Por qué dijo Epicteto: “Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza”
La vida humana transcurre entre planes, ilusiones y metas que a menudo creemos inamovibles. Sin embargo, basta un imprevisto para que aquello que parecía seguro se tambalee. Las crisis personales, las pérdidas o los fracasos ponen a prueba nuestra estabilidad interior. Es en ese terreno inestable donde la filosofía antigua ofrece, todavía hoy, herramientas sorprendentemente vigentes.
La frase atribuida a Epicteto: “Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza” resume una intuición central del estoicismo: no conviene atar la serenidad a un único resultado. La metáfora es clara. Un barco con una sola ancla corre el riesgo de quedar a la deriva si esa falla. Del mismo modo, quien deposita toda su felicidad en una única expectativa: un ascenso, una relación, un proyecto… se expone a un desequilibrio profundo si esa esperanza se frustra.
La lógica estoica: distinguir lo que depende de nosotros
Para entender el alcance de la cita conviene recordar qué es el estoicismo. Fundada en Atenas por Zenón de Citio en el siglo III a.C., esta escuela sostiene que la clave de una vida buena no está en controlar los acontecimientos externos, sino en gobernar la propia actitud. Los estoicos distinguen entre lo que depende de nosotros (juicios, deseos, decisiones) y lo que no (riqueza, reputación, salud o éxito). La serenidad surge cuando aprendemos a no confundir ambos planos.
En el Enquiridión y en sus Disertaciones, recopiladas por su discípulo Arriano de Nicomedia, Epicteto insiste en que el sufrimiento nace de vincular nuestra identidad a lo que no controlamos. Si nuestra única “ancla” es un bien externo, quedamos vulnerables. En cambio, cuando diversificamos nuestras fuentes de sentido (amistad, virtud, aprendizaje, servicio) fortalecemos la estabilidad interior.
La frase no invita al escepticismo ni a la resignación pasiva. Al contrario, propone una esperanza más madura: aquella que no depende de un solo desenlace, sino de una disposición constante a actuar con rectitud. En este sentido, la idea conecta con otros pensadores estoicos como Marco Aurelio, quien recordaba que el deber está en nuestras manos, pero el resultado no.
Desde una lectura contemporánea, la advertencia de Epicteto puede entenderse como una defensa de la resiliencia. Cuando una persona concentra toda su energía emocional en un único objetivo, cualquier contratiempo puede convertirse en catástrofe. En cambio, quien cultiva distintos proyectos y valores posee más recursos para adaptarse.
El propio Epicteto fue ejemplo de esa fortaleza. Nació esclavo en Hierápolis (actual Turquía) hacia el año 50 d.C. y vivió en Roma bajo el dominio del emperador Nerón. A pesar de su condición, accedió a la enseñanza filosófica y, tras obtener la libertad, fundó su propia escuela en Nicópolis, en Grecia. Su vida demuestra que incluso en circunstancias adversas es posible conservar la dignidad y la autonomía moral.
Cuando el emperador Domiciano expulsó a los filósofos de Roma, Epicteto se vio obligado a abandonar la ciudad. Lejos de interpretar el exilio como una tragedia definitiva, lo asumió como parte de aquello que no depende de uno mismo. Su enseñanza, centrada en la disciplina del deseo y en la aceptación de lo inevitable, influyó decisivamente en la tradición ética occidental.
La metáfora del barco y el ancla es, en el fondo, una llamada a la prudencia emocional. No se trata de vivir sin ilusiones, sino de no reducir la existencia a una sola. El estoicismo propone que la auténtica seguridad no proviene de asegurar todos los escenarios, sino de forjar un carácter capaz de afrontarlos. Así, la frase de Epicteto no habla de multiplicar ambiciones, sino de anclar la vida en algo más sólido que los resultados: la virtud, entendida como coherencia entre pensamiento y acción. Cuando esa es la base, ninguna tormenta puede dejarnos completamente a la deriva.