Recalibrar o aguantar, esa es la cuestión
“Vivimos una ruptura, no una transición”. Eso, en resumen, es la tesis del extraordinario discurso que pronunció el primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico Mundial en Davos, un discurso que resonó como alarma sísmica en todo el mundo democrático y que constituye una llamada urgente a asumir el realismo geopolítico como vector de acción internacional para buena parte de las naciones del orbe. Y es que la invasión injustificada rusa a Ucrania en 2022, el retorno de Donald Trump al poder en 2024, la difusión de la estrategia anual de seguridad nacional 2025 de Estados Unidos en diciembre pasado y el operativo militar para extraer a Nicolas Maduro de Caracas, la constitución de una “Junta de Paz” de pago por participar, así como las amenazas a Dinamarca para hacerse de Groenlandia por las buenas o malas -todo ello el mes pasado- son las mojoneras de un camino que nos coloca hoy a las puertas de la muerte del sistema internacional creado a partir de la posguerra. El discurso se viralizó por su franqueza y claridad sobre lo que significa la Administración Trump para aliados y socios comerciales, y por su llamado a un “fuera máscaras” y audacia al sugerir que debe trazarse un nuevo camino a seguir. Carney ofreció no solo un diagnóstico del problema, sino una estrategia concreta: reducir, mitigar y gestionar riesgos y desacoplarse y diversificarse más allá de Estados Unidos.
No cabe duda que fue China la primera nación en adoptar un enfoque transaccional para su política exterior y en su praxis de las relaciones internacionales, como lo demuestra la presión que ha ejercido sobre el propio EE.UU, Japón y otros países mediante su casi monopolio en yacimientos y procesamiento de tierras raras y minerales críticos. Pero ha sido Trump quien ahora, de manera turbocargada, utiliza la integración económica e interdependencia como armas y recurre al uso coercitivo y punitivo de aranceles y la infraestructura financiera. En un mundo así, la integración se convierte en fuente de subordinación. Apelar al derecho internacional, a la soberanía o a un orden teórico basado en normas y reglas al que casi todos recurríamos en default durante décadas carece de todo sentido en este nuevo entorno.
Yo he dedicado la casi totalidad de mi formación académica, mi carrera diplomática durante más de 20 años y mi vida posterior fuera del servicio público a ampliar y profundizar las relaciones entre México y EE.UU, el norte geopolítico ineludible de nuestra política exterior, convencido de la necesidad de descartar viejos chovinismos, visiones rancias de soberanía y el oneroso fardo de la historia entre ambas naciones, anclando a la relación en un paradigma de responsabilidad compartida, abonando a la confianza mutua, resolviendo retos trasnacionales a través de soluciones trasnacionales, y buscando transitar a convertirnos en socios del éxito en lugar de quedarnos estancados como cómplices del fracaso. Pero hoy también asumo una realidad palmaria, que es que la tónica general de este 2026 -y de los dos años adicionales (si bien nos va) que restan del trumpismo- en la agenda bilateral México-EE.UU va a ser una en la cual la relación entre ambos gobiernos oscile entre la confrontación abierta y una fricción gestionada. Así que no postulo aquí con ligereza que es momento de que México -y su gobierno, inmerso en una dinámica dominó de concesión tras concesión aliñada con un discurso de soberanía que más temprano que tarde topará con pared- haga un ejercicio de triaje en la relación con Washington.
En este contexto, considero que elementos de la respuesta de Carney y algunas de las acciones coordinadas de Europa ante las amenazas de Trump sobre Groenlandia -enfrentando aranceles y presiones anexionistas con firmeza y unidad- ofrecen a México una potencial hoja de ruta para gestionar su relación con Washington por lo menos durante los próximos tres años en esta nueva era de transaccionalismo descarnado, en la cual Estados Unidos aplicará -o no- reglas y normas según les sea ventajoso y funcional y en el contexto de la profunda interdependencia y asimetría real de poder duro entre nuestras dos naciones. Este sin duda es un desafío particularmente complejo y no exento de riesgos para los dos vecinos y socios comerciales de EE.UU: Canadá, que realiza alrededor de dos tercios de su comercio con Estados Unidos, y para México, su primer socio comercial, con más del 80% de sus exportaciones destinadas al mercado estadounidense. Pero aquí van de entrada cinco posibles recetas que se desprenden tanto de los postulados de Carney que se derivan de su discurso como de otros vectores a los que podría recurrir México.
Primero, diversificación sin histrionismo. Carney afirmó haber firmado doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses. No descartó la relación con Estados Unidos, pero sí comprendió que hoy con Trump la dependencia total se traduce en vulnerabilidad total. México tiene que aprovechar membresías múltiples (CPTPP, Alianza del Pacífico, TLCUEM e incluso el propio T-MEC) para maximizar opciones; debe acelerar sus vínculos comerciales con América Latina (una región en la que hemos dinamitado relaciones bilaterales a diestra y siniestra), Europa y Asia-Pacífico. El CPTPP, que incluye a once países, representa un mercado de 500 millones de personas, y hay que ratificar ya el TLCUEM. Profundizar estos lazos no es antiestadounidense, es simple gestión de riesgos. Europa demostró en Davos que esta estrategia funciona: cuando Trump amenazó con aranceles del 10% a ocho países europeos por defender Groenlandia, la respuesta fue inmediata porque tenían alternativas creíbles y músculo colectivo.
Segundo, instrumentos de disuasión creíbles. Europa activó su arsenal comercial: amenazó con suspender los 93 mil millones de euros en aranceles previamente acordados, consideró invocar el Instrumento contra la Coerción Económica -que permite restricciones a plataformas digitales estadounidenses y participación en licitaciones públicas- y amagó con la posibilidad de que los inversores europeos, que poseen ocho billones de dólares en bonos y acciones estadounidenses, vendieran masivamente estos activos. México necesita construir palancas similares: fortalecer el nearshoring como ventaja negociadora, desarrollar y capitalizar sectores críticos donde Estados Unidos dependa de México, y preparar medidas espejo que puedan activarse rápidamente si Washington cruza líneas rojas. Y ello incluye activar imperiosamente a los aliados (gobernadores, alcaldes, legisladores, organismos cupulares empresariales) que México tiene en EE.UU y que hemos ignorado y ninguneado desde hace siete años para presionar desde la periferia a Washington. Que el actual canciller mexicano no se haya parado un solo día en el Congreso de EE.UU desde que asumió sus funciones hace más de un año lo dice todo.
Tercero, autonomía estratégica en sectores clave. Uno de los rubros que abordó Carney fue la necesidad de garantizar seguridad alimentaria y energética. México debe acelerar su autosuficiencia en áreas estratégicas: producción de alimentos básicos, energías renovables, semiconductores y minerales críticos como litio. La paradoja es que el nearshoring fortalece a México frente a Estados Unidos precisamente porque lo vuelve más valioso e indispensable. Pero esa ventaja solo se materializará si México invierte en infraestructura, capacitación y tecnología para convertirse en socio irremplazable, no en maquilador prescindible.
Cuarto, realismo sin sumisión y soberanía efectiva. El mensaje más poderoso de Carney fue rechazar la “nostalgia” por el viejo orden mientras se construye algo mejor. Cuando Trump respondió burlonamente que “Canadá vive gracias a Estados Unidos”, Carney replicó con dignidad: “Canadá no vive gracias a Estados Unidos. Canadá prospera porque somos canadienses”. Al igual que Canadá, México debe adoptar este equilibrio: reconocer la importancia de Estados Unidos sin aceptar subordinación. Como acotó Carney, esto no es “soberanía performativa mientras se acepta subordinación”, sino soberanía real basada en fortaleza nacional. La soberanía ya no puede fundamentarse solo en el derecho internacional sino en la capacidad de aguantar coerción. Por ello México debe construir resiliencia económica para poder decir “no” cuando sea necesario; desarrollar autonomía estratégica en sectores críticos (energía, alimentos, minerales, finanzas, cadenas de suministro); y declarar que la mayor amenaza a la soberanía nacional no proviene de EE.UU sino de la acción delictiva del crimen organizado trasnacional operando a ambos lados de nuestra frontera común, y que para ello el gobierno relanzará la cooperación integral en materia de seguridad norteamericana con Washington.
Y quinto, agencia, ancho de banda y presupuesto para la presencia, huella y activismo internacionales de México. El desastre que fue la política exterior lopezobradorista nos ha pasado hoy facturas reales, con EE.UU y el resto del mundo. Para que estos cuatro ejes de acción enumerados aquí (y varios otros que habrá que desdoblar en las semanas por venir) se puedan instrumentar, es esencial que la titular del Ejecutivo viaje a foros y mecanismos internacionales a los que pertenecemos (nadar de muertito o verse el ombligo no es opción, o como he afirmado desde que era embajador en EE.UU -una noción que me dio gusto ver retomada por Carney en su discurso- o nos sentamos a la mesa o estaremos en el menú); que reconstituyamos ProMéxico; que la Secretaría de Economía pueda reabrir con recursos humanos suficientes agregadurías en las embajadas más relevantes para esta estrategia de diversificación y mitigación de riesgo; o que se abra la llave al presupuesto a la cancillería, se reconstruya a ésta y al Servicio Exterior Mexicano y se dejen de usar misiones de México en el exterior como moneda de cambio política, de recompensa o para pagar favores.
Es cierto que México enfrenta desafíos únicos por su geografía y profunda integración con -y dependencia de- Estados Unidos, pero los ejes de acción potenciales son universales. La receta no es confrontación sino gestión inteligente de riesgos: diversificar sin romper, unirse regionalmente a través de arquitecturas distintas, construir instrumentos disuasorios, garantizar autonomía en sectores críticos y defender la dignidad nacional sin aspavientos, baladronadas o visiones rancias de la diplomacia. Como advirtió Carney, “cuando las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de reglas y valores por la búsqueda sin límites de poder, las ganancias del transaccionalismo se vuelven difíciles de replicar”. Los hegemones no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones y las potencias medias diversificarán relaciones para blindarse. Ese mundo descrito por Carney en Davos ya está aquí, y México no puede encararlo con discursos, nostalgia por el pasado y con ingenuidad y con concesión tras concesión esperando mitigar la tormenta. El temor es que a tres años del fin de la Administración Trump, las probabilidades de que sus acciones erráticas provoquen una crisis global importante son sin duda muy altas, desde la economía global pasando por la geopolítica, e incluso por la estabilidad de la propia democracia y sociedad estadounidenses. En estas circunstancias, reducir el riesgo ante EE.UU parece la única estrategia racional para sus socios, vecinos y aliados. En un mundo crecientemente multipolar de rivalidad entre dos grandes potencias, los países intermedios como México tienen una elección: competir entre sí por lograr favores o trato preferencial o pivotear y combinarse, caso por caso, tema por tema, a la carta, para crear un tercer camino, formando geometrías de alianzas flexibles según el tema: comercio con unos, seguridad con otros, mitigación climática con terceros. La gestión de riesgos indudablemente conlleva un precio, pero la dependencia total tendrá un precio mayor estos tres años que nos faltan hasta 2028. La pregunta no es si México debe reducir en el corto y mediano plazos riesgos en su relación con Estados Unidos, sino qué tan rápido puede implementar esta agenda antes de que la próxima crisis bilateral, regional o global lo pille con los dedos en la puerta.