Mujeres públicas
“Mujer pública” es para la Real Academia Española un sinónimo de prostituta, la mujer de o para todos los hombres; mientras que “hombre público” tiene que ver con un hombre que hace una actividad social reconocida, como la de un político. Son las condiciones del patriarcado que se reflejan con nitidez en la normativa de la lengua y que construyen nuestras estructuras mentales. Por ello, la idea de que una prostituta entre en la política resulta ilógico, como si de pronto esta “mujer pública” se volviera “hombre público”.
El tema ha salido a luz en las últimas semanas al conocerse que la hoy “modelo” Mayte Flores sería candidata a concejal en las próximas elecciones municipales de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, considerada la capital económica de Bolivia. Especialmente, luego de que, ante las críticas recibidas por su pasado ligado a la prostitución y su supuesta falta de preparación para el cargo, ella amenazara difundir los secretos que conoce de varios políticos. Queda para la imaginación la manera en que obtuvo esos secretos o el hecho en sí de la forma en que ella haya tenido relación con esos hombres públicos.
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En la mentalidad patriarcal que predomina y que se refleja en prácticamente todos los ámbitos de la vida, las mujeres son colocadas en el espacio privado, es decir el hogar como esposas, novias, hijas o madres, como “propiedad” de un hombre; frente a la propiedad de todos, si están en un espacio público que es el de la prostitución. Es un binarismo de puro, limpio y moral, frente a algo impuro, sucio e inmoral. A partir de esta base puede haber variantes intermedias, como mujeres independizadas, líderes, profesionales, ejecutivas o políticas que o son masculinizadas o son “prostituizadas” porque, además, tienden a ser sexualmente activas y sin “un propietario”, salvo ellas mismas, de sus cuerpos.
Flores está estudiando derecho, es alguien que busca tener mayor formación y no quedarse en los éxitos empresariales, del mundo de la noche, que ya ha logrado. Sin embargo, eso no es relevante en las críticas que se le hacen, críticas que no llegan a las mujeres y hombres que tienen igualmente candidaturas sin contar con formación académica, siendo su peso su actividad en algún espacio de la sociedad que les ha permitido entrar en política y que se valore su postulación. Es decir que, si una mujer privada pura no puede estar en una posición de hombre público, menos puede aspirar a ello una mujer pública impura.
Por otra parte, mientras el hombre se asegura de tener para sí un cuerpo de mujer exclusivo para el acceso al sexo, a la vez tiene la posibilidad de acceder al cuerpo femenino público de todos los hombres que es el de la prostituta. En otras palabras, hablamos de un hombre casado o con novia que también es un putero. El acceso a la prostitución es por un lado moralmente criticado, pero hipócritamente ejercido (por eso puede ser motivo de amenaza el darlo a conocer) y, en algunos casos, reivindicado por sectores conservadores y también progresistas. En estos últimos, hay división de criterios según si se considera a la prostitución ya sea como una explotación sexual o como un trabajo.
En fin, la prostitución es un tema complejo; pero, es, a la vez, central en la socialización de los hombres en relación con las mujeres a quienes las categorizan entre: mujer decente y puta. Por eso, el primer insulto que suele soltar un hombre a una mujer es: “¡Putaaa!”; o a un hombre: “¡Hijo de putaaa!”. Por ello, la idea de que en el espacio público político exclusivo de los hombres se cuele una prostituta es más o menos inconcebible, contranatura.
Qué más rompedor de ese espacio público masculino puede haber que eso, que haya una prostituta candidata. Ya hay una ley que establece la paridad en las listas parlamentarias y de concejalías, que fue algo muy difícil de lograr y que ha generado una serie de agresiones verbales y físicas a las candidatas y mujeres electas en los últimos años.
Es una opción rompedora de esa estructura patriarcal; sin embargo, no garantiza nada si quien es candidata no asume o no es consciente de esa su posición rupturista, si no ejecuta acciones acordes a esa representatividad y, para ello, no necesita diplomas sino ubicarse. Es algo que, lamentablemente, muchas mujeres políticas no terminan de asumir, aunque evidentemente el hecho de que estén en ese espacio público es una ganancia para el conjunto de las mujeres.
(*) Drina Ergueta es periodista y antropóloga
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