosa de que los residuos pueden tener una segunda vida mucho más sofisticada de lo que solemos imaginar.En un mundo en el que el plástico se ha convertido en símbolo de exceso y contaminación, este hallazgo propone una narrativa distinta. La botella desechada ya no es solo un problema que gestionar, sino una reserva química latente, un almacén accidental de moléculas útiles. Convertir basura cotidiana en medicamentos contra el cáncer no elimina la necesidad de reducir el consumo de plásticos, pero sí muestra que, incluso en nuestros desechos, existen oportunidades inesperadas para la ciencia y la medicina, y también para una economía mucho más inteligente.