¿Por qué se puede abaratar aún más el dólar?
El dólar siempre ha sido mucho más que una moneda: es la expresión financiera de la credibilidad de Estados Unidos. Y cuando esa credibilidad se agrieta, el tipo de cambio lo termina reflejando.
En estos días, una de las preguntas más relevantes es: ¿cuánto más puede debilitarse el billete verde si el gobierno de Trump insiste en mezclar política, déficit y banca central?
La nominación de Kevin Warsh para presidir la Reserva Federal a partir de mayo es un parteaguas porque reabre la discusión sobre la independencia del banco central. La lectura inicial fue de alivio: Warsh es un exgobernador de la Fed con reputación de ‘halcón’, es decir, duro contra inflación.
Pero ese alivio durará poco si su trayectoria termina subordinada al deseo presidencial de recortar tasas con prisa. Diversos expertos ya advertían desde el comienzo de este año que el sesgo hacia un dólar más débil podía prolongarse, precisamente por la combinación de trayectoria de tasas y preocupación por la autonomía de la autoridad monetaria.
Hay, al menos, cuatro fuerzas que empujan al dólar más hacia la debilidad que hacia la fortaleza.
La primera es la aritmética macroeconómica. Estados Unidos cerró 2024 con un déficit fiscal cercano al 6.4% del PIB, un nivel que históricamente era más propio de las recesiones. Esa realidad, combinada con un déficit externo persistente —los llamados déficits gemelos—, exige financiamiento constante del resto del mundo.
Y el mundo hoy es menos paciente: la posición de inversión internacional neta ronda los –22 billones (trillions) de dólares, lo que convierte a Estados Unidos en el mayor deudor externo del planeta.
Cuando el deudor estructural decide además elevar el ruido político, el mercado cobra una prima, y una parte de esa prima se expresa por la vía de un tipo de cambio más débil.
Si la macro ya presiona, la política monetaria podría agravar el cuadro. Esa es la segunda fuerza. Si Warsh abraza recortes agresivos como Trump ha pedido, el efecto es directo: menor diferencial de tasas frente a Europa y otras economías, salida de capital de corto plazo y, por tanto, presión adicional sobre el dólar.
Algunos piensan que la inteligencia artificial detonará un auge de productividad que permitiría bajar las tasas sin riesgos inflacionarios. Pero una encuesta de economistas del Financial Times y la Universidad de Chicago revelaba ya que la mayoría duda de que la IA justifique recortes gratuitos en el corto plazo.
Si se baja el costo del dinero antes de tiempo, lo más probable es que crezcan las dudas sobre la posibilidad de controlar la inflación y, con ella, sobre la moneda.
La tercera fuerza es quizá la más inquietante: el deterioro del refugio automático. En abril de 2025, tras el anuncio de los aranceles recíprocos, cayeron al mismo tiempo acciones, bonos del Tesoro y dólar, un patrón más típico de mercados emergentes que del emisor de la moneda de reserva global.
The Economist ha documentado cómo, cuando el origen del ruido es la propia política estadounidense, los bonos del Tesoro dejan de funcionar como paraguas en la tormenta. A esto se suma un cambio en la composición del dinero extranjero: más exposición a renta variable y, por tanto, más incentivo a cubrir el riesgo cambiario. Cubrir significa vender dólares en el margen, lo que amplifica la debilidad.
La cuarta fuerza es estructural: la diversificación gradual de reservas. Según datos del FMI, la participación del dólar en las reservas de los bancos centrales en el mundo ha caído del 71% a finales de los noventa a cerca del 57% en 2024, cediendo terreno al euro, al renminbi y, sobre todo, al oro.
Nadie está listo para destronar al dólar mañana, pero en el mercado cambiario manda la demanda marginal, no la nostalgia.
Nada de lo anterior implica un colapso inminente. Estados Unidos todavía ofrece el mercado más profundo y líquido del planeta. Pero esa fortaleza ya no es un cheque en blanco.
Si Warsh termina aplicando recortes acelerados para complacer a Trump, con inflación aún por encima de la meta y con un sistema político indulgente con el déficit, el dólar tendrá que ajustarse. No por falta de poder, sino por una confianza desgastada con demasiada ligereza.
Para México, la implicación es doble. Un dólar más débil abarata importaciones y ayuda a contener la inflación interna, pero también reduce el valor en pesos de las remesas y puede restar competitividad a los exportadores si el ajuste cambiario coincide con una desaceleración de la demanda estadounidense.
Hoy, el escenario más probable hacia delante es un dólar más débil y mayores dificultades para acelerar el crecimiento de nuestra economía.
No son buenas noticias para nosotros.