La ‘Costa’ y la ‘Rica’, otra vez
Los resultados de las elecciones del pasado 1.° de febrero confirman una fractura profunda en el electorado nacional. El Partido Pueblo Soberano (PPSO) ganó contundentemente en los 54 cantones fuera de la GAM, donde alcanzó 62% de los votos. Todas las fuerzas de oposición juntas apenas suman 38% en esos territorios. En contraste, los partidos opositores mostraron su mayor fortaleza en la región central.
Este patrón no es nuevo. Ya en 2014 y 2018 se observó una dinámica similar. En el 2018, era la opción conservadora del partido cristiano de Fabricio Alvarado la que se posicionó en las costas y las fronteras. Como señalábamos en “La ‘Costa’ y la ‘Rica’” (La Nación, 15 de febrero de 2018), los datos por cantón sugerían que operaba una brecha más profunda entre territorios según sus condiciones socioeconómicas y oportunidades futuras.
El análisis a nivel distrital confirma que el resultado no se explica por la simple dicotomía GAM vs. periferia. El PPSO gana en 392 distritos (73% del total), de los cuales 288 están fuera de la GAM. Dentro de la región central, también obtiene victorias en 104 distritos, 28 de ellos con un Índice de Desarrollo Social (IDS) bajo, lo que evidencia que, incluso en la zona más desarrollada, capta el voto de las áreas más vulnerables. Análisis del Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible (CLACDS) del INCAE establecen correlaciones contundentes en donde a menor IDS, mayor fue la probabilidad de votar por el PPSO.
La metáfora de la ‘Costa’ y la ‘Rica’ sirve entonces para describir distintas fisuras de desarrollo dentro del país, que siguen por supuesto una lógica geográfica, pero donde subyacen elementos de desigualdad en el progreso social, desde necesidades básicas, fundamentos del bienestar, hasta oportunidades para las personas.
¿Cuáles son los determinantes del voto?
En general, la literatura señala que las preferencias electorales están dadas, en primer término, por lealtades y afinidades previas. Muchas personas ya tienen una inclinación hacia cierto partido, grupo o estilo político. Eso sirve de lente con el que miran todo lo demás.
Segundo, está la imagen de los líderes y los candidatos. La percepción de liderazgo, autoridad, honestidad, fortaleza y hasta apariencia física, determina el atractivo del candidato. En los últimos años, la personalización de la política electoral es dominante.
Tercero, la economía importa. Si el votante percibe un deterioro en empleo, inflación o ingresos en general, puede castigar al gobierno y viceversa. El voto económico “racional” es uno de los hallazgos de la literatura política más claros; sin embargo, no opera con la misma intensidad en todos los contextos.
Cuarto, los temas específicos como seguridad, educación, ambiente, valores o religión también importan, pero, sobre todo, cuando hay diferencias marcadas entre las opciones electorales y el tema domina la conversación pública. Recordemos que la elección del 2006 fue el primer referéndum de CAFTA. Cuando todos los candidatos dicen más o menos lo mismo, el asunto pierde efecto.
Por supuesto, hay un componente emocional en las preferencias electorales. La evidencia sugiere que no actúan solas, sino que potencian los determinantes anteriores. El miedo a una opción en particular puede llevar a reconsiderar o a ponderar algunos factores de manera distinta. Lo mismo la ira o el resentimiento pueden empujar a castigar a algunas candidaturas.
Adicionalmente, la ciencia política ha incorporado el concepto de “desesperanza” prestado de la psicología, para analizar fenómenos electorales. La desesperanza es un estado en el que las personas sienten que el futuro será negativo y que, hagan lo que hagan, no podrán cambiarlo. No es solo tristeza: es la expectativa persistente de que su esfuerzo no rinde frutos. En presencia de la desesperanza, algunos votantes prefieren opciones más conservadoras que prometen orden, mano firme, reglas simples y culpables evidentes.
Por supuesto, hay que incorporar al análisis el peso del marketing político que, aparejado con las emociones y la desesperanza, funciona como la perilla del volumen de los factores anteriores, intensificando o moderando las preferencias electorales.
La narrativa electoral
El abandono de las costas y las fronteras, así como un “vallecentrismo” monopólico de las políticas públicas ha sido documentado por décadas. De esta forma, en muchos territorios se ha acumulado una sensación de estancamiento e invisibilidad: pocas oportunidades, oferta de empleo limitada, servicios públicos deficientes o inexistentes y movilidad social bloqueada. Esa experiencia reiterada erosiona la sensación de control sobre el propio destino e instala la desesperanza.
Cuando se pierde la confianza en que el trabajo, la educación y el bienestar familiar mejorarán, se debilita la disposición a evaluar propuestas complejas o de largo plazo. La evidencia en otras partes, como el brexit, muestra que identidades, percepciones de pérdida de estatus, miedos culturales y emociones colectivas pesan tanto, o más, que consideraciones puramente económicas.
En ese contexto, el discurso del PPSO encuentra terreno fértil. Ofrece una narrativa clara, identifica responsables y propone soluciones directas. Para quienes se sienten invisibles o ignorados, ser parte de un pueblo al que se le reconoce un agravio y se le promete reivindicación tiene enorme poder simbólico.
En contraste, la oposición trató de colocar asuntos como la democracia, el tipo de cambio y la pérdida de derechos en la campaña, los cuales tuvieron poco eco en las comunidades más vulnerables.
La inclinación hacia el continuismo se entiende mejor a esta luz. En territorios vulnerables, como los de fuera de GAM, el gobierno y su partido, a partir de presencia continua, obras visibles y un discurso de cercanía, construyó una relación directa con la población.
El componente conservador refuerza esa conexión. En un ambiente donde la inseguridad, la informalidad y la fragilidad económica son parte de la vida diaria, el orden, la autoridad y los valores tradicionales se asocian con estabilidad. La familia, la comunidad y la religión funcionan como redes de contención frente a la adversidad. Recordemos que el gobierno y su partido lograron capturar el voto religioso en los meses previos a la elección.
Nada de esto implica que quienes viven en territorios rezagados voten sin lógica económica. Las condiciones macroeconómicas favorables, el control de inflación, la reducción del desempleo y la pobreza, y la revaluación del colón, motivaron el voto de muchos hacia la continuidad.
El reto para quienes aspiran a ofrecer una alternativa distinta a la del gobierno y su partido no es solo diseñar mejores políticas, sino reconstruir presencia territorial, credibilidad y narrativas de futuro creíbles para quienes hoy sienten que el sistema les ha quedado debiendo. Solo así la fractura entre la ‘Costa’ y la ‘Rica’ dejará de ser una constante en nuestra geografía electoral.
victor.umana@incae.edu
Víctor Umaña y Jaime García son economistas.