¿Y si el comunismo no ha muerto?
Uno de los problemas de nuestra sociedad es considerar que el peligro para la democracia liberal solo proviene de los «ultras» o «extrema derecha». Lo tenemos a diario en los medios de comunicación y en el mundo de la cultura como resultado del pensamiento progresista obligatorio, que ha construido un enemigo para justificar su ingeniería social. La facilidad que hemos tenido para asimilar esta idea se debe a que el universo liberal y conservador, leyendo a Fukuyama, pensó que el comunismo había muerto con la caída del [[LINK:TAG|||tag|||633619d0ecd56e3616932605|||Muro de Berlín]]. La fórmula marxista-leninista había quedado reducida a Estados indeseados. Sin embargo, al poco tiempo los analistas y filósofos más despiertos comprendieron que la idea comunista no había muerto, sino que solo había cambiado de forma.
Sean McMeekin ha escrito un libro esclarecedor al respecto, titulado « Revolución Francesa. La influencia del mito de la sociedad prehistórica sin propiedad, feliz, armoniosa, colectivista, fue alimentada por Rousseau y Morelly, entre otros, para justificar la injerencia del Estado para restablecer la «justicia» y acabar con el dominio de los poseedores sobre los desposeídos. Babeuf, por otro lado, llevó a la práctica ese ideal, concibiendo la revolución como una guerra de clases que sentó las bases para los revolucionarios posteriores.
Marx aparece en la obra de McMeekin como un intelectual burgués que odiaba a su propia clase social, un ocioso que jamás trabajó –como Lenin–, y que veía en las malas condiciones de vida de los trabajadores una excusa para exigir la caída del orden vigente. El alemán, dice McMeekin, construyó una teología secular que debía imponerse como una religión para llegar al paraíso comunista, algo que ya señaló el filósofo Eric Voegelin. El marxismo no era una ciencia, sino una ideología totalitaria. A pesar de que sus predicciones sobre el empobrecimiento de la clase obrera se demostraron falsas, la retórica destructiva del «Manifiesto Comunista» proporcionó un poderoso marco doctrinal para los revolucionarios que buscaban el poder.
El comunismo nunca llegó al poder mediante elecciones libres o levantamientos espontáneos. Lo ha hecho siempre a través de la guerra o el golpe de Estado. El padre de esta concepción es Lenin, sostiene McMeekin, que consideró que el caos podría generar la oportunidad de conquistar el poder. Esto llevó al comunismo leninista a fomentar el conflicto bélico o la crisis general para debilitar al enemigo y conseguir ventaja. Por cierto, lo mismo hace[[LINK:TAG" rel="https://www.casadellibro.com/libro-derrocar-al-mundo/9788415436867/17481498?srsltid=afmbooogz-lddzm6nb-ugyo17ferzgllntw0mhbkl6eqsydlaxnskoim" target="_blank">tag|||6336156c1e757a32c790bc72||| Putin con la guerra híbrida. Lenin impuso el comunismo a través del Terror Rojo –15.000 ejecutados en los dos primeros meses de 1918–, el saqueo económico de los rusos, y la construcción del totalitarismo criminal que perfeccionó Stalin.
Millones de muertos
En la obra de McMeekin se detalla la tragedia humana bajo el dominio comunista, que ahora se quiere olvidar o blanquear. El autor habla de los millones de muertos por la guerra civil, el holodomor –genocidio ucraniano por hambre inducida–, el archipiélago gulag que definió Alexander Solzhenitsyn, el expansionismo militar de la Guerra Fría, el saqueo de la Europa del Este con la consiguiente represión en Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Solo en el Gran Terror de 1937 se ejecutó a 700.000 personas para dar paso a una nueva generación de líderes sin memoria del mundo precomunista.
La sed de sangre no se limitó al comunismo soviético. McMeekin sostiene que en Asia se llegó al extremo. El «Gran Salto Adelante» de Mao Zedong en China supuso la muerte de 30 millones de personas. El régimen de los Jemeres Rojos de Pol Pot, en Camboya, aniquiló a un cuarto de la población. Sin embargo, China cambió con Deng Xiaoping en los ochenta, pero Gorbachov no pudo hacer lo mismo con la URSS.
La caída del mundo soviético se debió, afirma McMeekin, no por la presión de las movilizaciones populares, como ocurrió en Rumanía o Checoslovaquia, sino porque se debilitó la fuerza del partido único, que era el sostén del sistema. En China, Deng Xiaoping dejó claro en la represión de la plaza de Tiananmén, en 1989, que el partido era intocable y el único instrumento de ascenso social y económico. Fue así que el régimen chino adoptó un sistema híbrido de capitalismo y dictadura que McMeekin considera el nuevo estándar para el comunismo moderno; esto es, la combinación de bienestar material con negación de las libertades políticas.
La parte más provocadora del libro es la que habla de las nuevas formas del comunismo en Occidente, por influencia del modelo chino. McMeekin empieza definiendo el actual sistema comunista como una sutil dictadura institucional en el que se condena la discrepancia y el pluralismo desde los medios, la cultura y la educación. En realidad, dice el autor, solo se tolera un único partido, no hay auténtica posibilidad de alternancia, y se crean «cordones sanitarios». Se cancela a los otros en sus opiniones sobre puntos del dogma, como el clima, la inmigración o la identidad de género. A esto se suma el control absoluto de la economía, la prioridad al bienestar material sobre las libertades y el monitoreo de la vida pública y privada de la población, de la que se recogen datos continuamente.
Las élites occidentales, argumenta McMeekin, prefieren el sistema chino porque les asegura mejor su estatus. Por ejemplo, los portavoces mediáticos de esas élites dicen que los jóvenes se hacen «ultras» porque no tienen bienestar material –en alusión a la falta de vivienda o a los trabajos precarios–, por lo que exigen más intervención del Estado en detrimento del libre mercado y de las libertades. Occidente, concluye McMeekin, está enfermo de igualitarismo material desde la Revolución Francesa. Esta afección no se curó con la caída del Muro de Berlín ni con la desaparición de la URSS, sino que simplemente adoptó otras formas. El afán igualitario, señala el autor, ha sido siempre un instrumento para aspirar al poder y transformar el orden social a la fuerza, a despecho de una mayoría. Pero también ha sido una excusa para ejercer una dictadura sostenida en argumentos supuestamente morales y sentimentales.
La obra es una advertencia histórica: la democracia es frágil si se prioriza la existencia de un Estado que asegure el bienestar material. La variante actual del comunismo, concluye Sean McMeekin, es silenciosa y aparentemente bondadosa e inocente, mientras nos va controlando cada vez más y reduciendo nuestra libertad. De esta manera, ahora la represión no necesita fusiles ni gulags porque es voluntaria.
CRÍTICAS Y JUSTIFICACIONES
La obra de McMeekin, que ha utilizado archivos soviéticos, chinos y de otros países comunistas, ha sido criticada por los historiadores de la izquierda. Algún historiador dice que no tiene en cuenta que si el comunismo atrajo a millones de personas algo bueno tendría. Esto ya lo explicaron Raymond Aron en «El opio de los intelectuales» (1955) y François Furet en «El pasado de una ilusión» (1995) al referirse al engaño masivo. Otros historiadores afirman que no es «objetivo», sino que es un conservador anticomunista que distorsiona sus conclusiones. Incluso alguno repite la falsedad de que el comunismo es una buena idea mal ejecutada. Sin embargo, para ejecuciones, los más de cien millones de muertos que provocó el comunismo en todo el mundo.