Cicatrices Invisibles: el arte de acompañar el duelo en la catástrofe
La diferencia entre un duelo "esperado" y el que nace de una catástrofe no es solo la intensidad del dolor, sino la fractura de la seguridad básica. En mi experiencia en el ámbito de las emergencias, he aprendido que el impacto de lo inesperado no solo arrebata una vida, sino que pulveriza la capacidad de la víctima para dar sentido al mundo. Para comprender cómo ayudar, debemos entender primero el mapa emocional que recorre una comunidad tras el desastre.
Las víctimas no transitan el dolor de forma lineal, sino a través de etapas colectivas marcadas por la biología y la solidaridad humana. Inicialmente, nos encontramos con la Fase de Shock o Impacto, justo cuando sucede la catástrofe, esos minutos de shock y embotamiento donde el instinto de supervivencia manda.
A esta le sigue la Fase Heroica, un momento de una belleza humana sobrecogedora. Es una oleada de adrenalina (neurobiología) y entrega donde rescatistas improvisados (hasta la llegada de los servicios de emergencias) y víctimas despliegan un altruismo extremo, llegando a ignorar sus propias heridas o el agotamiento para salvar al otro. Esta respuesta, aunque es un motor vital necesario para salvar vidas, conlleva un desgaste profundo y silencioso. Es una entrega total que nace de lo mejor del ser humano, pero que consume las reservas emocionales que serán necesarias más adelante. Como profesionales, debemos cuidar este ímpetu, honrarlo y vigilar que no se convierta en la antesala de un colapso posterior.
Tras este esfuerzo sobrehumano, suele aparecer la Fase de Luna de Miel, donde el sentimiento de comunidad genera una cálida sensación de esperanza. Sin embargo, el riesgo real aparece en la Fase de Desilusión. Semanas o meses después, cuando los focos se apagan y la ayuda se retira, la pérdida se asienta, cuando la víctima se mira de frente y se sienta con su nueva realidad, con la ausencia de su familiar, con la pérdida de su salud, con los recuerdos, en soledad, de lo vivido. Es aquí donde el trauma, antes anestesiado por la acción, emerge con toda su fuerza, y donde nuestro trabajo preventivo inicial cobra su verdadero valor.
Por todo esto el trabajo de los profesionales de la Psicología de emergencias es de vital importancia en las primeras 72 horas, para prevenir las secuelas psicológicas incompatibles con vivir en el día a día. Es cierto que una catástrofe nos cambia la vida y que no olvidaremos lo sucedido pero lo que asegura poder recuperar la vida con la mayor normalidad posible, según la situación individual vivida en la catástrofe, es la integración de lo sucedido.
Vulnerabilidad Compartida: El espejo del "podría ser yo"
En el epicentro de la tragedia ocurre un fenómeno social profundo: la vulnerabilidad compartida. Una catástrofe no solo afecta a quienes la sufren directamente; sacude a toda la población a través de la identificación proyectiva. Al observar el dolor ajeno, la sociedad proyecta sus propios miedos y afectos en las víctimas. Reconocemos en el otro nuestra propia fragilidad: entendemos que el azar o la naturaleza podrían habernos situado a nosotros en ese mismo lugar.
Esta identificación es la base de la empatía, pero también es una fuente de angustia colectiva. Cuando una comunidad siente que "podría haber sido yo", la herida es social. La vulnerabilidad deja de ser algo ajeno para convertirse en una realidad compartida que nos obliga a reevaluar nuestra propia seguridad y la de nuestros seres queridos.
La Intervención Temprana como Escudo
El objetivo inmediato en la psicología de emergencias es la prevención del daño crónico. Para evitar que el duelo se vuelva patológico o se convierta en un Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), nos basamos en pilares de estabilización:
- Seguridad y tranquilidad: Restablecer el entorno físico y emocional para que el sistema nervioso deje de estar en alerta máxima.
- Escucha activa: Validar el relato sin juicio, permitiendo que la persona empiece a "coser" los jirones de su historia.
- Detección de necesidades básicas: Cubrir lo esencial es el primer paso para recuperar la dignidad.
- Conexión social: Facilitar el contacto con redes de apoyo (familia, amigos), que son el bálsamo más potente en la recuperación.
El Camino hacia la Reconstrucción, El Sostén del Entorno y la Intervención Profesional.
Afrontar el duelo en estos contextos es un proceso de paciencia y acompañamiento sostenido que no siempre requiere terapia. En la mayoría de los casos, la red de apoyo social (familia, amigos, comunidad) es el factor protector principal. Un entorno que escucha, que no presiona para "pasar página" y que, valida el dolor, permite que el proceso neurobiológico de duelo siga su curso natural.
Sin embargo, cuando el cerebro no logra archivar la experiencia de forma funcional y la mantiene anclada en el cuerpo como una amenaza presente, el duelo se bloquea. Es en este punto donde el tratamiento psicológico especializado se vuelve indispensable. Este no busca "quitar el dolor", sino reabrir los canales de procesamiento neurobiológico que quedaron congelados por el trauma. A través de técnicas de integración y reprocesamiento, el profesional ayuda a que el evento deje de ser un "presente continuo" de terror para convertirse en un recuerdo integrado en la biografía personal.
Conclusión
Como sociedad, nuestra responsabilidad es no retirar la mirada cuando los escombros se limpian. La recuperación tras una catástrofe es un tejido de dos hilos: el sostén humano del entorno, que ofrece el refugio necesario, y la intervención técnica especializada, que interviene para reparar los mecanismos que el trauma ha roto. Juntos, forman el puente necesario para que las víctimas vuelvan a sentir que el mundo, a pesar de sus grietas, puede volver a ser un lugar seguro.
Miriam González Pablo es psicóloga experta en Psicología de Emergencias. Grupo de Urgencias, Emergencias y Catástrofes del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.