Primero fue un bultito en la mama izquierda, después un extraño cosquilleo y un calambre en el brazo del mismo lado. Nunca había notado esa sensación después de hacerse la depilación láser en la axila, pero la última sesión fue distinta. Una ecografía y una mamografía después confirmaron lo que todos temían pero nadie se atrevía a poner nombre. ¿Cómo podía una joven de 17 años tener un cáncer de mama? Era tan difícil de creer que los padres de Ana María Álvarez Kafati (Tegucigalpa, 2007) se resistieron a contárselo hasta no tener la certeza absoluta. Las últimas pruebas -un PET y una biopsia- en Honduras confirmaron el primer diagnóstico: su hija tenía un cáncer HER-2 positivo , uno de los tumores de mama más agresivos. Sus padres tomaron una decisión rápida. Volaron desde Honduras a España y buscaron tratamiento en la Clínica de la Universidad de Navarra. La elección no fue casual. Dos de sus cuatro hermanas vivían en España y habían estudiado en la Universidad del mismo centro. Cuando llegó a Pamplona, a su oncólogo español también le costaba aceptarlo y más aún cuando no había antecedentes familiares de la enfermedad. No era un tumor hereditario , de esos que corren por las familias de generación en generación. Solo una tía abuela había fallecido por cáncer de mama y lo hizo a los 75 años, una edad en la que un diagnóstico de este tipo no resulta tan excepcional. Simplemente, a Ana María, le había tocado la peor lotería, esa en la que una célula sin una motivo conocido sufre una mutación genética y empieza a crecer y dividirse sin control hasta formar un tumor. Como otras pacientes de cáncer de mama, la hondureña pasó por varios ciclos de quimioterapia, por una cirugía que le permitió conservar su pecho y por sesiones de radioterapia, el 'pack' completo. Perdió el pelo y se sintió morir con los efectos secundarios del tratamiento, con los vómitos y el cansancio. Sin embargo, lo que recuerda es lo difícil que fue pasar unas Navidades en un clima y una cultura gastronómica que nada tenían que ver con su Tegucigalpa natal. «Aquellas mañanas, con ese frío, camino a la quimioterapia fueron duras», recuerda aún sobrecogida. Por su edad, su caso era extraño. Pero Ana María no es conocida por ser una rareza en la literatura médica. O, al menos, no solo por eso. Su nombre y su imagen han dado la vuelta al mundo por algo menos trágico, una única foto y un cartel que también tiene que ver con su enfermedad «y con la esperanza», dice a ABC. En esa imagen, se la puede ver en Roma un año después del tratamiento con el Papa León XIV y un cartel en el que se puede leer: «Vencí al cáncer», junto a una cita que resume su historia: 'Spes non confundit' (La esperanza no defrauda)». Viajó a Roma a comienzos del año porque su hermana mayor le quería regalar algo especial y decidió invitarla para que se pudiera ganar el Jubileo. Movieron los hilos para asistir a la primera audiencia general del año 2026. Lo difícil fue conseguir que, entre tantos fieles, el Papa reparara en la joven. Hasta que su hermana gritó: «¡La esperanza no defrauda! y entonces León XIV fue a su encuentro, leyó su cartel y le puso la mano en la cabeza para bendecirla. Ese gesto provocó los aplausos de todos los peregrinos y después las imágenes empezaron a circular a una velocidad de vértigo por las redes. «Yo solo podía pensar, ¡guau!, a mis 19 años, tengo una foto con el Papa de mi generación. Ya podía vivir y morir en paz», rememora. Cuando viajó a Italia, la hondureña estaba convencida de que su tratamiento iba a ir bien. Había empezado a llevar una vida normal y a estudiar Nutrición en la Universidad de Navarra. Aunque aún quedaban rastros del tumor, la hondureña decidió escribir en aquel cartel que leyó León XIV su victoria frente al cáncer. «Lo hice porque estaba convencida de ello. Ahora sé que lo haré, mis médicos ya me han dicho que en las últimas pruebas estoy limpia». Los diagnósticos de cáncer están creciendo en edades tempranas y no hay una explicación clara para ello. «Casos como el de Ana María son muy raros pero no imposibles. Con alguien tan joven piensas que debe haber una predisposición hereditaria, pero a veces no se encuentra. Y aunque llevemos una vida teóricamente perfecta para reducir riesgos no es infalible. Todos estamos en riesgo», admite Jaime Espinós, coordinador del Área de Cáncer de Mama del Departamento de Oncología Médica de la Universidad de Navarra. En concreto, el tumor HER 2 positivo es un cáncer agresivo, más que otro tipo de tumores, aunque el pronóstico ha mejorado de manera drástica en los últimos años. «Ahora se cura, con avances que actúan como caballos de Troya que se introducen en el tumor».