Petróleo venezolano: Promesas, ruinas y una factura de $100.000 millones
El petróleo, ese líquido oscuro que mueve gran parte del mundo, vuelve a situarse en el centro del poder en Venezuela. Aunque el combate contra el narcotráfico fue la narrativa utilizada para desplegar tropas estadounidenses en el Caribe y luego ejecutar el operativo de extracción del exmandatario venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, la administración de Donald Trump regresó desde su primera intervención a la promesa de explotar el crudo venezolano.
“Nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, invertirán miles de millones de dólares para reparar la infraestructura petrolera, que está en muy mal estado, y comenzar a generar ingresos para el país”, dijo el presidente estadounidense, rodeado de su Estado Mayor militar, desde su mansión en Mar-a-Lago, Florida, el 3 de enero, horas después de observar el operativo contra Maduro
Una promesa multimillonaria
Trump remarcó que recuperará el sector energético del país caribeño. “Como todos saben, el negocio petrolero en Venezuela ha sido un fracaso, un fracaso total, durante mucho tiempo. No estaban extrayendo casi nada, en comparación con lo que podrían haber extraído y lo que podría haber sucedido”, aseguró.
La promesa de Trump, sin embargo, no es sencilla. Analistas y expertos en el mercado de hidrocarburos advierten que el plan es complejo, requerirá inversiones multimillonarias y al menos una década de trabajo para concretarse.
Un análisis de Bloomberg afirma que reactivar la industria petrolera venezolana costaría unos 100.000 millones en un período de diez años. Por su parte, el centro de estudios RBC Capital estima que los ejecutivos petroleros que actualmente operan en el país sostienen que recuperar el sector demandaría al menos 10.000 millones anuales y que un entorno de seguridad estable es un requisito indispensable para ampliar la capacidad productiva a niveles históricos.
Un siglo de petróleo compartido
Desde hace más de un siglo, Estados Unidos y Venezuela mantienen una relación estrecha en torno al petróleo. Durante la mayor parte de ese tiempo, Washington desempeñó un papel clave como aliado estratégico. En 1914, Venezuela se convirtió en productor industrial de crudo y, de forma paulatina, Estados Unidos pasó a ser su principal socio comercial y comprador.
En ese contexto, la Standard Oil Company, el conglomerado de John D. Rockefeller, incursionó en la costa occidental del lago de Maracaibo y, años más tarde, se convirtió en proveedor de combustibles para los aliados durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1976, Venezuela nacionalizó la industria petrolera. Posteriormente, se abrió un proceso de liberalización parcial y se firmaron acuerdos con empresas extranjeras para incrementar la exploración y producción. Durante décadas, los contratos y marcos legales favorecieron los intereses de las compañías estadounidenses a cambio de tecnología y modelos de gestión.
Del auge a la ruina de PDVSA
Petróleos de Venezuela S. A. (PDVSA) llegó a ser la segunda empresa petrolera más grande del mundo hasta la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999. El declive productivo comenzó en 2002, cuando el mandatario enfrentó un paro petrolero que debilitó su gobernabilidad y derivó en el despido de casi la mitad de la nómina de PDVSA.
Chávez reestructuró la relación entre el Estado y el sector privado, transfiriendo a PDVSA el control de los campos de extracción, refinerías e instalaciones de despacho.
Consultado por el diario El País, José Ignacio Hernández, líder de Mercados de Deuda Pública de la firma Aurora Macro Strategies, con sede en Boston, afirmó que, debido a “las políticas arbitrarias implementadas en Venezuela desde 2002, la industria petrolera está destruida”.
En 2007, Chávez impulsó nuevos cambios legales para que el Estado asumiera el control total de los proyectos productivos, puso fin a las asociaciones con empresas privadas y expropió concesiones de varias compañías internacionales, entre ellas ConocoPhillips y ExxonMobil. Desde entonces, la industria petrolera venezolana quedó bajo el control exclusivo de PDVSA, una empresa estatal con más de 85.000 empleados que opera como una herramienta central de poder del Estado.
“Desde la huelga petrolera de 2003, la compañía ha funcionado esencialmente como un cajero automático para el ejército, lo que provocó el éxodo de miles de trabajadores calificados y un deterioro extremo de la infraestructura”, advirtió RBC Capital.
Chávez y, posteriormente, Maduro utilizaron estos conflictos con las petroleras extranjeras como bandera política. Sin embargo, la corrupción y la mala gestión de PDVSA han sido factores determinantes en el colapso de la producción y de una economía altamente dependiente del crudo.
Reservas gigantes, producción mínima
Cuando Chávez asumió el poder, Venezuela exportaba 3,2 millones de barriles diarios, cerca del 10 % de la producción mundial. Actualmente produce entre 860.000 y 1,15 millones de barriles diarios, apenas el 1 % del total global.
Históricamente, este crudo se exportaba a refinerías del golfo de México, en Texas y Luisiana, preparadas para procesar petróleo pesado. Hoy, alrededor del 80 % del crudo venezolano —de baja calidad— se destina a China; al menos el 15 % se exporta a Estados Unidos a través de una empresa conjunta con Chevron; y el resto va a Cuba.
Venezuela ocupa el puesto 15 entre los países productores de petróleo, pese a poseer las mayores reservas probadas del mundo: unos 303.000 millones de barriles, una cifra aún sin certificación plena. Esto equivale a casi siete veces las reservas de Estados Unidos. Paradójicamente, está cerca de ser superada por Guyana, un país mucho más pequeño.
La baja producción se explica por infraestructura deteriorada, décadas de falta de inversión, mala gestión, escasez de recursos y sanciones estadounidenses. Sin capital ni tecnología extranjera, el país no logró explotar plenamente sus vastos yacimientos.
“La infraestructura está podrida. Es peligrosa. Gran parte fue instalada hace 25 años y debe ser reemplazada”, afirmó Trump.
El petróleo venezolano es pesado y costoso de extraer, pero su alto contenido de azufre lo hace atractivo para refinerías sofisticadas, ya que es clave para producir diésel y asfalto. En contraste, el crudo estadounidense suele ser ligero y dulce, ideal para gasolina.
El costo real de revivir el crudo venezolano
El experto en política energética latinoamericana de la Universidad Rice, Francisco Monaldi, sostiene que Venezuela podría volver a producir hasta 4 millones de barriles diarios, pero requeriría inversiones de $100.000 millones durante una década. The New York Times estima que se necesitarían al menos $7.000 millones en 18 meses para alcanzar 1,5 millones de barriles diarios.
Rystad Energy calcula que mantener la producción en 1,1 millones de barriles diarios exigiría inversiones por $53.000 millones en los próximos 15 años. Para recuperar niveles cercanos a los 3 millones de barriles diarios, el gasto total en petróleo y gas debería alcanzar los $183.000 millones hacia 2040.
Hernández subraya que, además del capital, se requieren estabilidad política, estado de derecho y garantías a la propiedad privada. “Incluso con Maduro fuera del poder, ninguna de esas condiciones se cumple”, advirtió.
Analistas consideran que, si se otorgaran licencias y garantías contra futuras expropiaciones, Venezuela podría convertirse en una potencia petrolera a partir de la década de 2030. Trump insiste en que las empresas estadounidenses regresarán.
Empresas cautelosas y precios a la baja
No obstante, según CNN, los ejecutivos petroleros son escépticos: el panorama político sigue siendo incierto, la industria está devastada y el país tiene antecedentes de confiscación de activos.
A esto se suma un factor clave: los bajos precios del petróleo. El crudo estadounidense de referencia no ha superado los $70 desde junio ni los $80 desde el verano de 2024, lejos de los más de $130 por barril previos a la crisis financiera de 2008.
“El interés por entrar en Venezuela ahora mismo es bastante bajo”, dijo una fuente influyente del sector a CNN.
Chevron aparece como la mejor posicionada para liderar un eventual retorno, con una producción actual de unos 150.000 barriles diarios bajo licencia especial. ExxonMobil y ConocoPhillips también cuentan con experiencia, aunque ambas arrastran litigios millonarios por expropiaciones pasadas.
“Venezuela es el país con más casos de expropiación. Eso eleva enormemente la prima de riesgo”, afirmó Palacios, exejecutivo de Citgo y actual directivo del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia.
China, el actor silencioso
Paralelamente, crece la inquietud de China, principal destino del crudo venezolano como forma de pago de una deuda contraída durante la era Chávez. Aunque Pekín ha reducido su dependencia del petróleo venezolano, un mayor intervencionismo estadounidense en la región podría alterar el equilibrio geopolítico.
Venezuela y China establecieron una asociación comercial que les reportaría más de $100.000 millones en promesas de financiamiento por parte de China a cambio de petróleo venezolano.
El dinero chino financió ferrocarriles y centrales eléctricas, y proporcionó a Caracas el efectivo que tanto necesitaba. Venezuela, a cambio, devolvía el dinero con “todo el petróleo que China pueda necesitar para consolidarse como una gran potencia”, como dijo Chávez en 2010.
A lo largo de los años, Venezuela ha trabajado para saldar su deuda con Pekín y se calcula que debe alrededor de $10.000 millones, según AidData, un instituto de investigación del College of William and Mary de Williamsburg, Virginia.
China, por su parte, ha dejado de conceder nuevos préstamos y, en muchos sentidos, depende mucho menos tanto de Venezuela como del petróleo en general.
Según The New York Times, es posible que el impulso de Trump para reactivar el sector petrolero de Venezuela ayude a China a recuperar su inversión, aunque un cambio más amplio hacia un enfoque más intervencionista por parte de Estados Unidos en Latinoamérica plantearía un problema mayor para Pekín.
El petróleo, que durante más de un siglo definió la relación entre Venezuela y Estados Unidos, vuelve a ocupar un lugar central en la disputa por el poder. Pero esta vez no se trata solo de barriles y reservas, sino de estabilidad política, confianza jurídica y un mercado global que ya no garantiza rentabilidad. El crudo sigue ahí, enterrado bajo tierra; la gran incógnita es si alguien está dispuesto a pagar el precio de sacarlo