Debajo del sombrero de Mikel Erentxun
Como él dice, este no es un documental más, a mayor gloria de su protagonista sin ninguna necesidad, pues ya es una estrella de la música desde hace cuatro décadas. En «Hombre bala», Mikel Erentxun aparece primero en chándal, caminando hacia el hospital, aterrorizado por una operación de rodilla. «Una de esas cosas cotidianas en un hospital pero que yo llevaba como si fuera un trasplante de corazón», ríe el cantante y compositor, que se reconoce en conversación con este periódico «algo catastrofista, un poco Woody Allen». Sin embargo, el documental que se estrena hoy en cines tampoco es una de esas piezas que fabrican dramas baratos para empatizar con las estrellas, para «humanizarlas». «En la película me río de mí mismo, de mis debilidades y traumas... no está hecha para dejarme bien», dice el donostiarra de un filme «algo lo-fi» en el que se abordan temas espinosos por primera vez públicamente. Asuntos como el destino de Duncan Dhu, especialmente uno silenciado, la salida del trío de Juanra Viles, al que Erentxun y Diego Vasallo sacaron del grupo sin decírselo expresamente. «No, nunca se había hablado de esto. Y, aunque en términos personales ya estaba todo arreglado antes, tuvo que pasar esta película para volver a hablar los tres. Creo que los seguidores del grupo lo van a agradecer», concede el cantante, que ha encontrado la paz con su pasado musical.
También participa en la película Vasallo, con quien aborda las razones del fin del grupo y el miedo «a convertirse en una caricatura» tras apenas seis años de andadura. «Lo pensábamos. De hecho, muchos contemporáneos nuestros son caricaturas, aunque otros saben reinventarse y avanzar. Yo tenía miedo ya entonces de ser un dinosaurio y empezamos a sentir que eso podía ocurrir. También veíamos venir el aburrimiento, que nos estábamos repitiendo».
Erentxun muestra en el documental la mayor de sus preocupaciones: el paso del tiempo y la fobia a su cumpleaños. «Es mi mayor obsesión. Yo creo que desde que cumplí 30 años ya me sentí mayor. Y, ahora que tengo 60, el vértigo empieza a hacerse insoportable. Por suerte, me río mucho de mí mismo y esos momentos dramáticos duran unos segundos. Si no, estaría tomando antidepresivos. Pero es como el anuncio de la almorrana. Que daba vergüenza tenerlas y no se hablaba de ello, pero te aconsejaban que no la escondas, que hables de ella y te eches pomada. Pues yo hablo de que no me quiero morir y que lo llevo fatal», ríe el donostiarra.
Alberga, como todos los artistas, un latente síndrome del impostor: «En la música hay una docena de genios y todos los demás nos inspiramos en ellos. Yo digo que copio a Dylan pero esa no es la palabra. Digamos que me baso en él para llegar a un punto interesante. Pero también escucho muchas cosas que me gustan más que lo que yo hago y que tienen menos éxito. Y me doy cuenta de la suerte que me ha tocado». Queda, eso sí, sin resolver, la nueva afición del cantante por los sombreros. «No sé por qué pasó. Creo que fue en Los Ángeles, una vez que estaba con Bunbury, que me llevó a una tienda que le encanta. Allí empezó todo, creo. Podemos echarle la culpa a Enrique».