Un año de Trump: el arquitecto del caos global
Este 20 de enero se cumple un año del retorno de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. En apenas 12 meses, el magnate republicano no solo ha sacudido el panorama interno de su país, sino que ha remecido con fuerza el orden internacional.
Su retorno al poder ha estado marcada por una beligerancia que ha sorprendido a propios y extraños, adversarios y aliados. Trump volvió con la promesa de dejar una huella, y si hay algo que no puede discutirse, es que lo está logrando.
A diferencia de 2017, esta vez llegó con un equipo mucho más alineado con su visión y sin los frenos institucionales que limitaron parte de sus impulsos durante su primer mandato. Además, el control legislativo favorable le ha permitido avanzar con una velocidad inédita, gobernando a golpe de decreto y con una lógica más autoritaria que la de un presidente sometido a contrapesos democráticos.
Imagen difundida por las cuentas oficiales de la Casa Blanca celebrando el primer año de gobierno de la segunda administración de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos. Foto: Casa Blanca.
Desde el primer día dejó claras sus intenciones. Indultó a los manifestantes que participaron en la toma del Capitolio en 2021, reforzó sus vínculos con los principales líderes tecnológicos y selló una alianza estratégica con Elon Musk, a quien encargó la creación del polémico Departamento de Eficiencia Gubernamental, el famoso DOGE. Esa relación terminó abruptamente, con el multimillonario acusándolo de estar en la lista de Epstein, otro caso que ha definido su administración.
Paralelamente, su política de mano dura en migración, liderada por redadas masivas de la agencia ICE, ha tensionado la convivencia interna, con episodios de violencia que han derivado en un deterioro grave de la cohesión social.
En el plano económico, Trump tampoco se contuvo. Tras una dura batalla en el Congreso logró aprobar su llamado “gran y hermoso proyecto de ley”, una reforma que recorta el gasto social, baja impuestos a grandes corporaciones y aumenta de forma sustantiva el presupuesto para agencias migratorias y el Ejército. Pero el verdadero quiebre llegó el 2 de abril del año pasado, cuando declaró el llamado “día de la liberación” e impuso una batería masiva de aranceles a gran parte del mundo, golpeando de muerte al sistema comercial basado en las reglas de la Organización Mundial del Comercio y debilitando seriamente el orden económico de la posguerra.
Desde allí se desató una cadena de movimientos que alteraron el equilibrio global. A la guerra comercial con China, que terminó reconfigurando flujos económicos, le siguió una política exterior marcada por decisiones unilaterales y una creciente lógica de confrontación. Apenas días después de asumir, Trump retiró nuevamente a Estados Unidos del Acuerdo de París y de la Organización Mundial de la Salud, que luego complemento retirándose de más de otras 60 organizaciones reforzando un repliegue multilateral que deja a Washington cada vez más aislado en las estructuras globales tradicionales.
Imagen difundida por el Departamento de Estado de Estados Unidos, celebrando el primer año de gobierno de la administración de Trump, con el lema “Promesas hechas, promesas cumplidas”. Foto: Departamento de Estado de EE.UU.
Una de sus grandes promesas de campaña fue terminar con la guerra en Ucrania en un solo día y retirar a Estados Unidos de los conflictos interminables. Un año después, el frente ucraniano sigue activo, Estados Unidos ha bombardeado al menos ocho países y su implicación en la crisis de Gaza ha sido cada vez más directa, con una propuesta de “junta de paz” donde incluso se exige pagar para participar, transformando la diplomacia en una especie de club exclusivo.
En Medio Oriente, durante la llamada “guerra de los 12 días” entre Israel e Irán, Estados Unidos atacó directamente instalaciones nucleares iraníes, las que sigue amenazando.
Los bombardeos luego se trasladaron a América Latina. En septiembre se produjo un giro histórico cuando Trump concentró su atención en el Caribe y Venezuela. Tras desplegar el mayor contingente naval en décadas, justificó ataques bajo el argumento de la guerra contra las drogas, pero terminó consolidando una doctrina explícita de control hemisférico, una suerte de resurrección de la Doctrina Monroe, rebautizada informalmente como la “Doctrina Donroe”. La operación culminó con la captura de Nicolás Maduro, el control directo de activos estratégicos y un mensaje inequívoco al continente: este hemisferio tiene un dueño, Donald Trump.
Ese mismo impulso se proyectó hacia Groenlandia, generando alarma en Europa, que ahora observa cómo su principal garante de seguridad se convierte progresivamente en una amenaza para su propia soberanía. El mensaje de fondo es claro, las reglas, los tratados y las instituciones ya no son un límite para Washington bajo el liderazgo de Trump.
Donald Trump en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Foto: Casa Blanca.
Este primer año confirma una transformación profunda del sistema internacional. Estados Unidos, históricamente arquitecto del multilateralismo, ha pasado de ser el garante del orden a convertirse en su principal disruptor. La soberanía se vuelve un concepto flexible, la legalidad internacional pierde peso y la fuerza vuelve a ser el principal lenguaje de la política global.
Un rasgo central ha sido la fusión entre el poder estatal y grandes intereses tecnológicos y financieros. El experimento del DOGE con Musk y otros empresarios mostró un modelo de gobierno por fuera de la burocracia tradicional, concentrando decisiones en un círculo reducido de lealtades personales. Este nuevo imperialismo no se ejerce solo con tropas, sino también con satélites, plataformas digitales, control financiero y dominio tecnológico, haciendo que la dependencia sea más profunda y la resistencia más compleja.
Trump está construyendo un mundo de lógica hobbesiana, donde la seguridad no surge de reglas compartidas, sino de la cercanía con el más fuerte. La imprevisibilidad se convierte en su principal herramienta de poder. Pero esa ambigüedad no es improvisación, responde a una estrategia conocida como la “Teoría del Loco”, llevada a un nivel ejecutivo sin precedentes.
El patrón se repite. Primero genera un shock extremo, amenaza con medidas desproporcionadas, provoca pánico económico o político y luego ofrece una salida que lo posiciona como el único capaz de resolver el caos que él mismo creó. Así ocurrió cuando amenazó con aranceles del 200% a México y Canadá, provocando turbulencias financieras, para luego negociar concesiones y aparecer como pacificador.
Imagen generado por IA, difundida por las redes sociales oficiales de la Casa Blanca que muestran a Donald Trump junto a Marco Rubio y JD Vance conquistando Groenlandia con la bandera estadounidense. Foto: Casa Blanca.
Al mismo tiempo, erosiona permanentemente las líneas rojas. Mientras públicamente hablaba de diálogo con Venezuela, en secreto preparaba la operación militar que terminó con la captura de Maduro. Mantener a aliados y adversarios en incertidumbre paraliza cualquier capacidad de respuesta anticipada.
Detrás de este comportamiento también existe una doctrina de autarquía imperial. La presión sobre Groenlandia, el aumento del gasto militar exigido a la OTAN y el control de recursos estratégicos apuntan a que Estados Unidos no dependa de nadie para su seguridad, energía o tecnología. La idea es actuar sin pedir permiso, solo notificando decisiones.
El uso de intermediarios no políticos, como grandes empresarios, le permite ejecutar reformas drásticas sin asumir costos políticos directos. Es una forma de blindaje que diluye responsabilidades y acelera transformaciones estructurales.
En el fondo, Trump no administra el orden internacional, lo está liquidando para extraer el máximo beneficio antes de que el sistema colapse o se reconfigure. Su ambigüedad funciona como una cortina de humo mientras desmantela los pilares de la confianza global. Lo que parece caos es método. La meta no es liderar el mundo existente, sino convertirse en el árbitro del nuevo escenario que emerge de sus ruinas.