Julia Varela: “El aprendizaje del duelo es asumir los errores que ya no tienen solución”
Ahora solo busca la belleza. Ha aprendido a tocar el piano, frecuenta solo compañías hermosas y que aportan, no malgasta el tiempo en enfados y toxicidades, aunque es consciente de que siempre se cruzan en el camino. Julia Varela (Pontevedra, 1981), atravesó un enorme dolor y aprendió una lección. Este es el tiempo que tenemos y nadie garantiza nada, está "Todo por hacer” (Ediciones B), como es el título de la segunda novela de la periodista y escritora, voz y rostro de Televisión Española.
¿Cuál es el origen de esta historia?
Tenía 40 años cuando mi madre fallece. Estaba enferma de cáncer, pero el desenlace fue bastante inesperado. Dos años más tarde, a mí me diagnostican cáncer de mama, que es la enfermedad por la que muere ella. Todo vuelve a removerse. Fueron unos años muy malos, pero pensé que podía tratar de sacar algo bonito del dolor.
Del dolor salen algunas de las mejores obras.
El duelo por la muerte de una madre es el gran tema del libro, es el conflicto, el drama de la historia. Pero la novela tiene más luz que penumbras y ese es el camino que recorre la protagonista. Yo me di cuenta, cuando falleció mi madre, que en la sociedad vivimos de espaldas a la muerte en general y al duelo, y es un tema que metemos debajo de la alfombra. Sabemos que está ahí, pero no lo miramos. Cuando pasa de una manera abrupta, el bofetón es muy grande y no tenemos herramientas para gestionarlo.
Desde niños lo evitamos, lo disfrazamos.
Mi hijo pequeño ya me lo ha preguntado. Mi primer impulso fue decir: “no, mamá no se va a morir”, hasta que me di cuenta de que le estaba mintiendo. Y además, no lo estoy preparando para algo que puede pasar también de manera inesperada y él se va a encontrar con una gran mentira. No defiendo que cada vez que salgas a la calle tengas la espada de Damocles en la cabeza, si te cae un macetero, si te da un infarto. Pero tenemos que ser más conscientes de que es parte de la vida, de que está ahí esa posibilidad. Nos sirve para relativizar las tonterías o las nimiedades del día a día. Mi padre, que es de un pueblo pequeño de Galicia, recuerda que su padre lo llevaba de la mano a los velatorios en las casas y ahí veía los cadáveres, a los difuntos, incluso a darle un beso al abuelo. La muerte estaba más naturalizada. Ahora te la encuentras en la absoluta incredulidad.
Escribir esta novela debió necesitar bastante coraje.
No pude hacerlo hasta que pasó un tiempo, lo mastiqué y lo digerí y me alejé un poco. Porque recrearlo en la escritura fue complicado y me hizo pasarlo mal de nuevo. Vuelve a doler, evidentemente, y vuelves a llorar. Pero lo pude hacer una vez distanciada y habiendo transitado ya bastante del camino del duelo.
¿Le ayudó a comprender?
Cuando escribo, pienso mejor. Me ayudó a recolocar ideas y a la calma. Pero tampoco ha sido terapéutico, no he sanado escribiendo.
El duelo se pasa fuera del libro.
Exactamente. Lo escribo cuando lo he transitado. La madre es el refugio, el calor, la protección. Creo que el duelo por una madre nunca se supera. Lo vas transformando en otras cosas, vas encontrando otros canales para conectar con esa ausencia de otra manera. Hay que hacerse a la idea y convivir con esa ausencia y convivir con el echar de menos todo el rato.
Pero no aferrarse a esa idea.
Un día que ya te agotas de llorar, te secas. No dejas de echar de menos pero queda una cicatriz.
En el libro, los objetos, las cosas inanimadas, parecen contener el alma de la ausencia. ¿Cuánto pesan esos objetos?
Totalmente. Me di cuenta de la gran importancia que tienen esos objetos para conectar con lo inmaterial. Mira, este anillo es de mi madre, tengo algunos que son talismanes. El olor de ella en esa casa, la ropa que cogí de ella, aunque no me la ponía. Eran una manera de conectar con ella de la que no podía prescindir. Eran estelas que me ayudaban. Yo sabía que no la iba a olvidar, pero lo necesitaba.
Y cuando la herencia que recibimos es negativa, ¿sirve con redecorar la vida para olvidar?
A uno de los personajes le sucede que se quiere liberar cuanto antes, que desaparezca todo. Es algo muy de nuestra sociedad, pero no soluciona nada, no impide el duelo, no logra el olvido. No exteriorizarlo así no ayuda mucho. Yo me di cuenta de que el duelo es algo que llevamos muy callado y que compartirlo ayuda, aunque al principio no quieras esa compañía.
La novela se convierte en una investigación.
Sí, hay un misterio, hay un misterio familiar...
¿Le quedó algún misterio con su madre?
Alguna cosa, sí. Alguna cosa. Releí algunas cartas y redescubrí otro lado de ella. Es una historia muy común la de las huellas que dejan los muertos y es bonito, porque no todo hay que contarlo. Hay que respetar esos silencios. A veces es para protegerte, otras porque es su intimidad y lo que descubres después te ayuda a completar su imagen.
Blanca está intentando constantemente descubrir ese misterio a raíz de ese billete del autobús y su padre y los paisanos de la trama le dicen: “No busques más, no remuevas tanto, déjalo ir".
Le mueve algo habitual, que es el sentimiento de culpa, lo no completado con su madre, donde debió estar y no estuvo, lo que debió decir y no dijo. Vivimos en un día a día en el que nos faltan palabras y abrazos y cuando llega la muerte queda un callejón sin salida.
Es imposible no sentir culpa, no cuando alguien se va, porque nunca te comportas perfectamente con nadie, jamás. Siempre hay algo de lo que arrepentirse.
Siempre hay algo de lo que arrepentirse, unos más que otros. Sí, es verdad, siempre hay algo de culpa y el aprendizaje del duelo es asumir los errores que uno hace y que ya no puede solucionar. Por parte de una madre y un padre hacia sus hijos nunca tienen malentendidos en el corazón. Tú piensas que sí, que se fue con esa sensación de que no la escuché o no la atendí, pero creo que los padres nunca lo piensan. Pero es duro, es duro hasta que lo asumes.
¿La paternidad cambia la relación con la muerte?
Cuando tienes hijos eres más consciente del envejecimiento. De cómo tus padres envejecen, de cómo cambia tu relación con ellos. Y te ves yendo contrarreloj y contra la calavera.
Para no quedarnos con este tono mórbido, la novela habla de vivir.
El mensaje es que está todo por hacer. Y que no postergues, que no demores el plan de lo que quieres hacer porque piensas que vas a vivir siempre y no es así. Hagamos cuanto podamos, no demoremos abrazos y decir te quiero y los planes bonitos. No, que de eso va la vida es que no va de otra cosa. Te das una bofetada muy grande y te preguntas: “¿De qué me estaba preocupando yo?”.