De poco sirve defender la democracia si persiste en el pueblo la sensación de abandono
Lejos de, simplemente, descalificar a quienes apoyan el chavismo, debemos analizar el porqué de su apoyo y entender sus razones con precisión.
La “defensa de la democracia” es una de las grandes consignas con las que se está dando la batalla en esta campaña electoral. Así, quienes se inclinan por el continuismo son señalados por estar echando por tierra ese sistema político del cual nos hemos enorgullecido por décadas. Pero seamos claros: grandes grupos de la población que “se oponen” a la “democracia” lo hacen por razones válidas.
Me explico. Es fácil defender la “democracia” cuando no necesito pedir un préstamo para cubrir un gasto extraordinario de ¢500.000. Es fácil defender la “democracia” si formo parte del 20% más rico de la población, ese que gana 15 veces que el 20% más pobre. Es fácil defender la “democracia” si estoy entre el 15% de los empleados ticos que goza de los beneficios de las multinacionales. Es fácil defender la “democracia” si ignoramos la desigualdad que cada vez se profundiza más en Costa Rica.
Necesariamente, la población debe sentirse parte del sistema, uno donde su voz sea tomada en cuenta. Si esto no ocurre y, más bien, hay una alta percepción de injusticia, surge el descontento con la institucionalidad.
Primero, lo primero: las personas votamos desde nuestra realidad. No nos equivoquemos pensando que el apoyo al chavismo ocurre porque la gente “no entiende” o “se deja engañar”. Más aún: es irrespetuoso y hasta denigrante calificarlo así, porque cada quien expresa su apoyo político desde su realidad material y desde su lugar en la sociedad.
Muchas personas lo están leyendo así: “la democracia no funciona porque la gente no entiende su valor”, cuando la lectura correcta sería: “la gente no percibe los beneficios de la democracia” y por eso esta “no funciona”.
La educación cambia su realidad y su forma de participar en la sociedad, pues esta abre puertas y da acceso al trabajo, a mayores ingresos, a una mejor calidad de vida y, consecuentemente, a una preferencia por la institucionalidad democrática.
Dos de los Chinaokes que se emitieron a finales del año pasado ilustran lo expuesto. En el primero, llamado “Rey jaguar” se ve una señora que repite insistentemente “le creo”. La realidad del tico promedio facilita que se “crea” la crítica a la “democracia” más allá de si es verdad lo que afirma Chaves.
En ese terreno se mueve la posverdad: la veracidad o precisión del reclamo pasa a un segundo plano y lo que importa es el reclamo mismo. Precisamente por eso, no puede minimizarse. Debe leerse como una señal de una realidad latente.
Podemos burlarnos de la forma en que Chaves hace política, pero no podemos –ni debemos– burlarnos de quienes lo apoyan. Si se aspira a construir una oposición efectiva, la reflexión debe partir de ahí. En ese contexto, el último Chinaoke (“Vota por mí / Yo ya no le creo a ningún candidato”) resulta revelador. Al reírse de la oposición y decir que “son todos los mismos”, hay un llamado de atención para todos los partidos: no basta con defender la democracia.
El artículo publicado por The Guardian, el 9 de diciembre anterior, es clave para entender esto. En él, se entrevista a líderes opositores de países como Turquía, Hungría, El Salvador y Estados Unidos. La conclusión es contundente: los discursos meramente prodemocráticos solo resuenan en un reducido grupo progresista.
El mensaje es claro: hay que abandonar ese discurso abstracto sobre la democracia. La recomendación es colocar a la gente en el centro de la narrativa y hablar con la misma pasión sobre sus condiciones materiales y sus expectativas de vida.
También implica reconocer que no siempre sabemos qué es lo que realmente quieren los ciudadanos. Hay que escucharlos, preguntar, comprender. Las personas deben sentir que el sistema les permite reclamar lo que se les debe.
Ese “pueblo” no es homogéneo. Es diverso, contradictorio y complejo; requiere diálogo constante para navegar sus distintas necesidades. Sin embargo, hay un elemento que los atraviesa y los une: la sensación de abandono.
Chaves supo meter el dedo en esa herida. Logró despertar una frustración que nadie había capitalizado con éxito. Su instrumentalización puede ser vulgar, sin duda, pero la herida existe. Y, sobre todo, existe la identificación emocional con su narrativa. Ese peso emocional resulta más potente que cualquier ejercicio de verificación de datos.
Este es el verdadero llamado de atención. Un recordatorio incómodo pero necesario: el reclamo de quienes apoyan el chavismo no surge de la nada. No es una invención.
La tarea de la oposición, si aspira a ser relevante, es responder a esa realidad con la misma seriedad con la que dice defender la democracia.
alonsovenegas127@gmail.com
Alonso Venegas Cantillano es máster en Análisis y Política Económica del Paris School of Economics y asistente de investigación en el Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS), en París.