El auge de los ciberataques supera con facilidad la capacidad de defensa de muchas empresas y organismos públicos
La propuesta de los expertos en ciberseguridad para atajar la nueva oleada de criminalidad digital es clara y contundente: es necesario un cambio en el marco legal. El objetivo es crear un sistema que incentive a las empresas a notificar los ataques que sufren de forma segura, sin el temor a ser penalizadas por ello. Solo así se podrá levantar un frente común contra una amenaza que, aunque a menudo invisible, tiene consecuencias devastadoras.
De hecho, la principal barrera para una defensa coordinada es, precisamente, el secretismo. La mayoría de las compañías afectadas por una intrusión optan por no comunicarlo. Lo hacen por miedo a las consecuencias, que van desde la pérdida de confianza de sus clientes hasta la reacción negativa de los accionistas en los mercados bursátiles. Este muro de silencio impide que otras empresas y las propias autoridades aprendan de cada ofensiva, dejando la puerta abierta a que los mismos métodos se repitan con éxito.
Por otro lado, lo que se esconde tras este silencio es una escalada de la actividad criminal. Los ciberataques dirigidos contra gobiernos e infraestructuras críticas han registrado un alarmante aumento del 34% en el último año. Una cifra que evidencia la creciente audacia y capacidad de los grupos que operan en la red, capaces de poner en jaque servicios esenciales para la ciudadanía.
Una carrera tecnológica desigual
En este sentido, gran parte de esta nueva capacidad ofensiva se explica por el avance de la inteligencia artificial. Lo que prometía ser una herramienta de progreso se ha convertido también en un potente arsenal para los delincuentes, que ahora disponen de medios para lanzar ataques más complejos, dañinos y rentables. El problema de fondo es que la tecnología de ataque avanza a un ritmo que la ciberdefensa es incapaz de seguir.
Frente a esta realidad, los especialistas no se andan con rodeos: las compañías deben adoptar un papel proactivo. La inversión en seguridad ya no es una opción, sino una necesidad imperiosa en el ecosistema digital actual. Esperar a que ocurra un incidente es una estrategia abocada al fracaso, pues las defensas, en esos casos, suelen llegar tarde y mal.
Por ello, reforzar las barreras tecnológicas no solo reduce la probabilidad de sufrir una brecha de seguridad, sino que resulta fundamental para facilitar una recuperación ágil y minimizar los daños si los atacantes logran su objetivo. Se trata, en definitiva, de un pilar fundamental para la supervivencia de cualquier negocio en el entorno contemporáneo.