8 décadas
La Plaza México cumple este próximo jueves 80 años de haber sido inaugurada, para convertirse en la plaza de toros más grande y cómoda del mundo. Aquel martes 5 de febrero de 1946, la ciudad se paralizó: todo México estuvo pendiente de lo que, en su momento, fue una gran obra de ingeniería y desarrollo para una capital que en aquellos tiempos pujaba por su crecimiento.
La fiesta de los toros es un acontecimiento social, cultural, político y, desde luego, artístico. México era distinto: había respeto y orgullo por nuestras tradiciones. Gustaran o no los toros, las mentes no estaban manipuladas por esta corriente dañina del animalismo mal entendido. Existía un sentido de honor por ser mexicano, por lo que somos, por nuestra relación con los animales, y no se pretendía ocultarlo.
Me llegaron a contar personajes que tuvieron el privilegio de la memoria —y de haber vivido la inauguración del monumental coso— que la ciudad giró alrededor de aquella tarde. La atención de los medios de comunicación fue total; al día siguiente, todas las primeras planas llevaron la noticia a ocho columnas. Luis Castro “El Soldado”, Manolete y Luis Procuna tuvieron el honor de realizar el primer paseíllo, ante seis toros de San Mateo.
Desde ese día, la plaza es un lugar especial para millones de mexicanos. La descubrimos de niños, de la mano de nuestros padres, de los abuelos o de algún familiar aficionado. Sin tapujos, sin pseudo-traumas ni tonterías. No todos nos hicimos aficionados; este es un privilegio que, desgraciadamente, no aplica a todos. De ahí que muchos, al no entender, sentir ni respetar, solo vean la muerte del toro. No comprenden el rito, el respeto, la liturgia ni el arte, lo cual debe ser duro. Su visión es simple: muere el toro, igual que mueren miles y miles a diario en un rastro, pero eso no les agobia. Su venganza estriba en no ser parte de esta cultura y, por ello, pretenden desterrarla del alma de millones. No lo conseguirán.
En 80 años se ha escrito en esa plaza la historia de una cultura mexicana fundamental: la taurina. Con triunfos y fracasos, tardes de tedio, de éxtasis, de vida y de muerte. De convivencia familiar sana, cuna de valores como el respeto a las jerarquías y el amor a los animales. Sí, aunque veamos morir al toro en la plaza, nuestro amor y devoción por ese animal rebasa la mente de quien lo pretende prohibir. La lidia del toro sustenta la vida del 90% restante de la cabaña brava en el campo, y la Plaza México ha sido punta de lanza de este sustento ecológico que protege más de 170 mil hectáreas en la República Mexicana.
Generaciones de mexicanos hemos vivido desde el tendido la grandeza de nuestra cultura. En mi caso, mi abuelo asistió con mi padre a la inauguración; mi padre fue quien me llevó de muy niño y, desde esa primera tarde, quedé prendido de esta pasión. Mis hijos son ya la cuarta generación educada con base en valores: el respeto, la verdad, la vida comprendida desde la muerte y viceversa.
Al igual que en mi caso, somos millones de mexicanos. Tristemente, a esta cuarta y hasta quinta generación de aficionados hoy les toca vivir tiempos en los que el desprecio del ser humano hacia sus semejantes es tal que se pretende que la vida de un animal esté por encima de la de un ser humano. Su aberración contra la dignidad humana la escudan en un supuesto amor a los animales, a los que ellos mismos les arrebatan su esencia al intentar humanizarlos. Son vividores de la “causa”, de la cual, por cierto, desconocemos el origen de sus fondos, si están en orden con el SAT e incluso el estatus migratorio de algunos que ahí operan.
La Plaza México es la segunda casa de millones de mexicanos. Los foráneos, en época de toros, visitaban la CDMX dejando una enorme derrama económica en aviones, peajes, gasolinas, hoteles y restaurantes. Hoy, vaya usted, señora Brugada, y visite los restaurantes aledaños: verá el vacío de clientela y el daño que ha causado pagarle un favor a la banda de delincuentes verdes. En sus arreglos y tapaderas políticas se siguen llevando entre las patas a los ciudadanos, a quienes se deben. Son servidores públicos —en teoría— y deberían velar por el bienestar de la sociedad. Los únicos beneficiados de esta velada prohibición son unos cuantos diputados verdes, la tribu de Animal Héroes y poco más. El daño es inmenso: cultural, económico, de prestigio y, sobre todo, de LIBERTAD. Son ustedes la causa de que millones de mexicanos no tengamos la libertad que en nuestra Constitución está escrita a sangre y fuego. No nos han escuchado, no han querido conocer; legislan sin saber, buscando “likes”, como en sus absurdas inauguraciones de escaleras eléctricas en el Metro. Una desgracia.
Hoy celebramos ocho décadas de un monumento al toreo, a la cultura, a nuestras tradiciones y a nuestra libertad. Vivamos con fe para que este atropello, impuesto desde marzo pasado, termine y volvamos, con libertad y respeto, a ser un país con igualdad de condiciones. Quienes no gustan tienen la elección de no asistir; quienes gustamos debemos contar con los derechos y la libertad de vivir la tauromaquia en esplendor desde los tendidos de la Plaza México.
Emblema de sueños, de lucha, de trabajo y sacrificio. Hombres y mujeres han derramado su sangre en honor al toro y en cumplimiento de un sueño; algunos han pagado con su vida, convirtiéndose en héroes de nuestro tiempo.
A ti, Plaza México, gracias. Desde tus tendidos he soñado, me he emocionado como en ningún otro espectáculo; he llorado y he gozado. Tengo el privilegio de haberme formado profesionalmente como editor durante tus más recientes 30 años, con la revista Matador, y como comunicador he podido narrar las hazañas que desde tu ruedo han surgido al mundo en la última década.
No estás sola. Estamos luchando a brazo partido, dispuestos a todo para que podamos vivir la pasión y la libertad que representas y, sobre todo, para que tu ciudad no te dé la espalda.
A todos los ganaderos que han lidiado, a los toreros y a los empresarios: gracias por ser parte de esta historia. Sigamos en la incansable lucha por la libertad, para que muy pronto podamos vivir nuevamente lo que significa asistir a la Plaza México.