Mercosur se vende como una oportunidad para Europa. Bruselas repite titulares aprendidos: «Europa no puede replegarse», «No entrará nada prohibido». Pero detrás de estas soflamas hay una realidad incómoda: el acuerdo, tal y como está concebido, no es sostenible para el campo europeo ni para los consumidores. No hablamos de ideología, hablamos de economía, seguridad alimentaria y soberanía. El espejismo del precio bajo. ¿Quién gana con Mercosur? A corto plazo, el consumidor podría pensar que sí: precios más bajos en algunos productos. Pero es un espejismo. Cuando los operadores sudamericanos se queden con el mercado, los precios repuntarán. Y mientras tanto, Europa perderá mucho más que dinero: perderá calidad, seguridad alimentaria y soberanía. El error del promedio. Uno de los mantras más repetidos por quienes defienden el acuerdo es que «las importaciones de Mercosur representan solo el 4- por ciento del consumo europeo». Verdad estadística, error económico. La ganadería no compite en el promedio, compite en segmentos clave. En vacuno, Mercosur concentra el 70-75 por ciento de las importaciones de carne bovina de la UE, aunque estas solo sean el 5 por ciento del consumo total. Pero no entra 'carne cualquier': entran cortes nobles, destinados a restauración, hoteles y 'retail premium'. Es decir, donde se forma el precio de referencia. Microeconomía básica. El precio lo fija el operador marginal, no el productor medio. Un pequeño volumen más barato en el segmento correcto arrastra el precio de todo el canal. Resultado: los consumidores creen ganar, pero el ganadero pierde… y después, cuando el mercado se concentra, el consumidor también pierde. Avicultura: el caso más sensible. En pollo, las importaciones son del 6-7 por ciento, pero Brasil domina deshuesados y elaborados, justo donde se fija el precio industrial. Ese es el segmento donde la UE acumula más coste laboral, más exigencias de bienestar y más restricciones sanitarias. Resultado: 20-30 por ciento más de coste por kilo frente a Mercosur. ¿La paradoja? Importamos legalmente lo que no podemos producir legalmente. En Mercosur las gallinas pueden estar en jaulas en batería, prohibidas en la UE desde 2012. Pero la OMC no permite vetar ese producto ni obligar a Mercosur a producir de otro modo. Las cláusulas espejo son una quimera. Controles y salvaguardias: promesas vacías. «No entrará nada prohibido», repiten en Bruselas. Pero los controles en frontera son mínimos: apenas el 0,0082 por ciento según la propia Comisión Europea. Ya hubo entradas documentadas de carne hormonada. Sin refuerzo masivo de inspección y sanciones automáticas, no existe garantía verificable. Las cláusulas de salvaguarda tranquilizan en los discursos, pero no protegen ingresos: son lentas, se activan solo cuando el daño ya está hecho y son políticamente costosas. El precedente del arroz o del etanol lo demuestra: activar una salvaguardia puede tardar años, tiempo en el que los precios ya han colapsado. Un acuerdo que erosiona la soberanía alimentaria. Europa presume de sostenibilidad y calidad, pero si firma acuerdos que permiten importar sin cumplir los mismos estándares, externaliza la exigencia y penaliza a quien sí cumple. La autonomía estratégica empieza por producir alimentos dentro de la UE. Hoy, la balanza comercial con Mercosur es profundamente desigual: España exporta 463 millones, pero importa 4.118 millones. Esa descompensación afecta a sectores sensibles: vacuno, aves, miel, remolacha, cítricos o arroz. El resultado agregado del acuerdo conduce a presión sobre precios, pérdida de renta, deslocalización productiva y abandono rural. ¿Es este el modelo que Europa quiere para su campo? El consumidor también pierde. Pierde calidad, porque los estándares europeos no se aplican fuera. Pierde seguridad alimentaria, porque los controles son insuficientes. Y pierde soberanía, porque Europa se hace dependiente de terceros para alimentar a su población. En un mundo convulso, renunciar a la autonomía estratégica es un error geopolítico. Mercosur no es el enemigo, la incoherencia sí. Desde Asaja no pedimos muros. Pedimos reglas iguales, controles reales, sanciones automáticas y salvaguardias eficaces. Solo con reciprocidad exigible puede hablarse de oportunidad. En las condiciones actuales, hablamos de riesgo cierto para el campo europeo… y para todos los europeos. Mercosur no es el enemigo. Es el espejo que refleja la incoherencia de la política europea. Sin simetría normativa, el comercio no es libre: es asimétrico. Si Europa quiere ser un actor global y mantener soberanía alimentaria, debe empezar por garantizar que sus acuerdos no destruyen el modelo que presume defender.