La tragedia de Adamuz forma ya parte de la historia negra ferroviaria de España; es el segundo siniestro de este tipo de mayor gravedad desde el año 2013 , cuando se produjo el fatal accidente del Alvia en la curva de Angrois, donde murieron 80 personas. En Córdoba , hace más de un siglo que no se registraba un descarrilamiento. Hay que viajar hasta la madrugada del 23 de enero de 1920 , fecha en la que se salió de la vía un convoy en la entrada del túnel de Los Pradillos. Eran alrededor de las dos y media cuando desde la estación de La Balanzona se lanzó un aviso urgente a Cercadilla: el tren mixto número 2 acababa de pasar a una velocidad anormal , sin detenerse, deslizándose cuesta abajo como un proyectil descontrolado. El siniestro dejó tras de sí un paisaje de hierros retorcidos, maderas destrozadas y cristales rotos. Ocho personas perdieron la vida y decenas resultaron heridas en una catástrofe que, según muchos, no sorprendió a nadie. El estado de la línea y del material rodante de la Compañía de Ferrocarriles Andaluces era motivo de críticas constantes . El diario El Defensor de Córdoba fue especialmente contundente en su denuncia, señalando la precariedad del servicio y el abandono de una infraestructura que consideraba indigna de una ciudad como Córdoba. Aquel tren estaba compuesto por una locomotora, un furgón delantero, más de veinte vagones de mercancías y varios coches de pasajeros de distintas clases. Al alcanzar una velocidad cercana a los 150 kilómetros por hora en un tramo descendente, la diferencia de peso resultó fatal: mientras los vagones cargados de carbón, leña y ganado se mantenían estables, los coches de viajeros comenzaron a balancearse violentamente. El de segunda clase impactó de lleno contra la boca del túnel, provocando el descarrilamiento general. La locomotora se desprendió del resto del convoy y siguió su marcha sin control durante varios kilómetros, hasta detenerse finalmente sobre el Puente de Hierro , cerca del apartadero de Mirabueno. Para entonces, el desastre ya era irreversible. Los supervivientes improvisaron la primera asistencia en condiciones extremas. A la luz de hogueras encendidas para combatir el frío, los heridos fueron colocados sobre tablones mientras se aguardaba la llegada de ayuda. La compañía ferroviaria activó un dispositivo de emergencia tan limitado como tardío: el tren de socorro no partió hasta bien entrada la madrugada y contaba con un solo médico, Fernando Marín, un puñado de empleados y efectivos de la Guardia Civil. La noticia, sin embargo, se propagó rápidamente por Córdoba. Vecinos y autoridades acudieron por iniciativa propia al lugar del siniestro. Entre ellos, el alcalde José Sanz Noguer , que no ocultó su malestar por no haber sido informado oficialmente del accidente. Ante la ausencia del gobernador civil y la evidente falta de coordinación de la empresa ferroviaria, el regidor terminó asumiendo de facto la organización del rescate. Los heridos fueron evacuados al Hospital de Agudo s mientras la ciudad entera se hacía una pregunta incómoda: ¿se podría haber evitado? Más de un siglo después, esa misma pregunta es la que se hacen los familiares de los fallecidos y heridos tras el reciente accidente ocurrido en Adamuz . Las miras están puestas en esas vías, a la espera de una respuesta que arroje luz a esta oscura tragedia.