Pat Smythe y Brigitte Schockaert o cómo acabar con los obstáculos
Durante décadas, el Salto de Obstáculos en los Juegos Olímpicos fue un ámbito estrictamente masculino. La equitación de alto nivel, asociada a la técnica, el riesgo y el control absoluto del caballo, permaneció vetada a las mujeres hasta mediados del siglo XX. Ese panorama cambió en 1956 con los Juegos de Melbourne. Las estrictas normas de cuarentena vigentes en Australia impidieron que las pruebas hípicas se celebraran allí y provocaron su traslado a Estocolmo. Aquella solución logística acabó convirtiéndose en un punto de inflexión: por primera vez, el Salto de Obstáculos se disputó como prueba mixta.
El 17 de junio de aquel año, en el Estadio Olímpico sueco, 66 jinetes afrontaron un recorrido de 14 obstáculos diseñado por el conde Greger Lewenhaupt. Entre ellos había dos mujeres: la británica Pat Smythe y la belga Brigitte Schockaert. Su presencia suponía una ruptura con décadas de tradición, pero el desarrollo de la competición confirmó que no era un simple un gesto simbólico.
Pat Smythe llegó a Estocolmo como una amazona consolidada. La amazona inglesa contaba con una historia de superación personal y determinación poco común. En Suecia montó a "Flanagan" y finalizó décima en la prueba individual. Por equipos, Gran Bretaña ganó el bronce y Smythe fue la primera mujer que ganaba una medalla olímpica en Salto.
Su carrera posterior consolidó ese papel pionero. Ganó 13 Copas de las Naciones, fue cuatro veces campeona de Europa y ocho veces campeona nacional británica. Venció en el Derby de Hickstead, en la Queen Elizabeth II Cup y estableció un récord femenino de puissance con un salto de 1,91 metros. Tras su retirada en 1960 mantuvo una intensa vinculación con el deporte, además de desarrollar una reconocida faceta literaria.
Junto a Smythe compitió la belga Brigitte Schockaert. Montando a "Muscadin" participó en los Juegos de Estocolmo y en los de Roma 1960. El impacto de aquel debut no fue inmediato en términos de medallas individuales, pero sí abrió un camino irreversible.
Doce años después, en los Juegos de Ciudad de México 1968, la británica Marion Coakes se convirtió en la primera mujer en ganar una medalla individual en Salto, al lograr la plata montando a "Stroller".
La imagen de Smythe y Schockaert en la pista olímpica contribuyó a desmontar prejuicios arraigados y consolidó el Salto de Obstáculos como una disciplina verdaderamente mixta, en la que el talento y la relación con el caballo pasaron a ser los únicos factores determinantes. A día de hoy la hípica es el único deporte en el que compiten hombres y mujeres en igualdad de condiciones.