Crítica de 'Ariadna y Barbazul': Inteligente alegato feminist
'Ariadna y Barbazul', de Paul Dukas. Interpretación: Paula Murrihy, Gianluca Buratto, Silvia Tro Santafé, Aude Extremo,Jaquelina Livieri, María Miró, Renée Rapier, Raquel Villarejo Hervás, Luis López Navarro, José Ángel Florido, Nacho Ojeda. Coro y Orquesta del Teatro Real. Dirección musical: Pinchas Steinberg, Dirección de escena: Alex Ollé. Escenografía: Alfredo Flores. Teatro Real, Madrid, 26 de enero de 2026.
Que sepamos, desde que esta ópera se estrenó en el Real en 1913 -seis años después de su creación en París-, no se había vuelto a representar en Madrid. Aunque se escuchó en versión de concierto años ha en los programas de la Orquesta Nacional. Es por tanto muy importante esta recuperación en una versión escénica firmada por el siempre comprometido y analista, investigador impenitente de conductas, Alex Ollé, que ha partido del núcleo argumental, tan simbólico en buena parte, para edificar con tino una suerte de alegato feminista, algo que late en la propia entraña de la composición.
Las circunstancias escénicas de primera hora son adaptadas al fin principal, que en cualquier caso delinean, subrayan, esclarecen y otorgan dimensión al personaje femenino principal y hurga en los entresijos del subconsciente. Lo que conecta a la obra con Freud y su La interpretación de los sueños. Esta dimensión onírica otorga profundidad y propone lecturas a la trama, nunca lineal. Porque, como ha declarado el regista, “hay una conexión directa de ese mundo simbólico de Maeterlinck con el subconsciente de estos personajes. Veo el castillo como una metáfora de la mente y las puertas cerradas como el subconsciente. La dimensión feminista, el confinamiento psicológico de Ariadna y su valentía al afrontar con determinación su destino y a romper la fatalidad que envuelve a Barbazul queda potenciada en la imponente escenografía de Alfons Flores, que evoca su confinamiento psicológico y su acción de libertad”.
Sobre esas bases se organiza la puesta en escena, siempre sugerente, aunque con momentos que quedan excesivamente difusos a la visión e interpretación del espectador, como sucede con las oscuras escenas en las que se van abriendo las puertas de las habitaciones de las primeras mujeres de Barbazul. Imponente la secuencia de la boda adornada con decenas de lámparas -¿la luz que esclarece y da forma a la actitud de rebeldía femenina?-, en la que se muestra la fantasía escénica de Oller.
Movimiento bien organizado en la parte final, con un trasiego constante, quizá excesivo, de campesinos en su pretensión de aherrojar al malvado. Al final, las cinco mujeres anteriores, pese a todo, permanecen en el castillo, mientras la inteligente Ariadna toma la senda de la libertad. Todo casa en esta muy libre, fantasiosa y a la postre eficaz, sugerente e incluso poética visión de Oller. Por poner alguna pega de relieve quizás sobra la película inicial en la que se ve a Ariadna y Barbazul, recién casados, hacerse arrumacos en el coche de bodas que se dirige al castillo alejándose de un Madrid actual. Puede que ello, junto al hecho de que todo transcurra en la época que ahora vivimos, quite misterio y valor evocativo a la narración.
Una narración que en lo musical estuvo bien planteada, aquilatada, acentuada y enaltecida por la siempre vigorosa, variada y coloreada batuta del veterano y ya octogenario Pinchas Steinberg -siempre recordaremos su La mujer sin sombra de Strauss de hace años en el mismo escenario-, que estuvo muy apegado a las voces y construyó de manera impecable cada secuencia, atento a la dimensión tímbrica y colorista, armónica y rítmica de una música muy distinta a la del Debussy de Pélleas y que, de alguna manera, se sitúa en el contexto francés respecto a Wagner como lo hacía en el predio alemán Strauss.
En la muy rica partitura advertimos aspectos, como el empleo del leitmotiv, hijos de los métodos del músico teutón. Desde luego es admirable la manera en la que Dukas juega con la oposición de tonalidades alejadas y cómo pinta y describe de forma muy sutil, sin abandonar el flujo melódico, los distintos colores. Su orquesta es, como afirmaba Kaminski, más densa, más franca de color y de ritmo que la debussyana y posee una luminosidad muy original. Todo ello fue servido por el experto maestro con eficiente laboriosidad.
Y tuvo a su disposición, además de un coro y una orquesta muy aplicados, cumplidores de las nada fáciles exigencias planteadas, con exhibición de las problemáticas dinámicas, a un equipo de cantantes de altura presididos por la mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy a la que habíamos escuchado y visto en el pasado mes de junio, con la Orquesta y Coro Nacionales, cantando las 'Escenas de Fausto' de Schumann. Ya pudimos darnos cuenta de que es más bien una soprano lírica que otra cosa. Puso otra vez de manifiesto que posee un instrumento no especialmente coloreado de emisión fluida y tranquila. Muy musical en todo momento.
A su lado la Nodriza de Silvia Tro Santafé, mezzo reconocible, aunque muy lírica, flexible y musical, como es norma en ella, y otras cinco féminas muy eficaces. Especialmente reseñable es la voz de Renée Rapier (Bellangére), sólida, compacta, rotunda, bien emitida. Las otras cuatro mujeres estuvieron a la la altura: Aude Extremo, también mezzo (Sélysette), Jaqueline Livieri, soprano ágil (Ygraine), María Miró, soprano lírica (Mélisande) y Raquel Villarejo Hervás, actriz y bailarina (Alladine). Los bajos Gianlucca Buratto, en su breve e incómodo papel de Barbazul, que ha de ser arrastrado por el suelo, evidenció una voz bien timbrada y penumbrosa, y Luis López Navarro (un campesino) exhibió como siempre su buen y oscuro instrumento. Al final el público aplaudió con calor y se escucharon bravos, sobre todo al salir a saludar Steinberg.